Anticristo y los límites de la narrativa

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Desde su nacimiento, el cine ha ido evolucionando con la sociedad, viviendo y reflejando los cambios y grandes revoluciones, tanto a nivel social como tecnológico, que hemos sufrido en tan poco tiempo. Pero por muy opresivos y rígidos que pudiesen ser algunos de esos periodos, el cine siempre ha encontrado la manera de transgredir los límites que se le imponían, dispuesto a todo con tal de hacer llegar su mensaje y contar su historia. Y, de hecho, gracias a estas imposiciones podemos disfrutar hoy de algunas gemas que ya no solo brillan como producto aislado, sino que ganan una nueva capa de apreciación debido a su contexto e intencionalidad reivindicativa y transgresora, incluso llegando a crear géneros cinematográficos nuevos, como fue el caso del Screwball comedy en los años 30, respuesta a la censura impuesta por el Código Hays en Estados Unidos.

Pero si hay algo que vale la pena destacar, es el ansia y determinación de todas las partes creativas implicadas en la gestación de una película por hacer llegar su historia, contar y emocionar. La lucha del cine por la total libertad creativa ha sido larga y continúa hoy en día con la controversia de lo políticamente correcto y la libertad de expresión como concepto en el centro del debate. Lo que pasó con Anticristo, ilustra claramente la sociedad en la que vivimos hoy en día y el tipo de recepción que tienen los productos que no miran los criterios de lo aceptable en pantalla. Creo que Anticristo es la excusa perfecta para hablar de la sensibilidad en el cine y de las virtudes que tiene el solo velar por el bien de la transmisión y contundencia de tu historia.

El cine y la violencia

Uno de los mantras que más avasallan nuestros oídos, ya sea por los videojuegos o por el nuevo estreno de Tarantino, es la sobreexposición a la violencia por parte de la industria del entretenimiento. Y aunque sí es cierto que, en gran medida, el porcentaje de sangre y vísceras que de media suele llevar ahora un producto es mayor, lo que se tiende a obviar es quizás el matiz más importante: el tipo de violencia. Que las películas sean más gráficas y se muestren determinadas cosas que antes eran impensables, es tan solo la evolución lógica de la narrativa al librarse de escollos a la hora de contar, puesto que las limitaciones en el arte son la tumba del mismo. Lo que de verdad debería valorarse es el tipo de violencia que se muestra y la realidad es que rara vez se nos expone a algo auténtico. De hecho, me arriesgaría a decir que el grueso de la violencia que vemos en pantalla se podría clasificar en dos grupos:

  • Disney (o para niños): el dramatismo de la violencia suele ser reducido y prácticamente nunca mostrado en pantalla.
  • Tarantino (o para adultos): gráfica y cañera, que fomenta la espectacularidad y un ritmo más de acción e impactante.

Aunque parezca mentira, no estamos mucho menos adormilados ante la violencia que hace unos cuantos años. Pero de esto nos damos cuenta cuando nos topamos con un producto verdaderamente crudo y que, lejos de apelar al gran público, busca dejar mella en el espectador. Precisamente por la violencia a la que estamos acostumbrados, cuando vemos estas muestras más frías y reales, las tendemos a rechazar de manera automática, poniéndonos a la defensiva y tildando a la película de morbosa y de mal gusto, cuando en realidad muchas veces el problema está en nosotros mismos y en los muchas veces erróneos pilares en los que sustentamos el cómo debería ser el cine, no dándonos cuenta de que este también debería ser un arma reflexiva y crítica. Y justamente el debate de la moralidad, nos lleva a Anticristo y a la pregunta clave.

¿Exhibicionismo o contundencia?

Una de las grandes quejas que sufrió Anticristo en su momento, fue la de ser exhibicionista e innecesariamente gráfica. El debate del grafismo en el cine no es nada novedoso, pero quizás por el creciente auge en las discusiones sobre lo que es lícito o no mostrar o incluso decir, el tema está más vigente que nunca. Para tratar esta cuestión de la manera más objetiva posible, creo que todos debemos hacer un ejercicio de autocrítica e introspección y asumir que la finalidad del cine no es necesariamente complacer, sino la de contar y transmitir. El mundo en el que vivimos, por suerte, es variado y plagado de matices y si queremos un fiel reflejo de la realidad, debemos contemplar también el desagrado y la angustia.

Cada película es distinta y cada una requerirá de unos recursos u otros para transmitir de la mejor manera posible su mensaje, por lo que establecer aquí cualquier clase de cánones sobre lo que se debe o no mostrar (siempre que no se caiga en delito) sería capar de nuevo al medio. Anticristo hace gala de algunas de las escenas más contundentes y traumáticas que he visto en pantalla, pero ¿eso la hace exhibicionista? Todo aquel que sepa mínimamente de Lars Von Trier, está al tanto de que es un hombre que no se rige por lo políticamente correcto y que en su discurso, la provocación suele ser una tónica -de hecho en 2011 fue declarado persona non grata por el festival de Cannes- pero lo que en público le causa problemas, en su cine le otorga una enorme libertad y esto se puede apreciar en Anticristo. La película obtuvo críticas muy variadas, desde algunas que la tildaban de obra de arte a las que la ponían como atrocidad de mal gusto. Y es precisamente en estas críticas en las que se mencionan palabras como la sutileza y la no necesidad de mostrar determinados elementos. Pero la clave para resolver este debate yace en la diferenciación entre gratuito y desagradable. No todas las películas pretenden ser placenteras, y en pos de conseguir quedarse con el espectador Anticristo seduce con una primera mitad casi poética, haciendo gala de un magnetismo visual envidiable para, progresivamente, ir exponiendo toda una serie de elementos perturbadores que terminan de apuntalar la emoción de la película y dejarla marcada a fuego en la retina. Una película extrañamente cautivadora y que goza de un poderío narrativo envidiable en muchos apartados, capaz de ser sutil y delicada a la vez que cruda y despiadada, pero no sobra ninguna de sus facetas, pues no dejan de ser complementarias y construyen una imagen de conjunto memorable y trágica. Si no hubiera sido lo desgarradoramente visual que es, la película no te acecharía como lo hace tras el visionado.

La magia de la diversidad

Todos somos humanos y todos, en mayor o menor medida, tratamos de sentirnos a gusto con nosotros mismos en lo corto de nuestra existencia. Y es por eso, aunque sea de manera inconsciente, que tendemos a sentir que nuestra opinión es la correcta y mostramos una inevitable predilección por creernos más listos que el resto, cuando la realidad es que rara vez ese es el caso. Librémonos de prejuicios y al cine de los mismos, abrámonos a nuevas experiencias e historias, pues solo cuestionándonos a nosotros mismos y a nuestros valores tendremos la oportunidad de, quizás, aprender y valorar lo que nos rodea. Anticristo es una desgarradora historia sobre la pérdida y el dolor que esta acarrea, llegando a corromper por completo nuestra existencia y condenando la de los que nos rodean. Por el rechazo automático ante algunas imágenes de la película, mucha gente no se dejó llevar y le echó la culpa al film.

Te guste o no Anticristo, es una comunicadora portentosa y es tal el desagrado que puede causar, que goza del título de experiencia que pocos alcanzan. Las películas pueden gustar o no, pero someter el cine al código ético de turno no es la solución. Productos que generen controversia van a seguir saliendo y, como ya se ha demostrado, la pasión por contar y transmitir no entiende de censura. Hay veces que es más fácil dejarse llevar por la historia y escuchar lo que tiene que decirte, al fin y al cabo, la experiencia final siempre es nuestra.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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