Bienvenidos, compañeros de celda de un ángel loco, a este pequeño rincón del universo, donde cielo e infierno no han mandado representantes, por desgracia. Lo que está claro a estas alturas del partido, es que estamos a mitad de la cuarta temporada, y yo aún no tengo claro quién esta jugando con quien en esta historia. Si tu tampoco lo tienes claro, puede que sea porque no has leído los análisis anteriores. O porque habéis llegado a la Ciudad Sombría. Adentraros conmigo en ella.
A mitad del camino
Tras una escena inicial muy explícita, descubrimos varias cuestiones. En primer lugar, El Pistolero y Eugene ya le pisan los talones al predicador. Solo es necesario un último alarde de Jesse, que asegura de no querer abusar, pero se le va la boca con un tartamudo, para poner al dúo cómico del momento en el camino del padre Custer. Un último gesto amable de Eugene permite al predicador pisarle a fondo y huir del Pistolero. Lo segundo que me queda claro, es que los americanos consideran un deporte de bárbaros el rugby. Por lo visto, es mucho más lógico ponerle al rugby un millón de reglas absurdas y protecciones hasta en los párpados y llamarlo «football» americano. Son pura lógica. Tampoco entiende mucho de lógica el Predicador, que después de enviar a Eugene al infierno allá por la primera lejana temporada, y olvidarse de él durante las tres restantes, ahora siente remordimientos y, 250 kilómetros después, decide volver a por él.
El que si sabe como pensar es el Santo de los Muertos, que por fin sabemos por qué ha aceptado llevar a Eugene con él. Al final, Jesse Custer es un inconsciente, y daña a los suyos, pero no por maldad, sino por error, por desidia o por desconocimiento. Él no era consciente de lo que ocurrió con un Eugene, y ahora que lo sabe, no puede dejarle sufrir. Me parece que esta idea de Jesse Custer como provocador del caos de forma involuntaria, siempre intentando hacer lo mejor, pero provocando la muerte, está muy en linea con la idea de Génesis, y nos da ideas sobre por qué él, y no otro, es el portador. Me ha gustado mucho.

La escena en la obra me ha recordado un poco a esa mítica escena de Monkey Island, donde Guybrush lucha contra el Sheriff en la mansión de la gobernadora, pero el jugador solo ve una pared, los subtítulos, y un boquete por el que sale Guybrush de cuando en cuando. Y no sé si por la referencia o por lo brutal, pero la he disfrutado enormemente. Por supuesto, sabíamos que iba a ser inútil, pero por uno rato, Jesse y Eugene escapan. Y entonces ocurre. Eugene, que ha ido al infierno y ha vuelto, que ha visto caer a los reyes del inframundo y alzarse nuevos, que ha caminado con la muerte, recibe lo único que siempre ha buscado: una disculpa. Una disculpa sincera. Y lo es de verdad, porque Jesse Custer no pretende herir. Pero lo hace. Y, como era de esperar, no es suficiente.
Así que el predicador acaba atrapado entre el hombre al que mandó al infierno, y el hombre al que el infierno mandó a por él.
El principio de un chiste
Un asesina, un vampiro, un ángel y Jesucristo entran en un bar… Solo hay dos opciones para que alguien empiece una frase de esta manera: o bien os va a contar el peor chiste del mundo, o bien está viendo Predicador. Tulip y Cass se ponen al día, mientras Jesucristo juega a los marcianitos y el ángel bonachón se preparara una ducha.
Cass está convencido de que los líos de Jesse son tales por su culpa. Hemos ido conociendo un poco más al vampiro, y sabemos que la culpabilidad es su talón de Aquiles. Pero está listo para arreglarlo, conduciendo a su extraordinaria misión a Australia. No obstante, Tulip considera otro camino. Uno que pasa por Las Vegas y evita todo lo posible a su eterno amor. Jesse ha tocado las teclas para conseguir algo más que el odio de Tulip. Ha conseguido resultarle indiferente. Así que, después de unas confidencias con Jesús, está lista para Las Vegas. Así que hace rugir el motor, y parte a la aventura con Jesús… lo que dura muy poco. Porque seamos sinceros, el puritano por excelencia es un tío un poco coñazo si eres la madre de los asesinos y ladrones. Así que Tulip devuelve al hijo de Dios a Masada.

Cass recibe consejos de un ángel desterrado. Por muchos capítulos me he preguntado por qué desterrarían a este pobre hombre. Es más que evidente que es un plasta y un baboso. Pero de esos, ya hemos visto, está el cielo lleno. No, fué por amor. Por un amor prohibido. Es posible, amantes de Predicador, que nos encontremos ante los padres del engendro. El amor blasfemo que creó a la criatura que habita en el interior de Jesse Custer. Y empezamos a entender el circulo de bondad y desgracia en el que vive Jesse, porque es el mismo en el que viven sus padres celestiales. Y mientras ellos pelean, Cass y Tulip hacen las paces, y ponen rumbo a Australia.
El final del mundo
En Masada las cosas no están fáciles para nadie. Lara está a punto de morir por ser una inepta. Pero como Starr no tiene tiempo de matarla, pues se escapa. Y es que El Gran Padre está en problemas: no solo no encuentran a Humperdoo, y Tulip y Cass han escapado. Tampoco encuentran a Jesús, y Hitler no se está quieto. Herr Starr se enfada, aunque no se si es buena idea tocarle el mostacho a un hombre que ideo el concepto de industrialización de la muerte. Hitler está enfadado, Herr Starr está enfadado, y el apocalipsis parece que no empieza. Por suerte, sus motivos son infundados. Jesús vuelve, y, tras un tenso abrazo entre el cielo y el infierno, el apocalipsis 2020, comienza.

La opinión de Sofía
Mira, si os dijera, a estas alturas de la vida, que este capítulo no me ha parecido una obra maestra, sabríais que os miento. Y es que tiene todo lo que me gusta: diatribas morales, peleas ridículas, humor fácil, un final con incógnita, a Cassidy… Si, si, sé que suelo ser (ligeramente) objetiva con los capítulos. Pero es que no quiero. Predicador me deja con el culo pegado a la silla, disfrazándome de dos gañanes salidos una reflexión sobre la diatriba entre lo que se quiere y lo que se és. Entre la naturaleza de uno mismo, y el deseo de rebelarse contra ella.

Si esto va a algún sitio, lo sabremos la semana que viene. Hasta entonces… sed felices.



