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Retro-Análisis: Moby Dick (1956), a setenta años de su estreno

El 28 de junio de 1956 se estrenaba en cine Moby Dick, versión fílmica de la inmortal novela de Herman Melville con dirección del gran John Huston y guion de nada menos que Ray Bradbury. Al cumplirse hoy setenta años, hacemos repaso y analizamos por qué sigue siendo una obra fundamental de la cinematografía mundial.

Bienvenidos una vez más a nuestra sección de retro-análisis, hoy para tratar una película del enorme John Huston que, al igual que la novela original en que se inspira, es una verdadera obra maestra. Publicada originalmente en 1851, Moby Dick, de Herman Melville, es en efecto y sin duda uno de los títulos más emblemáticos de la literatura mundial, de esos a los que les queda para siempre el lugar de clásicos inmortales.

Catalogada muchas veces de manera equivocada como mera novela de aventuras o viajes, es una historia plagada de simbolismos cuyas páginas destilan todo el tiempo tristeza, desazón, soledad y nostalgia. Grandes escritores como Nathaniel Hawthorne, William Faulkner o Jorge Luis Borges han coincidido en reconocerle el carácter de obra fundamental de la literatura norteamericana, ya sea del propio siglo XIX o posterior.

Y la información sobre la caza de ballenas de la cual el autor se nutrió para darle forma ha contribuido a rodear a la historia con un halo de realismo que golpea como las olas de un mar embravecido o un gran cetáceo blanco. Por si les interesa, el proceso creativo que llevó a Moby Dick y la historia real que sirvió de inspiración a Melville están muy bien narrados en la interesante película En el Corazón del Mar (2015).

No quiero extenderme más sobre la novela (aunque lo merece y amerita artículo propio), pues lo que aquí nos ocupa es la adaptación cinematográfica de cuyo estreno se están cumpliendo mañana setenta años. Pero es importante remarcar el contexto para entender el carácter icónico de la misma y por qué tiene tantas adaptaciones: al menos seis para cine, más realizaciones televisivas (especialmente miniseries) o teatrales e incluso cómics (les dejo, de hecho, una muy buena reseña de mi compañero Fernando Vilchez sobre la que hizo Bill Sienkiewicz).

John Huston era ya para entonces un director largamente consagrado con títulos como El Halcón Maltés (1941, aquí retro-análisis), El Tesoro de Sierra Madre (1948), Cayo Largo (1948, aquí retro-análisis), La Jungla de Asfalto (1950) o La Reina de África (1951), además de un gran entusiasta de la historia original, por lo que venía desde hacía casi diez años atrás dándole vueltas a la idea de llevarla al cine. Consiguió el financiamiento de los hermanos Walter, Harold y Marvin Mirisch, y estos un acuerdo con Warner Bros. Pictures para la distribución.

La idea original del director era que el capitán Ahab, personaje fundamental en la novela, fuera interpretado por su propio padre, el actor Walter Huston. Pero el fallecimiento de este le obligó a cambiar planes y fue entonces en busca de Gregory Peck para lo que era, por cierto, un papel absolutamente diferente a los que hasta allí el afamado actor venía encarnando.

Este aceptó después de mucho dudar, pero la relación fue tensa durante el rodaje, en parte porque llegó a oídos de Peck que la idea de incluirlo había sido de los hermanos Marvisch (quienes habían puesto como condición una figura conocida al frente del elenco) y que Huston en realidad no lo quería. De hecho, no volvieron a hacer las paces nunca, ni aun a pesar de la amistad que en el futuro el actor tendría con Anjelica Huston, hija del director.

Para el guion, Huston fue en busca de Ray Bradbury, escritor ya altamente encumbrado en la ciencia ficción con títulos como Crónicas Marcianas (aquí análisis de un servidor con motivo del 75° aniversario) o Fahrenheit 451. A pesar de admirarse ambos mutuamente, Bradbury no estaba convencido de poder adaptar una historia ajena (nunca lo había hecho ni lo volvería a hacer) y ni siquiera había leído la novela, además de padecer de fobia a los viajes en avión, todo un problema considerando que el rodaje incluiría Irlanda, Gales, Islas Madeira y Canarias.

