Los autores
Robert Crumb es un tipo curioso. Uno de los renovadores del cómic underground durante la década de los sesenta en adelante, este artista ha sido interpretado de mil maneras distintas. Hay quien dice que es un genio que mostró las miserias de la sociedad estadounidense con un estilo muy marcado y caricaturesco, hay quien dice que fue de los primeros en pasar olímpicamente del Comics Code y en instaurar un mercado íntegramente adulto en el mundo del tebeo… y, por supuesto, hay quien dice que sus trabajos dejan entrever una personalidad racista, machista y profundamente misántropa. En cualquier caso, se trata de un autor controvertido y muy influyente con obras contraculturales como Mis problemas con las mujeres, su adaptación del Génesis o la que aquí nos ocupa, El gato Fritz.
Ralph Bakshi, por su parte, también revolucionó una forma de arte infravalorada por muchos y la alejó del público infantil al que pertenecía. Este director de animación, que se embarcó en la epopeya de adaptar El Señor de los Anillos mucho antes que Peter Jackson o Amazon y que tiene en su haber largometrajes originales como Wizards, American Pop o Cool World, fue de los primeros en hacer animación para adultos: innovadora, polémica y con altas dosis de sátira social. Aunque algunos de sus trabajos han envejecido algo mal por encontrarse en un período de transición, no se puede negar la importancia que ha tenido. Para que nos hagamos una idea, esa Fiesta de las salchichas que tanto revuelo causó hace un par de años ya la había hecho él un par de veces, mucho mejor… y décadas atrás.

¿De qué va esto?
De las relaciones personales, de las injusticias sociales, del alcohol, el sexo, y todas esas cosas que hace cincuenta años nadie se habría imaginado en un tebeo o una película de animación. Pero, principalmente, va de un gato antropomorfo llamado Fritz que ha ido a Nueva York a estudiar y acaba fascinado por la vida nocturna de esta ciudad y todo lo que esta le ofrece. Tengamos en cuenta que estamos en la época de la contracultura y de distintos movimientos sociales como los hippies que revolucionaron la mentalidad de las décadas posteriores. La película muestra esto desde una perspectiva algo romántica e idealizada, con un Fritz viviendo aventuras contra una policía representada por cerdos, pero tampoco trata de glorificar el comportamiento hedonista y en ocasiones irreflexivo del minino. Sin embargo, sí que crea un personaje simpático cuyos ojos nos sirven para analizar (de forma superficial, eso sí) los distintos demonios de la sociedad americana con la que, para bien o para mal, todos nos comparamos.
Los autores se valen de los animales como si de una fábula se tratase. Aunque muchos de estos son aleatorios, otros tienen detrás un razonamiento perverso. Ya hemos comentado los animales escogidos como policías de este peculiar mundo, pero hay un ejemplo todavía más representativo y polémico: los cuervos como afroamericanos, cuyos barrios visita Fritz. La sátira ocupa toda esta sección: de una forma poco maniquea, se nos muestra una sociedad dentro de la sociedad, completamente ajena y con sus propias normas, a la que nuestro protagonista accede con una mezcla de miedo y fascinación. Aquí ya empezamos a ver las diferencias entre Crumb y Bakshi: mientras que el primero se limitaba a mostrar un retrato de la época en la que vivía, el segundo acentúa el mensaje político. Sin embargo, se sigue manteniendo un tono ácido e irónico que convierte este filme en algo más que un panfleto.

Pero… ¿la peli está bien?
Sí. Claro que sí. Aunque solo arranca un par de carcajadas, mantendrás una sonrisa durante todo su metraje. Sin embargo, es cierto que, al compararla con el cómic en el que se basa, palidece por cierta cobardía a la hora de tratar estos temas. El tebeo de Crumb se mantenía en unos tonos grises bastante incómodos, sin héroes o villanos definidos, mientras que la cinta trata de blanquear a Fritz y, en su tercer acto, introduce a una siniestra figura relacionada con la extrema derecha que nos mete en una narrativa más convencional. No es de extrañar, teniendo en cuenta que el autor introdujo a Hitler como motivación para los villanos de su obra Wizards, pero traiciona en cierto modo el espíritu transgresor de la obra original, que nos mostraba un mundo moderno sin certezas ni una moralidad demasiado bien definida. Después de un estreno que le decepciono bastante, el irreverente artista decidiera sacrificar al gato en una de sus historietas.
El tiempo no ha tratado bien a esta cinta. El hecho de nacer en una época que no la comprendía hizo que, por ejemplo, en España se comercializara con el abominable nombre de El gato caliente, resaltando sus elementos sexuales por encima de la calidad de la historia. No tuvo un mejor destino en Estados Unidos: no satisfizo a su creador y engendró una secuela inferior, Las nueve vidas de Fritz el gato, que no contó con la participación de ninguno de esos dos genios a los que se alude en el título. Hoy en día, la película es recordada sobre todo por ser el primer largometraje animado con calificación X, y no como esta brillante curiosidad que todavía nos puede sacar alguna reflexión superficial.

En este sentido, cabe destacar el final del filme, que te destriparé si no has visto, en el que Fritz decide abandonar todas sus ideas, sus sueños grandilocuentes de revoluciones y justicia social… y se dedica, simplemente, a tener sexo. Una muestra de la visión original de Crumb, una radiografía de tono alegre pero fondo pesimista del mundo moderno y la cereza en este dulce y amargo pastel.



