De un tiempo a esta parte, he conseguido desengancharme del conocido como FOMO seriéfilo. Es decir, ese impulso irresistible a perderse la experiencia de un estreno por temor a que otro lo disfrute en tu lugar. Y claro, con tanto producto sobrevalorado por la crítica en los últimos meses, he decidido dedicar parte de mi tiempo a series de otra época, cuando no existía esa producción en masa y había un interés genuino por construir algo distinto a lo que estrenaba otra cadena. Es el caso de Spartacus, serie de cuatro temporadas que tenéis en Netflix tras el estreno de ese spin-off sacadineros de House of Ashur.
Otras entregas de ¿Por qué todo el mundo debería ver…?
Por ello, en este artículo repasaremos lo que dio de sí la serie original, un ejemplo de aunar un estilo visual propio, una coherencia narrativa a prueba de diferentes obstáculos que comentaremos y una desvergonzada pasión por la sangre y el sexo sin complejos que actualmente no pasaría ningún filtro de productora.
Spartacus fue el buque insignia de la cadena Starz, rodada en Nueva Zelanda y con actores eminentemente australianos. Su creador, Steven S. Knight, también consiguió un gran éxito con su producción posterior, la Daredevil de Netflix (probablemente, la mejor serie de superhéroes de la historia de la televisión). Después se estrelló con Jupiter’s Legacy, cancelada tras su primera temporada, y ha regresado con las orejas gachas al mundo que le llevó a despuntar con la citada Spartacus: House of Ashur.
Procedo ahora a desglosar este análisis en cuatro partes, una por temporada, en la que desglosaremos las virtudes y, si los hubiera, defectos de una obra maestra que todo el mundo debería ver.
SPARTACUS: SANGRE Y ARENA (2010)

Cabe decir que Spartacus es una versión novelada del mítico esclavo tracio que lideró una rebelión contra la Roma republicana, unas décadas antes del ascenso de Julio César. Además, el personaje es muy conocido gracias a la mítica Espartaco (1960), candidata clara a mejor película de romanos de la historia del cine.
Por lo tanto, la serie comienza en la arena, en el ludus de Batiato, un lugar de entrenamiento para gladiadores en la ciudad de Capua.
La primera temporada alterna dos vías narrativas llevadas con pulso.
Por un lado, tenemos la llegada de Spartacus, un tracio que no olvida haber sido traicionado por Roma y que ansía reencontrarse con su esposa, al ludus de Batiato, donde asistimos a la dinámica de los esclavos gladiadores.
Estos son utilizados en el combate a muerte y también como siervos sexuales sometidos al capricho de los patricios romanos.
Inicialmente, Spartacus no está dispuesto a luchar por los patricios, al contrario que otros gladiadores, entre los que destaca Crixo, el campeón de los luchadores y el miembro del ludus con más privilegios. Tantos que Lucrecia, la esposa de Batiato y dueña del Ludus, lo quiere solo para ella.
Sangre y arena se centra en el entrenamiento y las orgías sexuales de estos gladiadores, y no escatima en detalles. Pocas series cuenta con tanta sangre digital y con tanto fornicio. Jamás había visto tantos penes en una producción. Tenemos sexo para todos los gustos: homo y heterosexuales, tríos, máscaras…
Por otro lado, la serie se centra en las maniobras del maquiavélico Batiato en sus ínfulas de ascender dentro del escalafón romano. El lanista no duda en matar o en someterse con tal de ascender.
El ingenio narrativo de esta primera temporada radica en que cada vía supone un conflicto independiente que esconde el principal. Dicho de otra forma, por un lado tenemos la rivalidad entre Spartacus y Crixo y, por otro, el de Batiato contra sus rivales romanos. Y, luchando por latir entre medias, la realidad de que son esclavos sometidos por los patricios romanos.
A lo profundamente entretenida que es la serie se añade un estilo comiquero deudor del Zack Snyder de 300 con sangre digital, estética apagada y cámara lenta que le viene que ni pintado.

Y no podemos olvidar un casting repleto de intérpretes carismáticos. La pareja de lanistas son los más conocidos, Batiato es John Hannah (La momia) y Lucrecia es nuestra inolvidable Lucy Lawless o, lo que es lo mismo, Xena, la princesa guerrera.
En cuanto a los gladiadores, tenemos a actores tan imponentes físicamente como Manu Bennett (Crixo), Peter Mensah (Doctore), Jai Courtney… y Andy Whitfield, que sabe dotar de gravedad al protagonista de la serie.
En resumen, Spartacus: sangre y arena es, probablemente, la temporada más redonda de la serie y la que define a la perfección Spartacus: una serie de romanos que mezcla los elementos predominantes del género. Esto es, el gusto por la sangre, cuerpos aceitosos y el sexo propio del peplum (Hércules, El coloso de Rodas, Gladiator II) y la gravedad épica del conflicto shakesperiano a lo Gladiator, Ben Hur o la propia Espartaco.
SPARTACUS: DIOSES DE LA ARENA (2011)

