Análisis de La Zona. Temporada 1. Capítulo 6

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Ya estamos de vuelta, una vez más, en la España más radioactiva del momento. Tras unos capítulos 4 y 5 muy reveladores, nos volvemos a adentrar en La Zona con unas expectativas muy altas, así que preparad vuestros trajes anti-radiación porque vienen curvas. Por si acaso dejo el ya típico link a los análisis anteriores, y nos sumergimos de lleno en el capítulo 6: El mal necesario.

Y entonces el monstruo se despertó…

Tras los malos tragos del pasado episodio, la odisea de Julia continúa. Héctor queda con ella para lo que aparenta ser una reconciliación, donde se disculpa por su fría y cortante reacción, e intenta dejar claro que Marta es parte del pasado. Un intento de reconciliación un tanto agridulce, ya que parece utilizarla para convencer a su mujer para que deje de hurgar en el accidente, y quitarse así de revivir un dolor que nunca ha sabido cicatrizar, un dolor para el que el olvido y la desconexión parecen ser el único sedante.

A pesar de la nula colaboración de los trabajadores, Julia sigue en su búsqueda de la verdad tras la cada vez más opaca empresa. Siguiendo el último hilo que le queda, consigue reunirse con un ingeniero de la central, con la esperanza de sonsacarle algo a lo que poder aferrarse, e intentar descubrir qué es lo que provoca tanto nerviosismo entre los empleados que han pedido la baja. Por desgracia, parece obtener el mismo resultado: rehuye el tema constantemente, e intenta disuadirla de su propósito.

Más adelante, recibirá una llamada del mismo ingeniero, diciendo que está en su oficina, y que debería ir. Para su sorpresa y frustración, ha contactado con sus jefes que, nada más llegar, le achacan lo que ellos consideran el acoso a sus empleados, yendo puerta por puerta interrogándoles. Tras sentarse a escuchar las insustanciales excusas acerca de los precarios protocolos, y la profunda ignorancia de lo que acontece en dicha central, Julia se sigue negando a firmar las bajas sin hacer un reconocimiento previo, y sale indignada de la sala, instando al ingeniero a la acción y a responsabilizarse. Técnica que parece surgir efecto, ya que la busca tras la reunión, y le cuenta la verdad: que los generadores de las bombas de impulsión fueron sobrecargados indebidamente, por eso fallaron.

El Bosnio-herzegovino no perdona

Desde la primera escena en la que aparece Lucio, lo vi venir. Había algo en el aire que no me olía bien, quizás sea el semblante perdido, casi ido, que tiene desde el primer plano; quizás hayan sido los flashbacks de cuando le encargaron matar a los animales contaminados, donde vemos esas cautivadoras y perturbadoras imágenes con Fausto, disparando a un majestuoso León. Sea lo que sea, se respiraba en el ambiente que Lucio no iba a tener el mejor de los días.

Tras una meadita casual, Lucio recibe una llamada de Don Fausto. Durante esta, le informa de que ha enviado a unos profesionales para que se encarguen de la carnaza extraviada. La noticia le sienta fatal, vemos auténtico pavor reflejado en su rostro, y se empeña en ocuparse él, como si el mero hecho de verse sustituido fuera sinónimo de algo más grave que una pérdida de prestigio. Acaba colgándole entre los gritos desesperados de “NO SE PREOCUPE POR NADA, ME ENCARGO YO DE TODO”.

Más tarde, cuando sigue tratando de encontrar el rastro, se ve sorprendido por la aparición de un coche en escena. Automáticamente, Lucio se tensa, sabe quiénes son. Del vehículo emergen dos figuras, diciendo que Fausto los envía. La tensión se respira en el ambiente, la mirada perdida en su rostro nos lo dice todo: esto va a acabar mal. Y sin comerlo ni beberlo, al ver al Bosnio-herzegovino en el asiento trasero, empieza el tiroteo. Tiroteo que no pinta muy bien para Lucio, tres contra uno no suele ser augurio de un buen devenir. Huyendo malherido, cojeando entre gemidos, se acaba refugiando en el bosque, donde más adelante sus perseguidores le encontrarán sentado en un árbol, ensangrentado y abatido, ya carente de cualquier atisbo vital.