Bradbury propuso escribir sin moverse de Illinois, pero para Huston era necesario que tomara conocimiento de los lugares a fines de adecuar mejor la historia, así que el escritor aceptó finalmente a condición de trasladarse únicamente en barcos. Dedicó varios meses a interiorizarse y analizar sin escribir una sola línea hasta que un día, según sus propias palabras, se despertó diciendo “Soy Herman Melville” y, en solo ocho horas, entregó el guion completo (era conocida su tendencia a escribir de un tirón y sin retoques).

Pero llevarse bien con Huston no era cosa fácil para nadie, así que también Bradbury tuvo con él una relación tensa, pues se negó a hacer los cambios que el director pidió y este acabó, por su cuenta, introduciendo algunas reescrituras a cargo de Norman Corwin que no fueron acreditadas. No solo eso: además se acreditó a sí mismo como coautor del guion.

El rodaje demandó unos cinco meses debido, sobre todo, al tormentoso clima de las costas de Gales e Irlanda en donde principalmente se rodó. Para representar a New Bedford, Huston quería algún pueblo que pareciese detenido en el siglo XIX y, efectivamente, lo encontró en Youghal, localidad costera de Irlanda. Pobladores y pescadores locales hicieron de extras, como también sus esposas, que son las mujeres que, en la película, miran desde el muelle zarpar al Pequod.

La taberna local fue ideal para recrear el ambiente ballenero y las pinturas de caza de ballenas que la decoraban vinieron como anillo al dedo. No solo sirvió de escenario para la escena de bar, sino que además fue prácticamente el cuartel de operaciones elegido por Huston y su equipo durante el rodaje. Más aún: el lugar pasó a llamarse Moby Dick luego de ello y, según tengo entendido, sigue funcionando al día de hoy.

Para representar el Pequod, se recurrió a un barco inglés de 1887 que había sido ya utilizado en la adaptación fílmica de La Isla del Tesoro de 1950, al que se sumaron dos corbetas irlandesas. Inclusive los postes telefónicos de Youghal fueron camuflados con lonas para que pareciesen mástiles de barcos.

Las escenas de caza de ballenas fueron mayormente filmadas en las Islas Madeira con la colaboración de los pescadores locales y, en cuanto a los cetáceos, se hicieron réplicas en tamaño real a base de goma, madera y metal, algunas de las cuales acabaron perdiéndose en el mar. La mayor parte de las escenas en que interviene Moby Dick, no obstante, fueron hechas con miniaturas en tanques de agua.

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No solo los tiempos del rodaje se estiraron sino también, desde luego, los presupuestos, al punto que el costo previsto de dos millones de dólares se fue a cuatro millones y medio. Ello excedía las posiblidades de Moulin Pictures, la compañía de los hermanos Mirisch, razón por la cual, para poder solventar sus deudas, acabaron estos vendiendo la película a United Artists a mitad de la filmación. La fotografía quedó a cargo de Oswald Morris y la música de Philip Sainton.

El estreno, muy alegóricamente, tuvo lugar el 28 de junio de 1956 en New Bedford, Massachusetts, que es donde la historia se inicia.

La Historia

Como la novela, la película comienza con el relato en primera persona del protagonista principal y su ya icónica presentación “llámenme Ismael” (o “pueden llamarme Ismael”, según las traducciones). Llegando a New Bedford a fines de conseguir trabajo a bordo de algún navío, este reflexiona sobre cómo todos los caminos conducen al mar, en definitiva un espejo de nosotros mismos.

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Ninguneado por su pasado en la marina mercante, Ismael (Richard Basehart) logra no obstante ser aceptado en el buque ballenero Pequod, aunque, previo a zarpar, debe compartir habitación en la noche con un nativo de las islas del Pacífico llamado Queequeg (Friedrich von Ledebur), del cual le han dicho que es caníbal y que vende cabezas, siendo lo primero mentira y lo segundo verdad, a pesar de lo cual acaban trabando amistad.