Destinada a ser una serie de tres temporadas, la producción se resintió por la enfermedad de Andy Whitfield, su actor protagonista, afectado de un linfoma de Hodgkin por el que murió en 2011.
Para aprovechar el éxito de su primera temporada mientras esperaban a la recuperación del actor, Starz decidió aprobar una miniserie precuela de seis capítulos que nos ofrece un más y mejor que lo visto en la primera temporada.
Nuevamente, la vía narrativa es doble. Por un lado, el conflicto gladiador centrado en la llegada de Crixo y en la presentación de mi personaje favorito de la serie: Gannicus, el campeón de Capua. Un vividor nato que disfruta del vino, las mujeres y del oficio de la arena.
Por otro lado, el ascenso de Batiato, que en esta precuela sustituye a su padre vivo pero enfermo y todavía es un hombre que carece de liderazgo.
Dioses de la arena es, al menos, tan buena como la primera temporada y se libra de la previsibilidad por el aura de fatalismo que imbuye a Batiato, capaz de vender a la persona que más quiere con tal de ascender cuando ya conocemos su destino, y por el carisma de Dustin Clare como Gannicus.
SPARTACUS: VENGANZA (2012)

Tras el fallecimiento de Whitfield, fue sustituido por Liam McIntyre, actor al que le costó meterse en un papel destinado a otro intérprete que, además, le otorgaba carisma y gravedad.
Pero este no es el único reto que afrontaba Steven S. Knight. Porque la serie, tras dos temporadas, salía del ludus y de la dinámica entre gladiadores y patricios para mostrar a unos esclavos ahora libres. Y a ver como justificamos ahora la violencia y el sexo que tan bien le sentaban a la serie.
Nuevamente, tenemos dos vías narrativas, esclavos y patricios.
Este temporada se titula Venganza porque se asiste al conflicto principal que lleva a Spartacus a rebelarse: su esclavitud a manos del tribuno Glabro, enemigo de esta temporada.
Mientras Glabro lidia con sus ambiciones en el Senado y con una esposa que quiere librarse de él, Spartacus aún debe crear un ejército de un puñado de gladiadores fugados.
En este sentido, el dubitativo McIntyre sabe reflejar la inseguridad de un Spartacus que ha iniciado una rebelión pero no tiene el carisma de un Crixo al que la mayoría de los hombres siguen.
A lo largo de la temporada asistimos a distintos conflictos sobre el qué implica gobernar: juntar a esclavos de distintos puntos del imperio que hablan idiomas desconocidos o, sencillamente, mandar a gente que ni te cae bien ni tiene porqué seguirte a ciegas.
A Venganza se le suele tildar de la temporada fallida de la serie y, siendo la más endeble, también es la más arriesgada por tener que adaptarse al cambio tanto de localización como de temática. Y lo consigue de forma notable.
SPARTACUS: LA GUERRA DE LOS CONDENADOS (2013).

La última temporada de la serie sitúa a un Spartacus al frente de, ya sí, un ejército de esclavos frente a lo más alto del escalafón romano. Hemos pasado del lanista Batiato a Marco Licinio Craso, el hombre más rico de la República y un rival a la altura del protagonista de la serie.
A diferencia del lanista trepa y de un Glabro que se mueve por impulsos, Craso es una figura sibilina, un táctico de categoría y un hombre que respeta a su rival, aunque este sea un esclavo.
Aquí la temporada adquiere categoría bélica y las decisiones de Spartacus sobre el liderazgo no solo se centran en si acoger a uno u otro miembro dentro de su grupo sino, directamente, decidir sobre la vida y la muerte de centenares de hombres.
La guerra de los condenados, como las anteriores temporadas de la serie, no se muestra indulgente con sus personajes. Nos hace cogerles cariño para luego terminar con ellos de la forma más fulminante.
Aquí ya no hay deseos de venganza. La misión personal de Spartacus terminó y, ahora, es un líder de verdad. De los que debe mirar más por lo mejor de su gente que por lo que él mismo desee.
La última temporada de la serie es un sin parar de intensidad, repleta de momentos memorables y con una construcción encomiable de sus principales personajes.
Dejarlos en esta última temporada duele, pero si por algo Spartacus nos deja esa “petit mort” cuando termina es por su coherencia argumental. No importa si es el ludus, en los bosques o en grandes batallas. Spartacus es desvergonzadamente violenta, guarra y épica. Así que vedla, por la polla de Júpiter.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



