Se encuentra desde hace algunos días disponible en Disney+ la segunda temporada de Coppola, el Representante, la serie argentina que, con dirección de Ariel Winograd y teniendo en su papel protagónico a Juan Minujín, sigue las peculiares andanzas de quien fuera representante del astro Diego Maradona e icónica figura mediática de los años noventa en tiempos de “pizza y champagne”. ¿Mantiene el nivel de la primera? Aquí nuestra respuesta…
Dos años y medio han pasado ya desde la llegada a Disney+ de la primera temporada de Coppola, el Representante, de la cual pueden leer aquí el análisis de quien suscribe. No se me cruzaba entonces la posibilidad de que pudiera haber una segunda, pues la sensación era que lo más sustancioso y jugoso de la vida de Guillermo Coppola, magníficamente interpretado por Juan Minujín, había sido ya contado.
Análisis de Coppola, el Representante, en Disney+: Maradona, Pizza y Champagne
Pero la segunda temporada está aquí y la lógica pregunta que pudiera uno hacerse acerca de si había suficiente material para la misma, queda respondida con dos situaciones concretas. Una es cuando, hablándole Coppola a un Diego Maradona ya fallecido, le menciona que están haciendo una serie sobre su vida y que si les va bien harán la segunda, aunque esa “ya es para robar”. La otra, más recurrente, se da con los carteles explicativos que nos cuentan cómo terminaron los hechos recreados en la serie y que siempre son rematados con un “o algo así”.
Quedan pues claras desde un principio dos cosas: que los realizadores son conscientes de que una segunda temporada responde sobre todo a fines de lucro y que donde falte algún dato para rellenar la historia se apelará a la exageración, la anécdota dudosa o incluso la invención.

Pero lo particular del asunto es que el director Ariel Winograd consigue que esas cosas no se conviertan en problemas para esta segunda temporada sino, por el contrario, en sus mayores virtudes. Después de todo, la vida de Guillermo Coppola no es otra cosa que una colección de anécdotas dudosas filtradas por su propio ego, sus recuerdos distorsionados o el estado en que se hallaba cuando vivió los hechos.
Alguna vez he oído decir que cuando alguien cuenta una anécdota, la misma tiene un 33 por ciento de verdad, un 33 de invento y un 33 de “le pasó a otro”. Y las anécdotas que el propio Coppola solía y suele contar sobre su vida (esas mismas que, en plena decadencia, intentó de manera fallida convertir en eje de shows unipersonales por teatros y restaurantes) encajan perfectamente en ese triple carácter.

En consonancia con ello, esta segunda temporada exagera deliberadamente el tono ya de por sí rocambolesco y surrealista que tenía la primera, tanto en el tratamiento visual como en la forma “fellinesca”en que son recreadas ciertas situaciones. Y en lugar de bucear en la mitología para cotejar y determinar cuánto hay de verdad, la serie esquiva lo testimonial o documental para pasar a jugar donde se siente más cómoda, que es en el terreno de la metaficción.
Seguramente algunas historias son ciertas. La de la cimitarra, por ejemplo, en la cual Maradona clavó en el piso en gesto de desagrado esa tan tradicional arma arábiga al serle obsequiada por el rey Fahd, es prácticamente textual como también la particular explicación que debió inventar Coppola para desagraviar al monarca y disfrazar la verdadera intención del astro futbolístico detrás de su actitud.
También es real el robo de las cajas de seguridad que afectaron al Balón de Oro del futbolista, pero lo que allí resulta más dudoso es que el representante haya terminado por gestionar tan directamente con los miembros de la «camorra» napolitana la recuperación final del mismo.
E igual de cierta es la huelga de jugadores de Boca Juniors, cuando acuciado el club por serios problemas económicos en 1984, salió a la cancha con un equipo de juveniles cuyos números en las casacas estaban pintados con fibrón. Pero es difícil de creer que al momento de buscar conciliar jugadores con barrabravas, haya Coppola manejado el conflicto del modo disparatado en que aquí lo hace. Y la historia del joven inglés al que, desde la embajada británica, le piden que forme como pupilo es (por lo menos hasta donde sé) directamente inventada.
Ni siquiera se echa mano del orden cronológico, pues tanto los hechos antes mencionados como la boda de Maradona, su conflicto con Coppola y, finalmente la muerte, no ocurren como parte de una continuidad sino como pinceladas aquí y allá dentro de una temporada que va y viene en el tiempo. Y el ídolo futbolístico, como ya ocurría en la primera, no aparece en ningún momento, salvo en algunas aisladas imágenes de archivo correspondientes a entrevistas o eventos que lo tuvieron como protagonista.
Pero lo mejor de la temporada, sin duda, está en su episodio final, donde ficción y realidad directamente se encuentran al aparecer los propios responsables de la serie hablando con Coppola para ofrecerle hacer justamente una. Es allí cuando la metaficción y el surrealismo alcanzan su mayor expresión, pues vemos a Minujin hablar o discutir consigo mismo al interpretar tanto al propio Coppola como al actor que lo encarna, es decir a él. Es tan delirante que hasta cuesta explicarlo, pero a la vez genial…
Y lo bueno es que ello permite trazar un paralelismo entre el papel que Minujín debe representar y el que Coppola representó a diario durante su trayectoria como empresario y personaje mediático. En ambos casos se trata de una actuación y la serie consigue plasmar muy hábilmente esa analogía. Y hay sobre el final un giro bastante tarantinesco (del tipo de matar a Hitler en Malditos Bastardos, por ejemplo), pero no quiero hacer spoiler. Solo decir que es muy divertido.
En el balance final, creo que esta segunda temporada me termina gustando aún más que la primera, ya sea porque el trabajo de Minujín se vuelve más exigente al tener que recrear las muchas caras de su personaje o porque tanto los guionistas (Emanuel Diez, Mariano Cohn y Gastón Duprat) como el director Ariel Winograd consiguen redoblar la apuesta de una forma inusualmente audaz que es tan real como ficticia, tan hilarante como emocionante y tan dramática como absurda.
Y, por el modo en que termina, no parece que pueda haber ya una tercera. Pero fue lo mismo que creí al terminar de ver la primera.
Hasta la próxima y sean felices…