Siempre tendrás un hueco en mi corazón Lucio

Ya no hay vuelta atrás

Como ha pasado con Lucio, la primera escena en la que vemos a Héctor, ya nos dice por donde van a ir los tiros. En lo que parece ser un acto benéfico, Héctor, aprovecha para acercarse a Fausto cuando sale a fumar. Sin ninguna clase de complejos o remilgos, le suelta todo cuanto sabe, le habla de cómo se aprovecha de hombres desesperados, que sabe que se forra a costa de ellos, y le deja caer que ha descubierto que Lucio trabaja para él, insinuando que no está al tanto de simples nimiedades. Salvo esta última afirmación (en la que parece perder un poco la compostura), Fausto mantiene una calma que roza la soberbia, se tiene a si mismo casi como un héroe, en sus propias palabras: “soy un mal necesario”.

De todos modos, esta charla es solo el principio de lo que será un capítulo bastante movidito para Héctor. Cada vez tiene más cosas en la cabeza: se preocupa por su hija y las ya más que seguras implicaciones criminales de sus jefes, intenta cubrir a Martín y sus opacas relaciones, conservar su trabajo a la vez que va por libre, mantener su relación con Julia ahora que su mujer ha vuelto, y precisamente por el regreso de esta, contener los torrentes emocionales que le asaltan por remover el pasado.

Mientras Alfredo revisa las cámaras de seguridad del Balneario, descubre como no solo Héctor coincidió con Zoe, sino que durante la redada que llevó a cabo, se guardó una bolsita de droga en el bolsillo,  la misma que encontraron en el abrigo de Barrero. Impactado por estos descubrimientos, Alfredo ve cercenada la confianza hacia su compañero, y se halla perdido, sin saber si delatarlo o escucharlo. Tras comprobar que continúa mintiendo sobre la redada, y contemplar pasmado como sigue la investigación por libre, decide arrinconarle y soltarle que sabe que le ha estado ocultando la verdad.

Como era de esperar, Héctor no lo confiesa todo, se guarda la parte que implica a Martín y el asesinato de Aurelio. Aunque sí que le muestra sus descubrimientos hasta el momento: Fausto contrataba a los trabajadores, Barrero los tenía contentos con drogas y prostitutas, pero algo pasa y cinco de ellos salen huyendo despavoridos (el caníbal entre estos), por ese motivo mandan a Lucio para que los cace, y Barrero se deshace de los cuerpos. Por mucho sentido que tenga todo, Alfredo no puede seguir fiándose de él, le ha traicionado en demasiadas ocasiones, y sigue sospechando que sus implicaciones en el asunto son mayores de las que cuenta, y le pide como condición que declare y confiese todo lo que sabe. Pero eso no entraba en los planes de Héctor, que se escabulle mientras Alfredo paga la cuenta.

Finalmente, llega a la gasolinera donde se ha producido el tiroteo, en busca de Lucio (lástima que ya no pueda declarar). Viendo el panorama, Héctor se pone tenso y saca la pistola, utilizando una técnica que jamás entenderé: la de chillar como un poseso allá donde vas “¡POLICÍA!”. Sorprendentemente sirve de algo, ya que al oír los poco discretos bramidos, uno de los trabajadores fugitivos le oye y le pide ayuda.

Creo que vamos a mejor

Debo decir que nunca he dejado de tener dudas acerca de esta serie, de hecho las sigo teniendo y en muchos puntos todavía no me convence. Pero los aspectos que más critiqué de los dos primeros capítulos (actuaciones acartonadas y robóticas, excesivos silencios y monotonía de personajes), han perdido protagonismo. No es que hayan desaparecido. Esos problemas, aunque con menor asiduidad, siguen estando, pero al hilar bien la trama y conseguir un interés real en el espectador por el devenir de la historia, se hacen menos presentes y pasan más desapercibidos.

Personalmente, he notado una mejora considerable desde el capítulo 4, y he empezado a experimentar desde entonces cierto enganche. Puede que ya sea demasiado tarde para pedir que se solucionen algunos problemas, pero no pierdo la esperanza. Estos últimos episodios han sido bastante interesantes, y espero que la semana que viene, La Zona nos traiga más y mejor.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Intento de guionista y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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