También le toca a Ismael presenciar en la iglesia de los balleneros una encendida homilía religiosa a cargo del padre Mapple (Orson Welles) y escuchar, ya en el puerto, la vehemente profecía de un sujeto de nombre Elías (Royal Dano) acerca de que en su viaje olerán una isla sin que la haya, además de que solo un miembro de la tripulación sobrevivirá y el capitán volverá de entre los muertos para saludarles.

Ya embarcado, Ismael conoce al primer oficial Starbuck (Leo Genn) y, por fin, al capitán Ahab (Gregory Peck), del cual tanto le han hablado. Un sujeto tan ensimismado como implacable y cargado de resentimientos hacia Moby Dick, ballena blanca única en su especie a la que toma prácticamente por bestia bíblica y culpa de la pérdida de la pierna que ha debido reemplazar por una prótesis hecha justamente con mandíbula de ballena.

Tanto Ismael como el resto de la tripulación descubrirán que el interés personal de Ahab por Moby Dick va más allá de cualquier móvil económico, pues hasta es capaz de dejar escapar una manada completa al recibir noticias de que la bestia blanca ha sido avistada, o incluso de cualquier sentimiento de solidaridad al no dar asistencia al capitán de un barco que ha perdido a su hijo y concentrarse, en cambio, contra viento y marea (literal) en la persecución de Moby Dick aun a costa de poner en riesgo a toda su tripulación.

No hace falta decir que el encuentro y consecuente enfrentamiento con Moby Dick acabará siendo el momento cúlmine de la historia…

Una Proeza Náutica

Cuando una novela es la mejor de su género, merece una película que también lo sea. No es fácil, desde ya, sino más bien una tarea titánica. Lo consiguió Peter Jackson con la trilogía de El Señor de los Anillos, pero casi medio siglo antes lo había hecho ya John Huston con Moby Dick. Y ya sé que es subjetivo, pero en mi opinión esa historia es la mejor del género náutico tanto en la literatura como en el cine, algo que solo se da en los dos ejemplos mencionados: no busquen porque no hay más…

Lo primero para destacar es la increíble estética y, muy especialmente, el revolucionario tratamiento del color, logrando que el filme luzca retro aun para su época. Hay que pensar que se estaba en plena explosión y auge del Technicolor, por lo cual lo normal en Hollywood era resaltar y saturar los colores. Moby Dick procura, en cambio, lo contrario: desaturarlos de tal modo que luzcan “apagados”…

Huston quería que los tonos pastel transmitieran la atmósfera triste y desoladora del libro, así como también que la película se viera cual si hubiera sido hecha a mediados del siglo XIX en el supuesto caso de que entonces hubiera cine; tanto él como su director de fotografía Morris buscaron que cuadrara lo más posible con los grabados y pinturas de época que reproducían escenas de caza de ballenas. Y lograba, de paso, que cada aparición de Moby Dick se viera realmente impactante, lo cual quizás, al ser blanca, no hubiera sido igual si se utilizaban colores vivos o llamativos.

Es por esa razón que cuando uno ve la película hoy en día, la impresión es que la cinta estuviera “envejecida”, pero en realidad así se vio también al momento de su estreno en apuesta estética verdaderamente audaz y rupturista. De hecho, yo la vi de niño en televisión y, ya en mi juventud, en VHS, pero grande fue mi sorpresa al volver a verla mucho después y comprobar que era en color cuando mi recuerdo era en blanco y negro.

Y no solo es en lo cromático que la estética del filme impacta, sino también en los encuadres y tomas, a veces oblicuas o desde abajo al estilo Nosferatu (1922, aquí retro-análisis) y haciendo que los personajes (especialmente Ahab) queden recortados de manera estremecedora contra cielos grises y plomizos.

