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«Vince McMahon: El titán de la WWE» (Netflix): pocas cosas más poderosas que un relato

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

«Vince McMahon: El titán de la WWE» es una serie documental de seis episodios en Netflix. Teniendo en cuenta que en Netflix ya se pueden ver los combates de la WWE uno se podría esperar lo peor. Es decir, es un documental sobre el gran dirigente de la lucha libre estadounidense. El responsable de que todo el mundo sepa quienes son Hulk Hogan, el Último Guerrero, la Roca, Batista o John Cena. La mente detrás de lo que en los 90 llamábamos Pressing Catch en España. Ese señor, responsable de que la lucha libre estadounidense sea el espectáculo de masas que es, de los inmensos beneficios que da y demás, tiene su documental en Netflix cuando la propia Netflix va a dar su producto. ¿Qué es lo previsible? Bien, pues todo lo que podríamos esperar para mal resulta que no es así. Es decir, que el documental es increíblemente interesante, ya más allá del interés de cada uno en los mazados fingiendo pegarse y gritándose cosas.

Los seis capítulos tratan de contarnos más o menos cronológicamente y a través de entrevistas con Vince McMahon, el propio cerebro de todo esto, la historia de cómo un espéctaculo fragmentado en mil negocios distintos en un país tan gigantesco como Estados Unidos se unifica con los años en una sola compañía. También de cómo logra que algo despreciado y marginal en sus inicios consiga en los años 90 eclipsar a los deportes profesionales. O de cómo consigue sus mayores éxitos cuando el negocio de la lucha libre se alinea con el espíritu de los tiempos…y cómo se la pega cuando se aleja de estos. Eso sería más o menos lo que «Vince McMahon: El titán de la WWE» sería a grandes rasgos. Pero lo que le hace apasionante son otras cosas…

Y lo primero que lo hace adictivo e interesantísimo es el enfoque general del documental. Vince McMahon cuenta su versión de los hechos; los fondos documentales nos muestran vídeos y testimonios de otro tipo e incluso entrevistas a conocidos críticos de sus formas de actuar. Y no solo cumplen el expediente para no parecer un ejercicio de peloteo: hurgan en la herida lo que sea necesario y con la crueldad que sea necesaria para atizar a Vince McMahon en sus decisiones y vicios más conocidos. Es muy posible que se oculten cosas, por supuesto, pero la cantidad de horrores, abusos y maldades casi sin fin de Vince McMahon protagonizan el documental casi tanto como sus propias palabras. Que en resumen son: hago todo por el negocio, no peleo limpio, a la competencia voy a por ella al cuello. Tal cual.

Luego está el sentido profundo en el que insiste Vince McMahon y más de un luchador en las entrevistas, entre ellos Hulk Hogan. En todo momento, desde el principio, el enfoque de la lucha libre es de negocio. Es decir, qué tenemos que hacer para ganar más dinero. ¿Cual es el límite? Insiste mucho el protagonista: aplastar a la competencia, ser mejores que ellos, ganar mucho más que ellos. El límite es ganar. A veces no toma buenas decisiones, a veces sí, pero el consenso general entre todo el mundo es que la lucha libre con sus circos, sus declaraciones impostadas y sus historietas de vodevil son la obsesión durante las veinticuatro 24 horas al día y los siete días de la semana.

Si tiene que meter a su hija a ser un personaje del circo de la lucha libre pues la mete. Si tiene que meterse él mismo como personaje lo hace. Si tiene que llenar la pantalla de tetas y culos en los 90, en paralelo a lo que pudimos ver en España con la Telecinco de las Mama Chicho, pues se hace. Si hay que agitar el patriotismo en la época en que se iba a ir a la guerra contra Irak pues se hace. El negocio, ante todo, es dar espectáculo. En las propias palabras de McMahon, la gente quiere sentir emociones. Quiere un malvado malvadísimo, quiere conflicto, quiere humillaciones, quiere venganzas, quiere bocazas y, en definitiva, una historia llena de emociones. Y la lucha libre es para él una forma de contar historias, como el teatro o el cine, una forma de mover emociones.

Y es que por mucho que las peleas tengan finales ya guionizados y las cosas más o menos pactadas (no siempre y de ahí algunos de sus momentos más recordados, ojo), la gente que va a verlo no es tonta ni idiota. Y no lo son en el sentido de que el que va al teatro sabe que, por mucho que esté en el papel, ese actor no es Hamlet. Vince McMahon descubre que lo más poderoso es la capacidad de contar historias, relatos y leyendas. Es lo que más quiere el común de los mortales. Ser parte de todo eso más grande que la vida. Y es la razón fundamental de su éxito.

Por supuesto que está el McMahon jefe de la organización más importante de lucha libre y luego el McMahon personaje. Es el punto de inflexión y de genialidad del personaje. Tuvo un momento espantoso y público cuando su empresa estaba siendo avasallada por la competencia, cuando se llevaban al personaje más conocido (Hulk Hogan), o cuando todas sus estrellas se iban para ganar más. En ese momento, él traicionó a su luchador estrella de entonces y todo parecía irse a pique.

