Los próximos premios Oscar ya están a la vuelta de la esquina y, si algo tienen de bueno aparte de apostar por algún ganador o por algún nuevo bofetón, es la oportunidad de poder ver a la mayoría de las candidatas en pantalla grande. Hoy es el turno de Los Fabelman, la nueva película de Steven Spielberg.
Los Fabelman cuenta la historia de la infancia y adolescencia de Sam Fabelman, un chico judío de la Estados Unidos de los años 50 marcado por la relación de sus padres y su pasión por el cine.
Es inevitable hablar de Los Fabelman sin tratar la figura de Steven Spielberg, el director más popular de la historia del cine. Hablamos del hombre que inventó el blockbuster moderno con Tiburón, el director de E.T. y la saga Indiana Jones, el que nos hizo soñar con Parque Jurásico y nos dio un golpe de realidad con La lista de Schindler o Salvar al soldado Ryan. En definitiva, el creador de los mayores espectáculos que nos ha dado el cine moderno y el director más taquillero de la historia.
Ante estas afirmaciones tan rotundas, añado una más. Los Fabelman es la película más personal de Steven Spielberg. De hecho, es una historia semi autobiográfica (lo de semi es porque, obviamente, tiene elementos de ficción) en la que Sam Fabelman es un trasunto de Spielberg tan fiel que hasta se parece a él en la parte final de la película. Es la historia que emocionó a Spielberg porque es la suya propia.

Esta confesión, este abrirse en vena, se desarrolla a través de dos vectores contrapuestos.
Por un lado, el divorcio de sus padres. Es bien conocido que su relación marcó a Spielberg para toda su carrera. Es más, en muchas de sus películas, por muy imaginativas que fueran, encontramos situaciones que remedan a ese dolor que nunca se terminó de ir. Hablo de la desestructuración familiar de E.T., Encuentros en la tercera fase o La Guerra de los mundos.
Pues bien, Spielberg ha tenido que esperar hasta los 76 años y el fallecimiento de sus padres para contar el divorcio de estos. Y lo hace con una elegancia y una sensibilidad dignas de un gran maestro. El tiempo da perspectiva y el director se encarga bien de retratar a sus padres con sus luces y sus sombras. Como personas que, al fin y al cabo, se equivocan. Aunque estas equivocaciones tengan consecuencias en las personas que más quieres.
El director retrata toda una época, los años 50 y 60 estadounidenses, con su habitual visión no exenta de emotividad y dramatismo. Tanto idealiza como devalúa muchos de los momentos familiares que veremos en Los Fabelman.
Eso incluye lo arquetípico y extremo de los padres del protagonista, brillantemente interpretados por Paul Dano y Michelle Williams. El primero es un hombre de ciencia, rígido, obsesivo y que prima la razón al corazón y cuyo trabajo es lo que condiciona los continuos vaivenes de la familia. La segunda, una mujer de corazón artístico y que ama, por encima de todo, ser el centro de atención. Y una persona con una marcada insatisfacción por no haberse convertido en la artista que aspiraba a ser.

El otro vector abordado en Los Fabelman es la pasión por el cine de su protagonista. Y, en este aspecto, la película es tan brillante como en el otro.
En concreto, la pasión de Spielberg no es tanto por el visionado de películas (salen tanto El gran espectáculo del mundo como El hombre que mató a Liberty Balance) como por el montaje de estas. Las secuencias en las que trabaja con los negativos son asombrosas y hacen que el visionado de las películas caseras nos despierte la misma emoción que la última superproducción de Marvel.
Lógicamente, el cine tiene una función de escape para Sam, pero también la capacidad de destrozar a tu propia familia. Porque el protagonista de Los Fabelman aprende que el cine permite ver aquello que no se ve claramente, comunicarse con una madre a la que duele hablarle a la cara, manipular las emociones de una ficción para alcanzar un sentimiento verdadero e incluso convertir a una persona en lo que no es.
En cada uno de sus vectores, la película emociona hasta la médula. Han sido varias las veces que he asistido a Los Fabelman con el vello de punta. Y alguna que otra lagrimita ha caído. Encima, cuenta con una escena final con un cameo GLORIOSO, tanto por el actor que interpreta como por la figura que representa.
En definitiva, me cuesta hablar de Los Fabelman. Se trata de un retrato generacional emocionante tanto en su enfoque familiar como en su capacidad para empaparnos de su pasión por hacer películas. Todo ello sumado a la maestría de Spielberg, capaz de convertir el descubrimiento de un hallazgo en un vídeo casero en un conflicto tan grande como la aparición de un Tyranosaurius Rex o la matanza de los judíos en el ghetto de Varsovia. Y eso es cine.
Ah, y no lo olvidemos. Banda sonora de John Williams. No hay más que decir y mucho que escuchar.
Ojalá poder hablar más de Los Fabelman, pero mejor acudid a ver esta obra maestra.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



