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Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury, a setenta y cinco años de su primera publicación

Pocas obras de ciencia ficción tan icónicas como Crónicas Marcianas, como pocas también las que han logrado trascender el género con su calidad literaria. Al cumplirse el 75° aniversario de que fuera por primera vez publicada en 1950 (aunque en español debió esperar hasta 1955), analizamos las razones de la permanencia y vigencia de una obra de Ray Bradbury tan única como universal e imperecedera.

Los años cincuenta fueron especiales. Los ecos del final de la segunda guerra mundial sumados a la paranoia nuclear y anticomunista degenerada en cacería de brujas coincidieron con una súbita sensación de bienestar que, especialmente entre las clases medias norteamericanas, constituyó una de las pocas islas de optimismo del pasado siglo. En medio de ello, la inminencia de la conquista del espacio era caldo de cultivo para la época dorada de la ciencia ficción y en 1950, con la década aun al despuntar (o todavía no despuntada, dirán los matemáticos rigurosos), se publicaba Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury

Por lo común se suele catalogar al libro como novela, pero en realidad es una colección de veintiséis relatos unidos por un denominador común que es la colonización de Marte, de la cual ya se hablaba en ese tiempo a pesar de que aún no hubiéramos puesto un mísero artefacto en el espacio ni mucho menos pisado la Luna. Y el año que Bradbury pone como inicio (1999) sonaba en ese momento muy lejano, pero seguimos hoy sin hollar con nuestros pies el planeta rojo por mucho que Elon Musk o Donald Trump insistan con sus anuncios.

Algunos de los relatos, de hecho, ya habían aparecido previamente en distintas revistas de la época y Bradbury los compiló para formar un todo coherente con otros que eran nuevos pero acordes a la temática y, a los fines de construir una cronología, le colocó a cada uno una fecha de referencia anteponiéndola al título.

Pero no es la colonización de Marte lo único que une a los relatos del libro y, si nos ponemos finos, ni siquiera puede decirse que sea la cuestión principal. Si algo caracterizó siempre a Bradbury es el magistral manejo de la metáfora y, en definitiva, Crónicas Marcianas no habla de otra cosa que de la humanidad y de cómo, vayamos donde vayamos, llevaremos invariablemente nuestros problemas, conflictos y traumas, irrigando con ellos cualquier suelo que pisemos, incluso rojo.

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La soledad, la búsqueda, la tristeza, la nostalgia y la frustración son temas que impregnan el libro de principio a fin y es gran mérito del autor el construir sus historias de modo reconocible, pues el Marte colonizado no es muy distinto al Estados Unidos de los cincuenta. Y allí reside quizás uno de los principales elementos que lo distinguen de otros escritores de su tiempo como Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Robert A. Heinlein, a quienes interesaba mucho más que sus futuros se vieran posibles y creíbles.

Bradbury no era alguien a quien le interesase el rigor científico y lo paradójico es que consiguió incluso el respeto reverencial de aquellos a los que sí. Ya se sabía en 1950 que Marte no tenía atmósfera respirable, pero poco le importó a los fines de lo que quería contar. Tampoco (y a pesar de todo lo que admiraba a Julio Verne) se preocupaba demasiado por la tecnología futura, sin pasar en sus historias la misma de esos cohetes que hoy llamaríamos retrofuturistas y que viajaban a Marte por algún principio físico que al autor no le interesó explicar.

Los porches, las camionetas rurales, los cables de teléfono, las radios a transistores, las botellas de gaseosa o los puestos de hot-dogs son lo que los colonos de la Tierra, en su soberbia de especie y naturalizado chauvinismo, llevan a Marte creyendo con ello llevar la civilización o quizás el sueño americano, con sus instituciones, su iconografía y su cultura del ocio.

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Y, por supuesto, también llevan al planeta rojo todo aquello que ese mismo sueño oculta pero en lo cual se apoya, como el exterminio aborigen o el desprecio racial. Así es cómo, merced a una enfermedad para nosotros tan inofensiva como la varicela, la civilización marciana se extingue al solo contacto de modo análogo a lo que ocurriera en la Tierra con las sociedades precolombinas al ser diezmadas por las enfermedades llevadas a América por los europeos. Y los negros siguen siendo tratados como negros, en la Tierra o en Marte.

Pero aun cuando Bradbury incluya en su obra crítica social, no lo hace en tono declamatorio o militante, sino en uno lleno de poesía, pues por más que el libro esté escrito en prosa, su lenguaje es poético sin dejar nunca de ser sencillo e increíblemente despojado y ascético. Ray siempre dijo que corregía muy poco sus manuscritos para que no se perdiera la carga emotiva original y la verdad es que se nota.

