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Ellos tenían razón y tú no

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

No hace mucho que hemos tenido otra vez esa conversación. Sí, la de que madre mía que nos suben los videojuegos los de Nintendo con su nueva videoconsola. Nervios, intriga y dolor de barriga. Mucha gente enfadada cargada de razón. Es normal. A ver quién quiere pagar más de golpe, en lo que sea. No está la cosa para gastar más.

Pero no vamos a analizar los mil detalles sobre el porqué de si es justo o injusto o las razones últimas de  por qué se toman estas decisiones desde la cúpula de un sitio con mucha gente trajeada y demás. Entre otras cosas por estar en el escalón de los pringados. Es muy posible que nuestra forma de razonar ni se parezca a la de esa gente en las alturas. Incluso puede que sean alienígenas, como nos intentó avisar John Carpenter en «They Live» de 1988.

Así, metidos en tantos debates sobre quién tiene razón y quién no, vamos a zambullirnos en varias divertidas peripecias de los debates sobre lo muy muy equivocadas que están las personas en las alturas. Según nosotros, claro. Hablemos de esas avalanchas de opiniones llenas de justa indignación sobre el enorme hostión que se van a pegar esos personajes alejados de la verdad de nosotros, los pringados.

Podemos empezar por Netflix. Es decir, nuestros macarrones con tomate cultural. Sencillo, sin complicaciones; está rico, llena y chimpún, no pidas más. Que, ojo, muchas veces con eso uno acaba de comer o de ver una serie feliz. Pero también es lo que es. Recordemos que hace tiempo se podían compartir cuentas de Netflix. Lo hacíamos todos. Luego nos repartiamos lo que costaba, y hala, a ver cosas. Era así, lo juro.

Bueno, lo era hasta que Netflix dijo que lo de compartir se iba a acabar, que todo el mundo a pagar. Y lo anunció. Y la avalancha llegó. Muchísimas opiniones en todas partes diciendo que habría bajas en masa. Que Netflix se hundiría, que le comería la tostada la competencia, que no tenían razón o que los directivos de Netflix se verían obligados a pelearse con los politoxicómanos que frecuentan la explanada de la estación de Renfe/Metro de Príncipe Pío (Madrid) para llevarse pan a la boca. Pues, amics, no lo vais a creer. Depende a quién leas puede que te encuentres con que han ganado entre un 50 y casi un 80% más que antes de quitar lo de compartir cuentas.

Pero en estos debates sobre quién tiene razón vamos a ir ahora más al pasado. Dame la mano. Mira, allí. Es 2007. No sabían qué era Lehman Brothers, las pandemias eran algo de videojuegos o películas y Zack Snyder (viva Zack!) solo había hecho una película.

Vaya perdedores eran en 2007, eh. Bueno, pues en ese año salió The Elder Scrolls IV: Oblivion, videojuego de Bethesda que un servidor se compró para PC nada más salir a la compra.  Desde aquí lo jugamos y disfrutamos, aunque debemos aclarar, sobre todo con el actual furor por su remaster reciente, que en su momento recibió críticas por todos los lados. Que si se habían diluído muchas cosas para contentar a las masas. Que si el mecanismo de autolevel de los enemigos rompía el juego y su sensación de progresión. Que los diálogos seguían dando vergüenza ajena. Que la IA seguía siendo espantosamente mala. Incluso que estéticamente era espantoso. Sí, todo eso se decía de Oblivion en su época. ¡El Pueblo parecía querer más la tercera parte, Morrowind!. Pues bien, no valía con todo eso sino que a los señores del juego se les ocurrió una idea revolucionaria: iban a cobrar por descargarte una armadura para el caballo.

En realidad no fue la primera vez que a alguien se le ocurría algo así para los videojuegos, pero lo importante fue que esto ocasionó aún más avalanchas de odio en la época. Con mucha razón, los roleros videojueguiles decían que este «invento», los llamados DLC, iban a ser la ruina del juego, la peste, el horror. Montones de chistes al respecto, montones de posteos y quejas sin fin en los foros, mucha gente teniendo razón, ardientes lamentos en las críticas al juego y etc.

Muchos, muchos años después, en 2025, podemos decir que ya es raro el videojuego de más o menos éxito que no tiene DLCs, contenido descargable de pago, sacacuartos o cómo le queramos llamar. Es más, los videojuegos más exitosos comercialmente (la serie FIFA/FC 24, Call of Duty, Los Sims) casi que están basados en que los jugadores, tras comprarlos, irán a pagar más por el contenido descargable. Eso cuando no son videojuegos gratuitos cuyo beneficio viene precisamente de los contenidos descargables de pago.