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O también con primerísimos planos o planos – detalle, particularmente los que tienen que ver con ojos, como el de la propia ballena o los de Ahab y Starbuck mientras se enfrentan en una discusión.

El guion presenta algunas diferencias con el libro, desde ya. La profecía de Elías en el puerto, por ejemplo, es en la novela bastante más críptica y no tan específica. Y muchos cuestionaron en su momento a Gregory Peck por dar al capitán Ahab un aire más “señorial” que el de la historia original, en la cual es prácticamente un monstruo salvaje.

No coincido: la actuación de Peck es asombrosa y probablemente la mejor de su carrera, pues consigue hacernos entender que el monstruo está en realidad dentro suyo. Su Ahab puede llegar a ser más contenido que el de la novela, pero todo el tiempo nos transmite la idea de que algo pugna por salir de su interior, un espíritu vengativo y resentido que puede aflorar y estallar de un momento a otro.

Para aumentar ese efecto, la película está imbuida de un realismo que nos convierte en parte de la tripulación al contagiarnos el nerviosismo de esos hombres enfrentados con la naturaleza, pero muy especialmente con un capitán que parece estarlos llevando a la muerte, lo cual queda perfectamente graficado en el antagonismo entre este y Starbuck, quien representa en la historia la voz de la razón y el autocontrol.

Eso es algo que no puede lograrse sin un elenco a la altura y hay que destacar que, por mucho que la actuación de Peck se robe prácticamente la película, también se lucen de manera especial Leo Genn, Friedrich von Ledebur y el propio Richard Basehart en el papel de Ismael. De hecho, esta es una de esas películas en que es difícil decir quién es el personaje principal. ¿Es Ahab? ¿Es Ismael? ¿O es la ballena?

Sea como sea, de lo que no caben dudas es de que es una historia de obsesión y se vuelve inevitable relacionar a Ahab con el propio Huston, un realizador que siempre estuvo detrás de empresas que parecían imposibles y que se obsesionó de manera enfermiza con cazar un elefante blanco mientras filmaba La Reina Africana al punto, incluso, de retrasar el rodaje por ello: una situación que denota fuerte paralelismo con lo que hace el capitán Ahab al poner sus propios objetivos personales por encima del bienestar de su tripulación.

La parte teológica tiene en la novela un papel importante que, aunque menor en la película, sobrevuela la historia todo el tiempo. La particular homilía religiosa es casi un filme dentro de otro con un impagable Orson Welles oficiando de sacerdote en una iglesia cuyo púlpito tiene forma de proa de barco y al cual se asciende por medio de una escalera de nudos como las que tenían los barcos de la época. Se dice que el propio Wells escribió su sermón o quizás hasta lo improvisó. Lo que sí se sabe es que utilizó el dinero que le pagaron para montar su propia puesta teatral basada en la obra de Melville.

La comparación con la historia bíblica de Jonás, por supuesto, es imposible de evadir y aparece ya desde esa escena. Y el capitán Ahab es un hombre cruzado por fuertes contradicciones en cuanto a lo religioso: su odio a Moby Dick es de alguna manera odio a Dios por haberle dejado sin una pierna y, en todo caso, lo “personifica” en la ballena. Pero a la vez cree estar cumpliendo una misión divina y entiende que la criatura marina a la cual persigue es una blasfemia.

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La confrontación con Starbuck, particularmente, aporta en ese sentido algunos de los diálogos más interesantes de la película al querer este hacer recapacitar a su desquiciado capitán. Para él, la blasfemia no está en la ballena sino en el propio Ahab: “Obsesionarse con una bestia muda que solo actuó por instinto es blasfemia”, dice.

Y el primer oficial se debate además internamente cuando los demás intentan convencerle de llevar adelante un motín: él también está cruzado por contradicciones y, especialmente, por su conflicto interno entre lealtad y razón. Por cierto: qué gran actuación la de Leo Genn y qué poco ha sido reconocido en su carrera (solo una nominación al Oscar como actor de reparto por Quo Vadis?, de 1951).

