Hacemos hoy repaso de La Última Casa a la Izquierda (The Last House on the Left), ópera prima del maestro Wes Craven que en su momento levantó airadas polémicas, pero que redefinió al genéro de terror de manera decisiva como volvería su director a hacerlo varias veces más a partir de entonces.
Bienvenidos a un nuevo retro-análisis, hoy para hablar de La Última Casa a la Izquierda, película de 1972 que, altamente controversial y polémica para su época, sentó las bases de mucho del cine de terror y suspenso que vendría después y marcó el debut en la dirección par Wes Craven antes de convertirse en uno de los referentes obligados del género.
Craven había tenido su primer trabajo cinematográfico como editor asistente de Sean S. Cunningham en Together (1971), filme que, autodefinido como falso documental sobre el sexo, constituyó todo un éxito de taquilla a pesar de su bajo presupuesto y alentó a la productora Hallmark a poner en manos de ambos unos noventa mil dólares para hacer la película que quisieran.
Cunningham se limitó esta vez a ser productor y relegó la dirección en Wes Craven que, de este modo, debutaba en ese rol. La idea era hacer un filme de terror que rompiera con los tradicionales moldes sobrenaturales y contara más bien una historia de tono tangible en su real crudeza. Lo que llevaba a Craven a elegir ese camino eran las brutales imágenes documentales que por ese entonces llegaban de la guerra de Vietnam, a cuyo lado las escenas más violentas del cine parecían “light”.
Pero además, Craven era gran admirador Ingmar Bergman y se inspiró en El Manantial de la Doncella (1960), despojando desde luego a la historia original de su costado artístico y simbólico, así como de su tono de fábula (a su vez, la historia que contaba el filme del realizador sueco se basaba parcialmente en la letra de una tradicional y anónima balada medieval de su país de origen).
El dinero, por supuesto, no era mucho, por lo que Craven y Cunningham recurrieron a un elenco de actores mayormente novatos, algunos sin experiencia alguna ante las cámaras y otros, como Eleanor Shaw (que aparece acreditada como Cynthia Carr) o Sandra Peabody, con algún trabajo previo en tiras televisivas o papeles cinematográficos sin demasiada relevancia. También los había que venían del cine triple X para adultos.
Particular era el caso de Jeramie Rain, que venía de interpretar a la asesina serial Susan Atkins en una obra de teatro independiente sobre los crímenes del clan Manson. Y más todavía el de David Hess, quien carecía de toda experiencia actoral y era básicamente un compositor de canciones, algunas de las cuales habían sido incluso grabadas por Elvis Presley o Pat Boone; de hecho, y a la par de su flamante rol de actor, terminó siendo uno de los autores de la banda sonora.
Las escenas urbanas fueron rodadas en New York y Long Island, mientras que las más rurales se hicieron en las afueras de Westport, Connecticut, donde Cunningham tenía su casa que, por fuerza de las circunstancias, se convirtió en cuartel general del equipo de filmación durante los días que implicó la misma. La metodología del rodaje fue bastante clandestina y el propio productor la definió como “de guerrilla”, pues no tenían autorización para filmar en la mayoría de las localizaciones escogidas y debían hacerlo lo más rápido posible antes de que los descubriesen y echasen.
La película sufrió por el camino varios cambios de título (ya hablaremos de ello) hasta quedar el definitivo, enigmático como pocos. Y Craven debió hacerle asimismo unos cuantos recortes hasta llegar a obtener de parte de la MPAA la calificación R que buscaba. En algunos países, como Reino Unido, ni siquiera obtuvo la certificación para llegar a las salas cinematográficas y, más allá de alguna breve circulación en video doméstico, permaneció prohibida hasta 2002 e inédita hasta 2008.
El estreno en Estados Unidos tuvo lugar el 30 de agosto de 1972.

