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El cómic de la semana: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, de Martin Veyron. La ambición según Tolstoi

Bienvenidos un sábado más a la sección de los amantes del cómic. Bienvenidos a El cómic de la semana, y también quiero dar la bienvenida a los auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez. Otra semana más tenemos un especial de La Tapa del Obseso con el cómic de la semana y hoy toca: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?

Vamos a hablar en este post de “¿Cuánta tierra necesita un hombre?”, adaptación de un relato de Tolstói de 1885 al cómic por parte del autor francés Martin Veyron. Nos ha llegado a España gracias a Norma Editorial.

Como página sacrosanta de lo friki tenemos cuidado con estas cosas. Nos gusta de todo, entendednos. Lo mismo le damos a películas de serie B, que a series, que a gente con mallas y capa pegandose con los malos que bajamos al último de los infiernos del mismísimo Dante: el comic europeo, antesala de la gente que habla de algo llamado “novela gráfica” y va andando mirando el culo a los pájaros. Que nadie tema: somos prototípicamente fieles a jugar al FIFA, las películas de Tom Cruise y el cómic mensual de Spiderman. Nos debemos a vosotros, el Pueblo. Pero a veces nos da por ahí, y nos metemos en fregados raritos.

Ojo, que te preguntan qué lees y sueltas “UN CÓMIC DE UN FRANCÉS QUE ADAPTA UN RELATO DE TOLSTÓI”. Igual piensan que te haces el interesante. Que quieres ligar haciendo trampas, es decir, no por ser guapo como Miky, sino por soltar psicocháchara e intentar confundir los sentidos de nuestro objetivo. Igual piensan que eres un rarito. Igual llegamos al punto ideal en que leer cosas así no deberían ser consideradas raritas ni elitistas ni para gente con dos carreras y decenas de artículos publicados en revistas de revisión por pares. Que le pueden gustar a cualquiera, haya leído lo que haya leído y tenga el nivel intelectual que tenga.

Y este cómic lo consigue. Es una historia sencilla, narrada de forma sencilla, no muy larga y muy fácil de leer. Además de ser una fábula sobre la codicia. Es la historia de un campesino de la estepa, Pajom, un pequeño propietario que desde el principio deja ver en sus conversaciones que es feliz en su pequeño y limitado mundo. Todo ello a pesar de los muy arbitrarios nobles y grandes terratenientes, que pasan de un pasotismo respecto a sus tierras a ser implacables. Y es que, ayh, los pequeños propietarios llevan sus animales a pastar a las muy fertiles tierras de la nobleza, haciéndolo de tapadillo…hasta que llegan los castigos, las multas y los azotes. Que vaya a ponerse en venta el territorio de la nobleza hace que la historia empiece a rodar hacia lo más interesante.

Hasta ese momento no hay gran tensión: los campesinos viven en una camaradería de pobres, el afecto que tienen los oprimidos por la misma persona y la solidaridad dentro de la escasez. Los rumores de cambios sacan, efectivamente, lo peor y más violento de los campesinos, y la posibilidad de un cambio a mejor desemboca rápido en enfrentamientos, peleas y disputas por el limitado territorio noble en venta. Aquí el comportamiento del protagonista cambia: el relato asume que es el sitio donde nos sentamos lo que determina nuestra ideología y qué haremos. Un cambio de sillón lleva al solidario y satisfecho campesino a convertirse en una réplica del noble despiadado.

Pero, por no contar más, asistimos en pocos trazos a la creación de una obsesión, a la búsqueda de la felicidad cristalizada en los sueños en forma de “más tierras”, en un relato que prescinde de todo artificio y complejidad innecesaria para ir a la raíz de lo que se cuenta.

En composiciones de página bien pensadas y con un dibujo muy clásico de la escuela franco-belga, el autor nos transmite la monotonía de la vida sencilla de los inicios, nos abre el lugar del campesinado en viñetas más grandes y termina usando la composición de viñetas para alargar el tiempo y agonía del protagonista o también para reducirla. Se hace un mejor trabajo de narración gráfica a través de la composición de las viñetas que a través del propio dibujo, que sencillamente cumple bien. Es complicado, por el tono y formas de la historia contada, que pudiera encajar un mayor detalle o refinamiento en el dibujo. Al fin y al cabo, es una fábula: prima que se entienda sin complicaciones y que la lección moral sea clara.

El tramo final del cómic es para el que nos han estado preparando hasta ese momento. En su momento de momentánea y agridulce victoria, el protagonista ve como su obsesión es alimentada una vez más. Hasta el límite. Es en este tramo final cuando podemos decir que da los últimos pasos de su transformación psicológica y se enfrenta a su último desafío, a la última gran ambición para poder, al fin, ser feliz. En el momento más mágico y moral del cómic, el autor se esfuerza en retorcer el tiempo a través del tamaño, forma y disposición de las viñetas. También de la distancia que toma del personaje. Es un gran acierto que se vuelva más y más estilizado gráficamente, que se vea todo desde más y más distancia, para explotar directamente en la única conclusión lógica y esperada: la auténtica respuesta a la ambición del protagonista. A cuánta tierra necesita un hombre realmente.

En resumen, ya hemos dicho que es una fabula sobre la ambición. Una que puede leer cualquier persona, lo cual vuelve sobre el viejo tema de lo elitista de determinados autores clásicos: en este adaptación es mentira, cualquiera puede leer y entenderla sin complicaciones. Es, no nos engañemos, una oda contra la ambición como obsesión. También un honesto retrato de la lógica del poder en una sociedad previa al siglo XX: no era tanto que los nobles rusos fueran unos tiranos, que lo eran. La cosa iba más sobre que una sociedad latifundista en aquella época no podía ser preservada con método democráticos y liberales como los entendemos hoy. Muy posiblemente casi cualquier persona en posiciones de posesión de grandes extensiones en esa época y sitio hubiera funcionado de modo parecido. Son las condiciones materiales las que determinan nuestra conciencia, si nos ponemos rojeras a la vieja usanza.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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