Ya lo dice de manera inmejorable el gran Jorge Luis Borges en el recordado prólogo por él escrito para la que fuera, en 1955, la primera edición en español:

Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria. Anuncia con tristeza y con desengaño la futura expansión del linaje humano sobre el planeta rojo… ¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad?…”

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Me es difícil, al repasar los veintiséis relatos, quedarme con solo uno, pues cada uno tiene su propio sentido dentro de la obra e impacta de modo distinto a nuestra subjetividad. Puedo quizás mencionar Los Hombres de la Tierra, en donde los integrantes de la segunda expedición a Marte son, al decir de dónde proceden, encerrados en una institución psiquiátrica junto a muchos otros que, siendo marcianos, dicen sin embargo también provenir de allí.

O tal vez La Tercera Expedición, en que los recién llegados al planeta sufren una alucinación colectiva generada por los marcianos a través de la cual todo lo que encuentran se parece increíblemente a las comunidades que dejaron atrás en la Tierra, con casas victorianas, jardines, columpios, porches y pianos.

O podría ser Y la Luna siga brillando, donde la cuarta expedición encuentra ya a todos los marcianos muertos por la varicela y uno de sus integrantes, enloqueciendo al ver la actitud irreverente y soberbia de sus compañeros, comienza a matarles uno a uno para que nadie pueda seguir arruinando Marte.

O también Reunión Nocturna, en el cual un obrero latino, al regresar a su casa en camioneta y habiendo ya la raza marciana desaparecido, se encuentra sin embargo en la carretera con el fantasma de uno de sus representantes, quien no ha oído hablar jamás sobre los colonos y, diciendo dirigirse a una fiesta, cree todavía estar viviendo en un Marte del pasado rebosante aún de vida.

O el breve pero bellamente estremecedor Los Músicos, en que, jugando alegremente, niños de la Tierra convierten en instrumentos musicales xilofónicos los huesos de los marcianos que han hallado entre sus ruinas.

O bien El Marciano, donde un matrimonio de ancianos se encuentra con un adolescente que quiere vivir con ellos y se parece mucho al hijo de catorce años que alguna vez perdieran por una neumonía, pero resulta que todos los vecinos creen también reconocer en él a un hijo suyo, siendo pues entonces un marciano cambiaformas o, más bien, alguien capaz de alterar la percepción de los demás en busca del afecto familiar que, debido a la desaparición de su raza, ya no tiene.

O por qué no Los Pueblos Silenciosos, en el que Marte se ha despoblado debido a un regreso generalizado de colonos a la Tierra a causa de la guerra que allí ha estallado, mientras un hombre que ha quedado en absoluta soledad se dedica a llamar uno por uno a todos los números de la guía telefónica en la esperanza de que alguien responda. Cuando finalmente ello ocurre, las cosas no van a ser como él desearía y quizás, después de todo, sea preferible la soledad…

Y cómo obviar, por supuesto, El Picnic de un Millón de Años, relato con el que el libro se cierra y en el cual un padre de familia, habiendo sido ya destruida por completo la Tierra debido a la guerra nuclear, reúne a los suyos junto a una fogata para quemar todos los documentos que les unen con el pasado y llevar luego a sus hijos a conocer a los marcianos… en el reflejo del agua.

Crónicas Marcianas sigue siendo al día de hoy una obra única, de esas que parece increíble que hayan sido escritas. Tanto por su tono literario como por su estructura episódica, ha sido imposible de llevar a adaptación cinematográfica, aunque sí tenido algunas muy dignas a miniserie o cómic.  Y montones de referencias en la cultura popular…

En la serie Ozark (aquí los análisis de un servidor) es mencionado como analogía para la familia protagonista, que no logra cortar sus vínculos con el pasado ni aun viviendo en un paraje apartado y aparentemente tranquilo.  La excelente banda húngara Solaris le ha dedicado un álbum completo a modo de obra conceptual.  Y cuando el prestigioso director François Truffaut adapta Fahrenheit 451 (la otra obra icónica de Bradbury) y recrea la comunidad cuyos integrantes se aprenden cada uno un libro de memoria para guardarlo donde no pueda ser destruido, uno de ellos dice con orgullo “Yo soy Crónicas Marcianas, de Ray Bradbury“…

Por más que hoy sepamos muchísimo sobre Marte debido a las misiones allí enviadas, el planeta imaginado por Bradbury nos sigue seduciendo y estamos convencidos de que existe, no solo por lo enquistado de su recuerdo en nuestra mente sino por lo reconocible e identificable que se nos hace. Es un mundo que llevamos en nuestro interior.

Y la pregunta de Borges acerca de qué pudiera tener este hombre de Illinois para generarnos tales sensaciones sigue sin respuesta y, antes de aferrarnos a una objetivación que sería más forzosa que real, lo mejor sería que así siga siendo, del mismo modo que su Marte en nuestras mentes existiendo. Si algo agradezco es haber podido personalmente estrechar la mano del autor y agradecerle por todas sus historias. Y su “thanks for reading them” (gracias por leerlas) me quedó para toda la vida y más allá. Nada que agradecer, maestro. Quizás nos veamos otra vez en Marte…

Hasta la próxima y sean felices…

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Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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