Hay juegos que te hacen sudar. Otros te hacen gritar. Y luego está Doom: The Dark Ages, que logra hacerte ambas cosas y, además, te hace cuestionar si realmente eres bueno en esto de los videojuegos.
Desde que lo comencé, supe que este no es un Doom cualquiera. Aquí no hay escopetas futuristas ni demonios del espacio. Hay acero, sangre y una oscuridad que no se va con cien antorchas. Es como si el infierno se hubiera vestido de época medieval, y la mezcla es tan aterradora como adictiva.
La ambientación es brutal. Castillos en ruinas, bosques que parecen susurrar tu nombre y mazmorras que huelen a muerte. Cada rincón te hace sentir pequeño y vulnerable, pero aun así te lanzas a la aventura, ¿no es eso lo que hace un Slayer?

Las mecánicas han cambiado. Ahora, además de disparar, tienes que pensar. El combate cuerpo a cuerpo se siente más estratégico y el nuevo sistema de parry con escudo te obliga a medir cada movimiento. No se trata solo de reflejos; es entender a tu enemigo y anticiparte, convirtiendo cada pelea en una danza mortal.
Y los enemigos… madre mía. Si creías que ya habías visto todo tipo de demonios, prepárate para sus versiones medievales. Más feos, más grandes y, sobre todo, más astutos. No atacan al azar; te rodean, te acorralan y te estudian. Y tú, con el corazón en la garganta, intentas no fallar ese parry que puede ser la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero no todo es oscuridad. Doom: The Dark Ages también tiene sus momentos de belleza. Una puesta de sol tras una batalla épica, el sonido del viento entre las hojas, la satisfacción de haber sobrevivido otro día en este mundo cruel. Son esos pequeños detalles los que te mantienen en marcha, los que te recuerdan por qué empezaste esta aventura.
En resumen, Doom: The Dark Ages no es solo un juego; es una experiencia. Te desafía, te emociona y, sobre todo, te hace sentir vivo. Así que, si te atreves, ponte la armadura, afila tu espada y prepárate para enfrentarte al infierno como nunca antes.
Un saludo y sed felices.