Vince McMahon era odiado y su empresa parecía tocada. Y ahí tomó la decisión más importante de su vida: si él era odiado por los aficionados, les daría más de él mismo. No solo sería el organizador de los eventos o un comentarista: sería un personaje más. Un luchador más. Se acabó lo de enfocar la lucha libre como para niños de diez o doce años; todo va a ir enfocado de adolescentes para arriba. Todo será más sucio, habrá tetas, habrá culos, habrá mucha violencia gratuita, pero sobre todo estará él. Vince McMahon aparece en escena como el jefe millonario y malvado de caricatura que se ríe del público, que hostiga a los luchadores favoritos del mismo, que le encanta ser odiado por las masas, abucheado. Le encanta darles algo a lo que odiar sin ningún reparo. Numerosas entrevistas aseguran que realmente el personaje creado para la lucha libre, Mr. McMahon, no es más que una (ligera) exageración de lo que es él en realidad.

Desde que decide que es así el éxito comercial de su empresa es imparable. Audiencias millonarias. Millones pagando por ver el siguiente culebrón con hostias coreografiadas que se ha inventado. Morbo por ver a mujeres recauchutadas quitándose ropa y a las que se humilla y cosifica hasta extremos estupefacientes. Camiones entrando por sorpresa. Contratando a gente que le ha denunciado por acoso si eso le va a dar más audiencia y dinero por el morbo. McMahon mismo haciendo de depravado sexual que se aprovecha de su posición para acostarse con mujeres. Como dijimos, en esa época en España estaba el Telecinco de las tetas y de Crónicas Marcianas, pero esta gente llevaba todo eso a otro nivel. Meter a familia, a hijos, hijas, esposa o incluso intentar hacer un directo con la boda de su hija. Esto es ante todo entretenimiento, repite el protagonista.

En más de un momento, la frontera entre lo que Vince McMahon vende como el espectáculo, el negocio y lo que no lo es resulta indistinguible. Es evidente, y se recalca al final del documental, que no es que él interpretara en el ring delante de millones de espectadores a un señor millonario engreído que se aprovechaba de su poder para coaccionar a mujeres a los fines de que se acostaran con él. Es que, en la realidad, era un señor millonario engreído que se aprovechaba de su poder para coaccionar a mujeres para acostarse con él. No es que actuara como un tirano despiadado con sus luchadores, es que era un tirano despiadado con sus luchadores, hasta el punto que eso de tener seguro médico o no trabajar todos los días tampoco es que haya sido precisamente una tradición en su empresa hasta hace casi dos días.

También se nota un contraste entre algunas de las estrellas consagradas en su empresa (La Roca, John Cena, el Enterrador), que se deshacen en elogios para Vince McMahon, y todo lo tremendamente olorosos y escalofriantes que son los temas del uso desmadrado de esteroides, de las frecuentes muertes prematuras de los luchadores y de toda una histórica tradición de abusos sexuales a hombres y mujeres por parte de él y de varios empleados suyos. Todos despachados por el propio McMahon como decisiones individuales de cada uno que, claro, cada uno debe individualmente afrontar. Es toda una declaración de principios que parece sacada de un personaje de una película de Scorsese. Porque algo de protagonista de Scorsese tiene: una infancia muy dura, un ascenso a la cima apuñalando a quien narices tocara en cada momento, una absoluta falta de piedad, excesos de mujeres y dinero, la obsesión enfermiza con el éxito como bandera y la inevitable caída final a los infiernos. Con muertos de por medio, por supuesto.

Como nota final, decir que el último capítulo del documental aparece el famoso combate (con representantes) que tuvo con el mismísimo Donald Trump. Vemos al presidente de los Estados Unidos en un papel de personaje de lucha libre…y, como bien dice Vince McMahon, realmente es el mismo personaje, la misma retórica y la misma emocionalidad que hemos visto a lo largo de su carrera política. McMahon nos cuenta aquí parte de una terrible verdad: el relato que monta Trump, por querido, odiado, revelador o nauseabundo que nos resulte, tiene mucho que ver con lo que año tras año se ha construido en la lucha libre. Emocionalidad. Relato. La pertenencia a una emoción que te hermana con otros tantos. El drama, la venganza, la exageración, la huida de lo gris y monótono de la vida. No puede analizarse del todo bien desde casillas de un documento Excel. O más bien sí, se puede analizar en dinero entrando y votos emitiéndose. Hay mucho turbio y terrorífico detrás de cualquiera de los dos, entre otros tantísimos personajes que están en la misma lógica a la hora de venderse, por supuesto (es decir, que tampoco es que toda esta lógica, retórica y forma de actuar sea exclusiva de estos dos y ni mucho menos la han inventado ellos). Y ese éxito económico o político es real. Tanto como los cadáveres y abusos que dejan a su paso este tipo de personajes.

Ahí no hay interpretación ni fronteras. Lo que dejan a su paso es real. No forma parte del espectáculo. O, como hemos visto en este documental, más bien sí. Forman parte integral de ese mover emociones, generar odios, alimentar adhesiones inquebrantables y excitarnos de manera loca. Lo real, lo relatado, los dineros entrando, los votos subiendo, las visitas a tu canal de Youtube petándolo, todo entremezclado de manera espantosa y efectiva.

Hay pocas cosas más poderosas que un relato, que mover las emociones. Desde luego que funciona. Todo aquel que pretenda cambiar aunque sea algo mínimamente pequeño en este mundo debe tenerlo presente.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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