Crítica de La casa de papel, éxito internacional de la televisión española en Netflix

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Las series españolas no tienen muy buena fama. Hay excepciones notables, como la excelente Crematorio o la fantástica El Ministerio del Tiempo, pero un exceso de series de una sola capa –entre melodramas esquemáticos y lacrimógenos y comedias de consumo rápido– ha hecho que a lo largo de los años las mejores producciones se hayan perdido en el mantra de no se hace buena televisión en España. Este año el nivel técnico (que, si bien no es directamente proporcional a la calidad, bastante ayuda a sacar adelante un buen producto) ha subido, con el mejor acceso a presupuestos, tecnologías y libertades creativas que han resultado en producciones como La Zona, La Peste y el caso que nos ocupa: la internacionalmente exitosa La casa de papel. ¿Es realmente una buena serie?

¿Exportable o importada?

Haus des Geldes o Money Heist son dos de los nombres con los que se conoce a La casa de papel fuera de España. Y es que esta producción de Atresmedia, tras un notable éxito en el mercado nacional, fue adquirida por Netflix y exportada al mercado de streaming internacional. Previamente, se reeditó su formato: en Antena 3, se había emitido en 15 episodios de algo más de una hora divididos en dos tandas, 9 y 6 episodios; una temporada doble. Netflix adaptó esta decisión a un formato más parecido al de su plataforma dividiendo la primera tanda en una temporada de trece episodios de menos de 50 minutos, y dejando la segunda mitad de la serie anunciada como segunda temporada aún por anunciar fuera de España. El éxito ha sido rotundo, convirtiéndose en uno de los seriales más vistos de la plataforma.

La casa de papel es un thriller de atracos que se ciñe, muy en la línea de la tendencia cinematográfica española iniciada por Celda 211, a las convenciones de género americanas. No tanto argumentales, que también, sino formales y tonales. Es una serie de personajes ambiguos pero de fácil empatía, hay tramas amorosas dispersas con mejor o peor fortuna a lo largo del relato y el ritmo es rápido, con un montaje ágil, una banda sonora electrónica y una fotografía de luces suaves y colores apagados. Cabe preguntarse si son las importaciones formales las que hacen exportable a una serie que a veces se mete tan en la piel del creador americano que se nos puede olvidar dónde está hecha, pero bien es cierto que estas mismas convenciones vienen rigiendo el desarrollo de los thrillers internacionales desde hace varios años por la facilidad de conectar con un producto que parece no enraizar en ningún lado. Sí, hay referencias al 15-M, al Real Madrid y a la percepción externa de los Servicios de Inteligencia españoles, pero la mayor parte de temas a los que acaban llevando –ambigüedad moral y corrupción en la policía, simpatía con los atracadores– son universales. Y eso no tiene por que ser un defecto: de hecho, en este formato, son una gran decisión.

Personajes en acción

Películas de acción y thrillers con desarrollo de personajes nulo los hay a puñados. Películas de acción y thrillers en los que el personaje se come el formato y pisa los pies a las secuencias más tensas, también. El equilibrio es difícil,  pero La casa de papel lo alcanza. El primer episodio es irregular, apersonal y poco convincente en general: la voz en off no cuadra, las presentaciones estilo MTV de los personajes están fuera de lugar (a medida que se desarrolla la serie comprobamos que son más que prescindibles) y todo parece ser un gran gancho para atraer público hacia lo que realmente importa. La segunda mitad es genérica, y es el tramo final el que adelanta lo que realmente está por venir. La serie tiene un ritmo endiablado hasta en los momentos más lentos, una tensión bien construida y se gana a pulso cada momento con personajes en los que sí, se molesta en dar desarrollo.

Todos los personajes de La casa de papel tienen una caracterización pero también un arco. Tienen un pasado, implícito o explícito, que se manifiesta en quienes son y en las decisiones que toman, y hasta en su forma de hablar y su reacción a imprevistos – que hay unos cuantos. Es un plantel de personajes que, gracias a un reparto excepcional, encajan a la perfección como personas y no como las caricaturas que parecían ser en el primer episodio. Los flashbacks, con cuentagotas, revelan datos importantes y no sirven para estirar una trama que, gracias a un montaje agilísimo y a una buena construcción del evento principal de ver avanzar el plan del atraco en convivencia con las de cada uno de los personajes en su viaje personal acaba consiguiendo que sea una serie apta para el binge-watching más vicioso. Hay carisma y buen hacer en los guiones de La casa de papel, y por eso se puede agradecer que cada giro milimétricamente calculado venga precedido de un desarrollo que lo justifique y le de significado, dejando fuera el efectismo y la pirotecnia barata.

La dirección es cuanto menos correcta y cuanto más brillante. La cámara, ayudada de una iluminación que huye del recurrente tres puntos para dar algo mas de profundidad a las secuencias que lo necesitan, ayuda a contar la historia con un antiestatismo latente. Hay diálogos, y bastantes: casi ninguno es expositivo. Todo el conjunto hace que las escenas, hasta las que llamaríamos cliché, parezcan únicas. Lo son en este relato. Las convenciones bien seguidas no llevan a cliché, sino a romper de forma efectiva las expectativas del espectador una vez se le ha llevado de la mano por el camino conocido. Y es entonces cuando se marca la diferencia, y no huyendo directamente de un canon de género que, bien integrado, ayuda a hacer de la serie un producto final mucho más sólido y exportable, por lo universal de lo que trata.

Hay mucho talento en La casa de papel y es por eso que se ha convertido en un éxito accesible mientras prueba dos cosas: el potencial de la televisión española y la satisfacción que consigue con calidad un buen thriller.



el autor

En twitter me llamo @pga_es y hay gente que piensa que hablo de golf. No les culpo.

3 comentarios

  1. Está entretenida, aunque como dice el artículo estéticamente no arriesga mucho y bebe de lo que ya está para mi gusto un tanto manido, esa tonalidad verdusca un tanto apagada y contrastada fuertemente con el rojo de los uniformes. Vamos, que muchas veces parecen fotogramas idénticos a los de El Cuento de la Criada (rojo carmesí sobre verde paliducho)

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