La Historia
En una apartada casa de un tranquilo paraje semirrural viven el doctor Collingwood (Gaylor St. James) y su esposa Estelle (Cynthia Carr), cuya hija adolescente Mari (Sandra Peabody) está cumpliendo diecisiete años y desea festejarlo en la ciudad viendo en concierto a una banda de la cual es fan. A ellos no les gusta mucho la idea, especialmente porque planea hacerlo en compañía de su amiga Phyllis (Lucy Grantham), a la cual no consideran buena influencia por lo promiscua y libertina, pero terminan aceptando.
Por el camino, las dos muchachas oyen distraídamente en la radio del auto que se está buscando a un grupo de prófugos escapados de prisión y está más que claro que se terminarán cruzando. Por lo pronto, los convictos se han parapetado en un departamento de la periferia de la ciudad, estando el grupo integrado por el violador y asesino Krug Stillo (David Hess), su hijo Junior (Mark Scheffler) y el pederasta Fred “Weasel” Polowski (Fred Lincoln), a los cuales se ha agregado Sadie (Jeramie Rain), novia de Krug.
Cuando las jóvenes se desvían de su destino para conseguir marihuana antes del concierto, el contacto al que ubican en los suburbios es precisamente Junior y ello deviene en que, guiadas por este al departamento, caerán presa de los delincuentes secuestrados entre maltrato, abuso y violación para ser al día siguiente maniatadas y echadas al maletero del automóvil con el que los mismos planean escapar del estado.
Es difícil contar más sin contar prácticamente todo, pero digamos que, una vez en las afueras, las dos muchachas serán sometidas a un calvario de violencia y a las peores humillaciones y vejaciones hasta que el vehículo se descompone y (vaya casualidad) lo hace muy cerca de la casa de Mari, donde los padres de esta se hallan preocupados de que no haya aún regresado ni dado indicios de vida.
Conviene detenerse aquí para no hacer más spoiler y solo decir que se trata de una historia brutal y descarnada en la cual hay violencia física, violaciones y asesinatos, pero también, en su parte final, venganza…

El Terror puede estar en cualquier Casa
Comencemos por el título, pues cuando uno termina de ver la película, no entiende por qué lo de “la última casa de la izquierda” cuando no hay a lo largo del filme referencia espacial o geográfica alguna que le dé fundamento. Cuando los delincuentes buscan refugio y van a parar, sin saberlo, a casa de Mari, puede quizás llegar a inferirse que la vivienda sea la última sobre la izquierda del camino que transitan, pero no está claro ni hay plano alguno que refuerce esa suposición .
Habían sido pensados en un principio títulos más obvios como Sex Crime of the Century (El Crimen Sexual del Siglo) o Krug & Company (Krug y Compañía), e incluso los rollos de cinta previos a los recortes estaban identificados de ese último modo. Pero ninguno convencía demasiado a Cunningham ni a Craven.
Fue un especialista en marketing, amigo del primero, quien sugirió The Last House on the Left (La Última Casa a la Izquierda), título al que inicialmente el director halló “terrible”, pero que después encontró atrayente por ser a la vez enigmático y sugerente, sin dar al público pista alguna de con qué se podría encontrar cuando se apagasen las luces de la sala. De hecho, en el mercado hispanoparlante, algunas distribuidoras prefirieron la obviedad de títulos como Ultraje al Amanecer, Pánico a Medianoche o Venganza en la Casa del Lago: de sutileza, nada…
Pero ese título era también, de paso, una forma de decir que la historia podía tener lugar en cualquier casa, lo que realzaba el componente terrorífico de la misma para llevarlo a un plano más tangible y reconocible que un castillo gótico, por ejemplo.
Lejos de esconder esa sensación de cercanía e inmediatez, se buscó por el contrario promocionarla ya desde el propio eslogan publicitario con la frase “To avoid fainting, keep repeating: it´s only a movie”(para evitar desmayarse, repita: es solo una película). Difícil que el público se resista a advertencias de ese tipo, las cuales suelen funcionar para el mismo igual que un imán. Y esa cercanía se reforzaba al presentarse la película como supuestamente basada en hechos reales, una fórmula tan habitualmente repetida como incomprobable.
