Si, yo también caí. Virgin River (también conocida en España con el horroroso título de Un lugar para soñar) es la serie de Netflix que mucha gente ve pero pocos admiten verla. Y es que se trata de una serie que se escapa del canon habitual de serie guay y molona, de esas que tienes que ver si o si para estar a la última y demostrar ser un seriefilo con gusto y criterio.
Porque amigos, admitamoslo: Virgin River es un culebrón con todas las letras, un dramón ambientado en un paraje idílico con personajes que se aman y se desean y con sus pequeñas tramas de intriga y misterio que bordea la fina línea de la ñoñería en más de de una ocasión.
Bienvenidos al lugar donde todos conocen tu nombre
Melinda «Mel» Monroe (Alexandra Beckenridge) quiere dejar atrás su antigua vida en Los Ángeles y por eso, buscando un nuevo comienzo, responde al anuncio de Hope McCrea (Annette O’Toole, mítica por encarnar a Lana Lang y Martha Kent), la alcaldesa de Virgin River, para trabajar de enfermera en la consulta de Vernon Mullins (Tim Matheson), a pesar de la firme oposición de este último.
En su primer día, conoce a Jack Sheridan (Martin Henderson), antiguo marine metido a empresario local del sector de la hostelería. Vamos, que regenta el bar del pueblo, de esos de toda la vida, con su bandera americana, sus cervezas y su buena comida preparada por otro ex-marine, John «Preacher» Middleton (Colin Lawrence). Ni que decir tiene que cuando Mel entra por la puerta, con su melena al viento, el bueno de Jack cae enamorado a la primera.
Lo malo es que Mel arrastra sus propios fantasmas, Jack tiene una novia pesada que no lo deja ni a sol ni a sombra y el resto de personajes oculta sus secretillos, mas que nada para darle interés a la trama y que la serie devenga en algo más coral. A partir de aquí, drama en estado puro. A acurrucarse en el sofá con la manta y a gosar.

Relax, tío, relax
¿Qué cómo he llegado yo a ver esta serie? Pues porque otra cosa quizás no, pero Virgin River relaja un huevo. Resulta que una noche me dio por ver un episodio de Drive to survive, espantosa serie documental de Netflix que todo aficionado a la Formula 1 debería aborrecer. Si, Gunther Steiner mola pero el resto es un montaje (estupendo montaje, eso si) que no se corresponde con lo que es en realidad una carrera.

El caso es que me fui a dormir totalmente acelerado y acabe soñando con Carlos Sainz (piloto sobrevalorado donde los haya). Pase tan mala noche que decidí que debía buscar algo para relajar mis neuronas antes de acostarme y ahí estaba Virgin River, con sus personajes que no se estresan y esos paisajes maravillosos.
Insisto: es un culebrón, lo que ya puede hacerle perder puntos. Por supuesto no goza del prestigio de This is us pero en realidad no es una mala serie. No eterniza las tramas y se desarrolla con coherencia, sin rebuscados giros de guion ni personajes que se contradicen continuamente. Y por sorprendente que parezca, en cinco temporadas tan sólo han transcurrido unos 9 meses en la serie.
En su contra juega que la producción es más bien del montón, con una fotografía que lo ilumina todo como si no hubiese un mañana. Eso si, Netflix tomó nota del callado éxito que tenía entre las manos y a partir de la tercera temporada aumento exponencialmente el rodaje en exteriores, cosas que automáticamente implica un aumento del presupuesto; presupuesto que no aumentas si no estás seguro del resultado.

En resumen, que Virgin River no gustará a muchos. Es más, seguramente me lluevan los palos por defenderla pero esa virtud de transmitir paz y felicidad ya la quisieran muchas series. Por si hay dudas de su éxito, Netflix ha adelantado su sexta temporada al 19 de diciembre, una época reservada para sus series estrella.
Así que ahí estaremos, con Mel, Jack, Vernon, Hope, Preacher y la pareja sorpresa de la última temporada, Cameron y Muriel, demostrando eso de que el amor no tiene edad. Un saludo, sed felices.



