Por mucho que pasen los años, hay cosas que no cambian. Puede que los veranos ya no sean la época de las películas comerciales de antaño (recuerdo aquel 2005 con Batman Begins, El reino de los cielos y La venganza de los Sith), pero los primeros meses del año siguen siendo el momento favorito para estrenar la mayor parte de las nominadas a los Oscar. Como Hamnet, una de las máximas favoritas a conseguir el preciado galardón.
Adaptación de la prestigiosa novela de Maggie O’Farrell, Hamnet se centra en la relación entre Agnes y un tal William Shakespeare en la Inglaterra rural del siglo XVI. Tras enamorarse, ella, una mujer amante de la naturaleza y todo lo independiente que se podía ser hace quinientos años, deja partir a su marido para que triunfe en el teatro isabelino de Londres. Así, Agnes tendrá que lidiar con lo peor que puede pasar una familia y con la ausencia de su marido.
Dirige Chloe Zhao, directora que ya ganó el Oscar en el año de la pandemia con su notable Nomadland, aquel canto a la esperanza para los desesperados, y que tropezó con su Eternals para Marvel. Aquí es ayudada por la mismísima autora de la novela para escribir un guión que aborde la relación entre Agnes y un William Shakespeare al que solo se le nombra una vez en toda la película.
Aunque no he leído la novela (algunos comentan que, pese a que la autora ha contribuido al guión, hay diferencias apreciables entre libro y película) el propósito es claro. Utilizar la creación de una de las obras más importantes de la literatura universal como excusa para poner el foco en la figura que sostuvo la vida emocional y personal de Shakespeare mientras él se quedaba con toda la fama.
Es decir, su mujer.

La premisa argumental de Hamnet es magnífica por tres motivos. Primero, por reflejar la dura rutina de las mujeres del siglo XVI, con un sinfín de tareas a lo largo del día, la crianza de los hijos, la continua exposición a enfermedades y el temor continuo a que uno de tus hijos pudiera morir. Segundo, por centrar el conflicto en algo tan extrapolable a todas las épocas como el que uno de los dos sacrifique sus sueños para aportar la suficiente estabilidad que permita al otro cumplir los suyos. Función que socioculturalmente estaba bien visto que cumpliera la mujer y que ha provocado, con razón, una oleada de identificación de las espectadoras con la trama de Hamnet. Esto no es La la land, donde ambos entienden que, para cumplir sus respectivos sueños, deben tomar caminos separados.
Y tercero, porque su segundo conflicto se centra en las distintas formas de afrontar la pérdida de un ser querido, el tema psicológico principal de la mayor parte de las grandes historias del cine. Desde Ghost a Up pasando por Vengadores: Endgame.
Aquí se contrapone una figura materna presente y expresiva contra una figura paterna ausente y poco dado a mostrar sus emociones. Y ambos, a su manera, atraviesan ese necesario camino de lagrimas que uno debe transitar para poder lidiar con heridas tan insoportables que nos hacen preguntarnos por el mismísimo sentido de la vida. Como, y aquí sabemos el porqué, Hamlet se lo pregunta en su conocido monólogo:
“¿Ser o no ser? He aquí la cuestión”.
Como he dicho antes, la premisa es magnífica, pero eso no significa que la película lo sea.
Zhao, fiel a su estilo deudor de Terrence Malick, con esos planos casi documentales que emparentan la naturaleza con el carácter de Agnes y, ayudado por el director de fotografía de aquella barbaridad titulada Cold War, consigue transmitir belleza en la cotidianidad de esa mujer, ese sostén, esa madre a la que le espera grandes dosis de sufrimiento en cuanto su marido se marcha a Londres.
Es este un drama de época intimista, con pocos actores y muy centrados en las mujeres. Aquí todo el punto de vista recae en Agnes, en la maravillosa Jessie Buckley que merece todos los Oscar habidos y por haber. Y lo que buscan tanto Zhao como O’Farrell es que todos nos identifiquemos plenamente con ella y no tanto con un Shakespeare intencionalmente ausente en los verdaderos momentos de angustia que pueblan la película.
Creo que la directora se mueve como pez en el agua en ese primer acto que describe el carácter de su protagonista y su enamoramiento de William.
Una vez se desata el conflicto, Zhao apuesta por un desgarro emocional continuo, partos mediante, en los que la angustia nos invade in crescendo hasta un acto final que busca, literalmente, que explotemos de dolor.

Pero también creo que, en dicha escena final, fuerza demasiado la emoción buscando la lagrima y el aplauso que habría recibido sin necesidad de escenas aclaratorias previas (ese Shakespeare recitando su monólogo en la orilla del río), comentarios sobreexplicativos de Agnes durante dicha escena, el compositor Max Richter empleando On the nature of daylight, que ya usó en Shutter Island o La llegada, en el momento cumbre… Da la sensación de que sabían que tenían una escena que, de por sí, justificaba la calidad de toda una película y la han cargado de elementos para que reventemos a llorar, sí o sí.
Escribo estas palabras pensando en que, tal vez, Zhao pensaba que nadie se iba a enterar de que iba Hamnet en su escena final y quiso asegurarse de que lo entendiéramos para que todos alabáramos entre lagrimas la catarsis final de la película.
Queda claro que la película (parece ser que la novela no es tan así) redime al ausente Shakespeare y refuerza el papel del arte como herramienta cojonuda para expresar y compartir emociones tan positivas como el amor y tan destructivas como la muerte. Y lo consigue, pero de forma tan calculada que no puedo evitar pensar que Hamnet roza la manipulación emocional cuando, sencillamente, no es necesario con la historia que tiene entre manos.
En este sentido, me parece superior la también muy malickiana Sueño de trenes, que también contempla la vida de un trabajador y su familia, con sus luces y sombras, sin necesidad de explicar continuamente lo que está pasando ni tener violines cada dos por tres porque sí, ahora toca llorar.
En definitiva, Hamnet es un buen drama intimista que parte de una sobresaliente idea original para retratar las duras condiciones de vida de las mujeres de la época, reforzada por magníficas interpretaciones (aparte de Buckley, Mescal está correcto y, personalmente, me ha encantado Emily Watson como esa suegra capaz de conectar con el sufrimiento de Agnes) pero que se ve lastrada por el excesivo control que busca Chloe Zhao en nuestras propias emociones, sin dejar que el corazón que exuda el enorme relato que tiene entre manos fluya como tiene que fluir.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