La banda sonora de Philip Sainton, por otra parte, cuadra perfectamente con la propuesta visual y el tono de la historia. Evita, de hecho, las fanfarrias tan típicas de los filmes náuticos de aventuras que caracterizaban hasta entonces al cine de Hollywood y en su lugar opta por crear atmósferas densas y misteriosas que vayan en consonancia con el tono dramático y suspenso de la historia.

De todas formas, Huston sabe bien cuándo usar la música y cuándo omitirla o bien dejarla en un muy segundo plano para que los pasos de la pierna postiza de Ahab, el crujir de los remos, el balancearse de los aparejos o el mecerse de las olas se constituyan en banda sonora suficiente. Y el graznar de las gaviotas, por supuesto, que al delatar con su presencia la del gran cetáceo blanco bajo las aguas proporcionan un suspenso que habrá, seguramente, dejado alguna influencia en Alfred Hitchcock para rodar Los Pájaros (1963): no es poca cosa…

Valoración y Legado

Tras su estreno, Moby Dick tuvo disímil suerte con la taquilla al comparar Reino Unido con Estados Unidos. Mientras que en el primer caso fue un éxito absoluto, en el segundo se quedó por debajo de las expectativas, lo cual fue en aquel momento adjudicado a que el público no tenía interés en ver a Gregory Peck en un personaje de valores negativos. El filme recaudó en total algo más de cinco millones de dólares, lo cual se queda exiguo ante los cuatro millones y medio que costó y, aunque ganó varios premios, no tuvo nominación alguna al Oscar, ni tan siquiera en efectos visuales: una completa injusticia…

Las críticas también fueron mixtas: mientras algunos rescataron la increíble proeza visual lograda por Huston, otros se sumaron a la marea general de la opinión pública y arremetieron contra Gregory Peck por componer un Ahab que no encajaba con el que presenta Melville (ya he aclarado que no estoy para nada de acuerdo).

No obstante ello (y como es casi regla en muchas de las películas que tratamos en esta sección), los reconocimientos fueron llegando más tarde y hoy es considerada una obra maestra y emblemática. La dirección de John Huston y el guion de Ray Bradbury se combinan a la perfección para captar el espíritu de la novela sin que ello signifique hacer una adaptación textual, sino traducir genialmente a un lenguaje cinematográfico la tristeza y desesperanza que, desde el papel, Herman Melville nos transmite en esa inolvidable historia.

Hubiera sido, un error, por ejemplo, hacer una película de tono épico: Moby Dick no es una aventura, sino una reflexión tan profunda como dolorosa sobre la mortalidad y la soledad. Tanto Ahab como la ballena están solos en el mundo y lo mismo el único sobreviviente del final, que no diré quién es, aunque el final de la novela es harto conocido y el relato en primera persona, de todas formas, lo evidencia.

La película está llena de diálogos memorables, que en algunos casos remiten casi textualmente a la novela pero en otros no y, sin embargo, logran una vez más captar la esencia de la misma. Y está asimismo llena también de escenas inolvidables, siendo imposible quitarnos de la memoria a Ahab clavando un doblón español contra un. mástil o atrapando en un arpón el fuego de San Telmo (madre mía, qué momento). Sin olvidar, desde luego, el ya mencionado servicio religioso en la iglesia de los balleneros o la partida del Pequod acompañada por los agoreros rostros de tragedia de quienes miran desde el muelle.

Si a ello sumamos una asombrosa puesta visual que desafiaba los cánones de la época y un formidable trabajo de un Gregory Peck secundado de manera también magnífica por todo el elenco (no hay, de hecho, actuaciones flojas), el resultado no puede ser mejor y, por muchas adaptaciones que la novela haya tenido a la pantalla, ya sea en cine o en tv, la de Huston sigue sin ser superada y es, a mi juicio y como antes he dicho, la mejor película náutica de todos los tiempos. Es mi opinión, desde ya, y me hago cargo.

Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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