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Crítica de Cowboy de Copenhague (2023), lo último de Winding Refn

Cowboy de Copenhague, según las palabras de su creador Nicolas Winding Refn, es una historia que busca aunar el género negro, los cuentos de hadas tradicionales y hasta los superhéroes, creando una nueva heroína para los nuevos tiempos. Y el realizador danés sabe mucho de iconos: tanto en Valhalla Rising como en Drive, y en muchas otras de sus obras, ha creado imágenes y personajes que siguen impactando a día de hoy y que se han hecho un hueco en la cultura popular, fascinando a cinéfilos de todas las edades. Pero la ambición no siempre es buena, ni siquiera cuando la experiencia la avala.

Esta serie de seis episodios se estrenó en Netflix en enero de 2023, con escaso éxito. A la espera (o no) de su renovación, bañémonos de nuevo en esas luces de neón que tan bien conocemos, y veamos si ha merecido la pena este viaje enfermizo.

Una cowboy de Copenhague

Cowboy de Copenhague está protagonizada por Miu, una joven con habilidades sobrenaturales que es contratada por la hermana de un mafioso para que la ayude a tener un bebé sano. Esta muchacha, de pocas palabras y con un pasado misterioso, intentará ayudar a las prostitutas con las que convivirá dentro de la casa, pero un conflicto con su anfitrión acabará desembocando en tragedia.

Cowboy de Copenhague

Una vez esto sucede, deberá huir y encontrar un lugar donde refugiarse, pero esto no la alejará del submundo criminal. En este extraño viaje se encontrará con criminales de todo tipo y condición, con viejos amigos y con una adinerada familia de caníbales obsesivos que intentarán acabar con ella.

El emperador (de Dinamarca) está desnudo

Se nota lo que intentaba lograr Winding Refn con Cowboy de Copenhague. Se nota en los personajes traumatizados y malsanos que pueblan la trama, en los momentos de quietud entre los distintos actores de este drama, en ese realismo mágico que permite que superhéroes y vampiros converjan sin que a nadie parezca importarle, en la historia de emancipación que se adivina. Se nota también en las escasas pinceladas de conciencia social y, como alguien que ha disfrutado mucho de su cine, tengo que felicitarlo por intentar algo distinto en una plataforma cada vez más plagada por productos clónicos.

Pero lamento decir que Cowboy de Copenhague es fallida de principio a fin. Lo es en parte por el estilo pausado que tan bien ha funcionado en las películas de su autor, pero que en una serie de seis capítulos parece impostado y hasta autoparódico, con escenas alargadas innecesariamente no para lograr ningún efecto narrativo sino para alcanzar una determinada duración o para satisfacer a sus fans incondicionales. A veces funciona (como en los encuentros de Miu con los villanos), pero resulta cargante durante la mayor parte del tiempo.

Cowboy de Copenhague

Que la serie sea aburrida o lenta es una cosa, pero lo que realmente resulta imperdonable es que utilice estos recursos tan manidos en la obra de su autor (los silencios, las emociones soterradas…) para enmascarar una vacuidad de la que ni siquiera su lograda estética nos distrae. Los escasos momentos de profundidad son tan distantes entre sí que pierden todo el impacto que podrían haber tenido. No hay fondo para tanta forma, y ni siquiera la forma logra las cotas de calidad a las que estamos acostumbrados.

Cowboy de Copenhague intenta ser una deconstrucción de demasiadas cosas, y quizás por ello nos muestre a personajes completamente estereotipados. Este problema, que tal vez se podría haber solventado con un tono menos solemne, se agrava cuando nos damos cuenta de que Winding Refn quiere que nos tomemos en serio lo que estamos viendo. Habría sido aconsejable que el humor de algunas escenas, que logra sacar alguna sonrisilla, se hubiera extendido al resto de la producción, que de este modo podría haberse resguardado en la sátira para disimular sus costuras más que evidentes.

Conclusión

Cowboy de Copenhague no fascina, no hace pensar, tiene poco que decir y ni siquiera entretiene. Lo más frustrante de esta serie es que Winding Refn, que nos ofreció una conmovedora humanidad en Drive y un horror perverso en The Neon Demon, hace un producto frío, que parece regodearse en un estilo críptico sin una sustancia que lo respalde y que presenta personajes nuevos sin haber desarrollado bien a aquellos con los que ya cuenta.

Un producto, además, incompleto, ya que adelanta una segunda temporada que quizás Netflix no esté por la labor de producir, vista la poca repercusión que ha tenido. El cliffhanger final, pese al cameo inesperado que contiene, no provoca anticipación sino bostezos.

Máximo Simancas
Máximo Simancashttps://laautopistadepalabras.wordpress.com/
Periodista. Redactor en esta página y, antes, en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales.

3 COMENTARIOS

  1. A mi este director me parece que se le tiene muy sobrevalorado, en serio. Ya le dio coba a Amazon y ahora a Netflix. Yo desde luego paso. Así que me he visto el cliffhanger, menuda frikada más rara

  2. Una mezcla de Darío Argento, David Lynch, Kill Bill, Hannibal, Matrix y alguna de vampiros… todo envuelto en un sinsentido de lo más irritante. Actuaciones inexpresivas (todos los personajes dicen sus líneas de la misma forma), se interrogan con preguntas contundentes, seguidos de silencios que parecen horas, donde meditan la respuesta a dar. Por supuesto la respuesta no suele tener nada que ver con la pregunta, con lo cual la capacidad de entender de qué va la serie es imposible. El gestito de “vení” con los dedos, robado a Matrix y usado hasta el hartazgo, música todo el tiempo, apariciones de personajes con efectos de sonido para que causen sobresalto, luces de neón (como si fueran la gran novedad) enormes espacios vacíos (¿no vive nadie en Copenhague?). Nada se explica, nada tiene sentido (¿qué pasa con los albaneses traficantes de mujeres de los primeros capítulos? aparecen en una especie de videoclip en el penúltimo episodio!!) todo sucede porque sí, sin explicación ni lógica alguna: un restaurant chino en el medio de la nada, dos tipos matándose a piñas en un bar sin que a nadie le importe, la niña secuestrada por el capo mafia chino que en realidad es su padre (!!) … todo pasa por lo que se le ocurre al director, a sus caprichos y su ego, y si el espectador no entiende nada, es su problema. Los teclados ochentosos de la banda sonora terminan por darle un aire bizarro y de comicidad involuntaria a todo el asunto y un sentimiento de “reír por no llorar” a los desafortunados espectadores. Nicolas Winding Refn consiguió que al principio de cada capítulo pongan “Netflix” con la misma tipografía manuscrita con la que aparecen sus omnipresentes iniciales (vaya logro!). Tampoco se iba a privar de aparecer en pantalla con su cara de nada y sus lentes de carey.
    Lo raro no es que sea una serie horrible (las hay peores). El misterio es que toda la “intelligentzia” esté rendida ante este mamarracho solo superado por su anterior engendro, “Too old to die young”, otra porquería que bucea con su típico trazo grueso en los instintos más bajos del ser humano. A estos bodrios el tiempo los pone en su lugar, al igual que sucede con los clásicos pero en sentido inverso.

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