Porque lo importante no era que el espectador creyera que lo que se le mostraba hubiera verdaderamente ocurrido, sino que podía ocurrir en cualquier momento. La Última Casa a la Izquierda es en efecto una película sucia y “degradante”, rodada de modo caótico y por momentos “desprolijo” (mucha cámara al hombro), siendo ello tanto parte de la intención real como consecuencia de la forma clandestina en que se filmó.
Es de hecho una película del subgénero conocido como rape and revenge (violación y venganza), que tenía ya desde los años treinta sus orígenes fundamentalmente en el cine europeo y dos títulos altamente referenciales en los sesenta: la mencionada El Manantial de la Doncella (1960) y la alemana El Fantasma de Soho (1964). Y si hablamos de influencias más cercanas, hay mucho de exploitation americano, de home invasion y hasta cierta influencia de Perros de Paja (1971), filme de Sam Peckinpah que había sido ya fuertemente controversial un año antes.
La violencia gráfica alcanza, por cierto, límites repulsivos para su época y decir eso quizás se quede corto porque confieso que hay escenas que me cuesta visionarlas incluso hoy, cuando deberíamos estar ya curados de espanto para siempre; al volver a verla, de hecho, me sorprendí a mí mismo desviando un par de veces la vista de la pantalla, algo que no hacía desde mucho tiempo atrás.

Y cabe, por supuesto, preguntarse por qué causó después de todo tanto revuelo cuando un año antes se había estrenado La Naranja Mecánica (aquí retro-análisis de un servidor), que levantó su propia marea de polémica al incluir también violación e incluso venganza, aunque de forma muy particular. Pero la gran diferencia es que la película de Craven no busca intelectualizar la violencia ni convertirla en parte de su marco estético como sí hace la de Kubrick. Es una violencia casi documental, sucia y ajena a cualquier visión glamorosa.
Deja inevitablemente en el espectador la sensación de estar viendo algo que no debería ser mostrado y el realismo de algunas escenas (con efectos bien caseros, pero eficaces) es tremendamente incómodo y perturbador, contribuyendo a ello el sorprendente trabajo de un David Hess sin experiencia actoral, pero al que no quieres ni por asomo cruzarte en la calle después de ver el filme. Se comprometió a tal punto con el personaje que andaba paseándose por el set jugueteando con un cuchillo real aun cuando no se filmaba.
La propia Sandra Cassel llegó a declarar que sintió miedo durante el rodaje y tener la sensación de que esos tipos la odiaban en serio, al punto que cuando en una entrevista se le preguntó cómo se había sentido en la escena de la violación, su respuesta fue tan simple como lacónica: “Sin comentarios”. Y la humillante escena en que Phyllis es obligada a orinarse en sus pantalones, parece haber sido ciento por ciento real: Lucy Grantham se hizo verdaderamente encima. Intentemos pensar por un momento la lluvia de denuncias que caería hoy si una actriz fuese forzada a algo así. Totalmente impensable…
Hay que decir, desde ya, que La Última Casa a la Izquierda está lejos de tener un guion perfecto. A la imprecisa ubicación espacial de que antes hemos hablado se suman casualidades increíbles como que los delincuentes vayan a parar justamente a la casa de Mari (de hecho, ellos mismos se muestran sorprendidos), o la innecesaria presencia de dos torpes policías que, interpretados por Marshall Anker y Martin Kove (el que después sería John Kreese en la franquicia Karate Kid) protagonizan en cada aparición tontos gags que parecen de otra película. La idea, explicó luego Craven, era distender cada tanto la intensidad de la trama pero, antes que ello, son escenas que terminan cortando todo clima y suspenso.
