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‘La Máscara de las Mil Lágrimas’ | un triste haiku sobre lo alentador y perturbador que puede llegar a ser el amor

‘La Máscara de las Mil Lágrimas’ arranca con una mujer (Sadakio) que no acepta la muerte en batalla de su prometido y se lanza un viaje que la llevará a buscar la reliquia legendaria que le devuelva la vida a su amado Koburo.

Esa es la premisa de este cómic de Ponent Mon que nos mete de lleno en el Japón medieval, su cultura, su mitología y su forma de vivir la vida. La mayor parte de la trama es el viaje de esta joven junto a un misterioso campesino llamado Masamura que la acompañará de forma altruista.

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Es cierto que nos encontramos ante una historia que va a avanzar a fuego muy lento y que carece de acción hasta su último tercio, aunque sabe mantener pegado al lector por las situaciones y vicisitudes que sufrirán nuestros dos protagonistas. Cierto es que es una lectura rápida sobre todo para quienes amen la cultura japonesa y se encuentren cómodos con las tradiciones de dicho país.

Ambos personajes (Sadakio y Masamura) se van a ir conociendo durante el trayecto y sabremos de su pasado gracias a unos escuetos ‘flashbacks’, aunque de manera inteligente la narración esboza solo pinceladas de la vida de Masamura para que sospechemos cosas, pero no haya certezas. Eso es un movimiento muy acertado para que el lector siempre tenga cierta intriga por las motivaciones del este campesino y su origen.

La historia consta de dos ramas principales: la búsqueda de Sadakio y las luchas de clanes y los acuerdos para hacerse con el control un importante castillo.

La primera parte es muy lineal y es un mero viaje en el que los protagonistas irán evolucionando con cierto descubrimiento personal, la segunda se irá entrelazando con los intereses y decisiones que tendrán que tomar Masamura y Sadakio.

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Alrededor de ambos irán orbitando una serie de personajes secundarios que abarcan todos los ámbitos de la sociedad japonesa: desde una señora del crimen hasta un señor feudal, pasando por toda una caterva de hombres y mujeres con sus propios intereses que darán cierta profundidad a la trama.

David Chauvel nos cuenta toda esta historia de una forma directa, sin artificios y sin olvidarse la parte cruda de la época. La única pega que le podría al guion, que desconozco si viene de la traducción o del original, es la ausencia de palabras japonesas. Me saca mucho que a las ‘katanas’ se les llame ‘sables’ y algún otro término que se podía haber utilizado para darle mayor inmersión al lector.  Es un mal menor.

El apartado artístico viene de la mano de Roberto Ali y realiza un gran trabajo sabiendo ser feista a la par que detenerse en bellos detalles cuando lo necesita la historia. Durante toda la obra vemos un arte muy comedido con escenarios muy apegados a la realidad de la época, pero es en el acto final cuando se desata todo un despliegue que nos va a dejar viñetas maravillosas.

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Conclusión

‘La Máscara de las Mil Lágrimas’ es un triste haiku sobre lo alentador y perturbador que puede llegar a ser el amor y las temeridades que se hacen en su nombre. Una obra que los amantes de la temática nipona van a adorar por lo directo de su trama y lo bien narrada que se encuentra.

Ponent Mon nos trae otra historia que merece la pena ser leída y tener en la estantería, como ya pasó con ‘Los que quedan’.

Una gran ventaja de este cómic son sus dos protagonistas tan bien escritos con pocas pinceladas y como el guion sabe mantener cierto misterio sobre el pasado de Masamura para que nunca sepamos cueles puedes ser sus intenciones.

‘La Máscara de las Mil Lágrimas’ ha sido un agradable descubrimiento que me ha conquistado, tanto por su historia como por su apartado artístico.

Aquí os dejo la página de Ponent Mon y la portada de ‘La Máscara de las Mil Lágrimas’:

La máscara de las mil lágrimas

Sayonara.

Juanma Martín
Juanma Martín
Amante de DC desde que ví Batman de Tim Burton en la gran pantalla. Crecí con los vídeos Beta y VHS y visitando casi a diario unos lugares extintos llamados videoclubs. Seguidor acérrimo de las tardes de sofá y series, del cine y del "buen" cine más aun. Jugador de rol desde los 14 años y jugador de videojuegos desde los 20. Muy cliché durante gran parte de mi vida.
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