Lo que no ha cambiado en todos estos años son los mil artículos contra los DLCs, lo inmorales que son, la terrible razón del que grita, etc. No, amado lector, no me mire usted; yo en toda mi vida me he comprado nada más un DLC del juego de Spider-Man de Playstation 4, ese en el que salía la Gata Negra. En fin, echémosle pelillos a la mar con el simpático video doblado que se hizo tan popular cuando salió The Elder Scrolls V: Skyrim:

Podríamos seguir en la industria del cómic en España, con los mil hilos, conversaciones, foros y etcéteras sobre que la enésima subida de precio de los comics va a acabar con la industria, mientras esta cada vez saca más y más tomacos gigantes de setecientas o mil páginas sin parar, como si aquello no tuviera fin. También con los canales de Youtube demonizando los juegos de mesa que llegan a 300 euros, siendo un disparate de gente encorbatada que no sabe de los juegaken de 20 euros que salen cada dos días y que por lo que sea a la semana se venden por la mitad en Wallapop.

Pero luego los juegos de mesa que valen lo que un mini PC se agotan como si no hubiera mañana, eh. Como la malvada Playstation 5, con sus colas de espera enajenantes, su desprecio al consumidor, sus precios ascendentes reiterativos en una sola generación y su colección de videoapuñalamientos por parte de gente enfadada. Y, no te lo creerás amigo lector, también sus ventas desmadradas y sus beneficios escandalosos.

En todo este bello campo de batalla por tener razón y estar enfadao no debemos perder el norte: la gente encorbatada a veces se la pega. En fin, no pocas veces. Esas veces se llaman Nintendo Wii U, Zack Snyder y todo su snyderverso, las tiendas ECC en España o el videojuego Concord de Sony. Y a saber qué pasa con los precios elevadísimos que quiere poner Nintendo con su Switch 2. No siempre aciertan. No siempre hacen bien su teórico trabajo: ganar cada vez montañas más grandes hechas de billetes. Un poco como todo.

Aunque la conclusión erótico-festiva de este bello repaso en las luchas de la razón, los ejércitos de gente enfadada que dice no querer pagar más pero termina pagando más muchas veces y las glorias y fracasos de esta gente de las altas esferas corporativas debería ser una muy simple. Que no pocas veces es cierto que están desconectados de lo más básico de sus clientes y se la pegan, por supuesto, cosa que celebramos acríticamente. Pero siempre que veamos hordas de gente enfadada porque los altos directivos de una empresa sube los precios, dan mal servicio y hay un consenso en el pueblo llano en que esas cosas supondrán su fin pues bueno, hay que desconfiar de ese consenso. Entre otras cosas porque si fuera así no existiría casi ninguna empresa de telefonía en España.

Pero si hay que desconfiar es por soler ser un consenso de pringados. De gente que sigue creyendo mágicamente en un mágico universo en el que sufrir conlleva mágicamente merecer no sufrir. Así, sin más. Es decir que dan igual las condiciones materiales y tecnológicas que hay detrás de cada movimiento económico. O quién está coordinado para hacer fuerza, quién tiene conocimiento técnico útil y quién pasa de todas estas movidotas.

Por no liarnos, es gente que se cae del barco en alta mar y grita que no puede morir porque tiene derecho a la vida, que lo pone por escrito en la Constitución Española. Se mueren ahogados en el mar o son devorados por un pescao con apetito, pero demostrando cuánto saben de la Constitución Española. Cuantísima gloria. Lo de aprender a nadar se lo dejaron para la siguiente reencarnación, en caso de existir esta, que yo qué sé. De esta gente viene la mayor parte de avalanchas enfadadas, gritos de desahogo y, en general, masturbación en público. Es imposible que nadie así ascienda a la torre de gente trajeada.

Si lo hiciera, sería un desastre: esos conceptos de los derechos inalienables sustentados en una nula fuerza coordinada están destinados al fracaso, la depresión y el suicidio. Y esta gente, de pasarlo mal económicamente, poco. Que alguna vez les toca porque fallan cada tanto, pero lo normal es que no.

Hay demasiados ejemplos, y estos son solo unos pocos, en que ellos no pocas veces tenían razón. Y nosotros no. Es normal, joder, son como extraterrestres. Ved «They Live» de Jonn Carpenter si no la habéis visto, hombre.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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