Crítica de El Regreso de Ben, una desgarradora realidad

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Buenos días queridos lectores, y bienvenidos a la crítica de El Regreso de Ben, una película de la que no esperaba nada y que me dio una bofetada metafóricamente hablando, pues describe una realidad tan frecuente como desgarradora: el impacto que tienen las drogas en un adolescente, en la relación con su familia, en su vida.

Nuestra reacción al escuchar sobre alguno de estos casos, que nunca se encuentran tan lejos como creemos, es la apatía. Y que no se malinterpreten mis palabras, no me refiero a que juzguemos la situación de los susodichos afectados, no nos parezca terrible o triste, no, me refiero a que simplemente lo vemos como algo lejano, extraño, que no se corresponde con la realidad. Pero este sentimiento, irónicamente, está muy lejos de la realidad ¿Cuántas historias nos han contado nuestros padres o incluso hemos llegado a vivir sobre la movida? ¿Cuántos amigos, compañeros de colegio, familiares muertos por sobredosis o los efectos de la droga? Y no hace falta irse a un periodo histórico tan peculiar, porque todos conocemos casos de uno u otra forma. La tarea de esta película parece ser una pedrada a esa apatía para hacerte plantarte que estas situaciones están aquí, en tu mismo ambiente, y que son terribles. Que la facilidad con la que se tienen acceso a las drogas es pasmante, tanto, que de hecho hay gente que acaba en la droga sin haberse drogado, sin haber ido a conseguirla en un callejón oscuro.

Precisamente éste es al caso de Ben, nuestro protagonista (Lucas Hedges), por el que no podemos sentir mucho más aparte de compasión y simpatía por el esfuerzo que le pone a cambiar, a poder iniciar una vida desde cero y en la que esté lejos de ser la persona que hizo tanto daño a su alrededor, especialmente a su familia, por lo que no se perdona. Cuando Ben llega de improviso a casa por Navidad desde una clínica de desintoxicación parece que su presencia le es sólo agradable a su madre H0lly (Julia Roberts) y a sus dos hermanos más pequeños, que lo reciben con los brazos abiertos y entre lágrimas de alegría. La tensión con el resto de la familia es palpable y no es para menos, como comprenderemos más tarde en la película. Al final llegan a un acuerdo: podrá quedarse durante un día completo si es vigilado por su madre en todo momento y si no se droga.

Y así transcurre el film, en un día completo en el que Ben tendrá que enfrentarse a todos sus demonios internos, en los que se retratará y se hará un muy buen análisis de lo que es la adicción, y en los que con seguridad el espectador sufrirá siguiendo en todo momento el mismo viaje que Holly, que descubre a fondo de una vez por todas en lo que su hijo estuvo metido, de lo que fue responsable y de lo que lo rompió. Precisamente porque nosotros tomamos el punto de vista de Holly durante toda la película es por lo que la misma se perfila como una especie de thriller, en la que vigilamos en todo momento a Ben, que no sabemos qué piensa, qué quiere. La tensión y la desconfianza se dibujan en el aire de manera sutil pero consistente, y no sabemos cómo acabará el día.

Definitivamente rompo una lanza en favor de lo bien que se ha retratado al mundo de las drogas desde el punto de vista de un drogadicto corriente, que ni es Pablo Escobar ni un gángster, la delicadeza con la que se ha hecho y el enfoque que se le ha dado, de forma que aun siendo un firme detractor de las drogas sientas simpatía por el drogadicto en vez de martirizarlo. A ello no han hecho más que ayudar las excelentes interpretaciones, punto fuerte de la película, con un emotivo Lucas Hedges y una fantástica Julia Roberts. La química de estos dos actores ayuda a ligar toda la película y que quede como un producto de calidad, cohesionado. Creo que la sobriedad y simplicidad del largometraje queda también muy bien con esa dirección que la acompaña, eficaz, certera y con las miras claras: contar una historia que vale todo por sí misma, sin ornamentos, decoraciones, sutilezas o licencias poéticas. Y es que la realidad de las drogas no tiene nada de eso.

Un saludo y sed felices



el autor

Mi nombre es Carmen, pero me llaman Kitayu. En los fríos inviernos me muevo sedienta de tinta y ocio. Bueno, a quién vamos a engañar, en verano también.

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