La banda sonora, como antes hemos dicho, fue compuesta por el propio David Hess en colaboración con Stephen Chapin y se caracteriza de manera especial por un alto contraste entre lo que se oye y el tono de la película o lo que muestran las imágenes, pues incluye mucho folk y bluegrass de aire más bien alegre y despreocupado: una contradicción que busca deliberadamente el absurdo y dejaría después influencia en mucha de la música para películas que iba a venir: Tarantino y los hermanos Coen, sin ir más lejos y por citar solo un par de ejemplos, aprendieron sin duda mucho de allí.
Valoración y Legado
Cuando uno echa un vistazo a la filmografía posterior de Wes Craven, cuesta creer que estemos ante el mismo director, pues no hay que olvidar que estamos hablando de uno de los realizadores que reinventó y redefinió el género del terror no una, sino muchas veces desde entonces.
Ya en Las Colinas tienen Ojos (1974), se le advierte mucho más controlado. Con Pesadilla en la Calle Elm (1984, aquí retro-análisis), da una dimensión nueva y original al slasher presentando a Freddy Krueger como personaje completo al no estar su rostro tras una máscara. Con La Serpiente y el Arco Iris (1988) rompe con el zombie cinematográfico y rescata la leyenda haitiana de origen. Con El Sótano del Miedo (1991, también conocida como La Gente detrás de las Paredes) hace funcionar el terror como sátira social. Con La Nueva Pesadilla de Wes Craven (1994), introduce en el género el concepto de metaficción retomado luego por otros. Y con Scream (1996) reinventa el slasher desde la ironía y permitiéndose jugar con sus reglas.
Estamos pues hablando de alguien que redefinió el género nada menos que siete veces. Sí, siete, porque también estoy contando la película que nos ocupa. Vista hoy, La Última Casa a la Izquierda puede parecer a primera vista llena de defectos y no es que no los tenga, pero es claramente rupturista e influyente para mucho del cine de terror posterior y el hecho de que haya sido revalorizada y convertida con el tiempo en filme de culto tiene entonces bastante sentido.

Redefine por completo el género al alejarse de lo sobrenatural y si bien es cierto que ya Charles Laughton con La Noche del Cazador (1955, aquí retro-análisis) y Alfred Hitchcock con Psicosis (1960, aquí retro-análisis) lo habían hecho ya y de manera magistral, la ópera crima de Craven lo lleva a un grado de proximidad con el espectador muy diferente. Y el modo caótico en que está filmada contribuye a ello haciéndonos sentir parte misma de la historia.
Con sus modestos noventa mil dólares de costo, recaudó más de dos millones, dando así aire a la ascendente carrera de su director de allí en más. La crítica fue en muchos casos implacable contra lo que se consideraba una cinta denigrante y degenerada (el clásico “¿qué clase de enfermo puede disfrutar con esto?”), pero hubo sin embargo algunos pocos que supieron ver y rescatar aquellos aspectos en los cuales el filme era innovador y, de alguna forma, revolucionario.
Muchas versiones circularon de allí en más para formatos domésticos incluyendo varias de las escenas en su momento descartadas, pero es difícil decir si alguna de ellas es realmente la cinta original completa previa los recortes; lo más probable es que no.
Y tuvo en 2009 un remake dirigido por Dennis Iliadis y producido por el propio Craven que corrige muchas de las incongruencias o casualidades de la trama original dándole a la historia más sentido. No está mal, pero tampoco es la gran cosa y la acusación principal que se le hizo fue de ser una versión bastante más lavada y pulida. Funcionó bien en taquilla de todas formas.
La Última Casa a la Izquierda es, en definitiva, una de esas películas que son recordadas más por su legado e impacto que por su grandeza cinematográfica. Y si tienes la intención de entrarle, debes hacerlo teniendo en cuenta que no es un filme fácil de ver y que mucho de lo que veas podrá parecerte vulgar o repetido, pero eso es porque pasaron cincuenta y cuatro años y en el medio, justamente, ha habido muchas películas influidas por esta. Si vas a verla, pues, debes necesariamente ponerla en contexto de época. Advertido/a estás…
Hasta la próxima y sean felices…



