La industria cinematográfica polaca se ha convertido, por méritos propios, en el ojito derecho de Netflix a la hora de proveer thrillers criminales oscuros, densos y cargados de una violencia incómoda. Tras el impacto de la primera entrega, la plataforma estrena ahora Los colores del mal: negro (Colors of Evil: Black), la esperada continuación cinematográfica que promete sumergirnos de nuevo en las cloacas de la corrupción y los secretos inconfesables de Tricity.
Con el fiscal Leopold Bilski (Jakub Gierszal) de nuevo al frente y un laberinto de mentiras que esta vez cala hasta los huesos de las instituciones, la película se presentaba como el plato fuerte del fin de semana para los amantes del suspense.
La premisa, como mandan los cánones de la saga, arranca con una energía y una garra atrapantes. Un nuevo crimen, conectado de forma sutil pero perturbadora con los pecados del pasado de la región, obliga a Bilski a tirar de una manta que muchos preferirían dejar bien estirada.
El misterio inicial nos pone sobre la mesa un hecho sumamente enigmático que te clava al asiento durante los primeros treinta minutos, prometiendo un rompecabezas psicológico adulto y asfixiante. Sin embargo, a medida que la cinta avanza y el metraje empieza a acumular minutos, la realidad se impone de forma dolorosa. Y esta segunda adaptación es la prueba definitiva de que la fórmula de la saga empieza a dar preocupantes síntomas de fatiga, repitiendo los mismos vicios que ya le conocemos a las producciones de la plataforma.
Y no deja de darnos rabia esa manía de encajar todas las producciones en una especie de plantilla automática que deja fuera esa esencia que hizo que las novelas que adapta se convirtieran en referentes para el nordic noir actual. Todo por no querer ser valientes y salirse de ese camino que valora más la estética que el alma.
Los colores del mal: Negro. Una puesta en escena impecable que esconde un guion con demasiados agujeros
Si algo hay que concederle a Los colores del mal: negro, es puesta en escena. Visualmente es una película soberbia: la fotografía utiliza los tonos fríos, las luces de neón de los bajos fondos y la crudeza del paisaje polaco para crear una atmósfera sucia y asfixiante que te entra por los ojos. El director sabe perfectamente cómo rodar la tensión y cómo incomodar al espectador a través del encuadre.
El gran problema llega cuando intentas rascar esa superficie tan bien pulida. Conforme avanza el desarrollo, la historia se va desinflando a marchas forzadas. El guion empieza a mostrar una alarmante cantidad de agujeros narrativos que pasan casi inadvertidos por esa manía tan contemporánea de meter información a cascoporro.
La película te bombardea con giros de manual, sospechosos que entran y salen de la nada y subtramas mafiosas caóticas con un único objetivo: mantenerte tan aturdida con el ritmo que no te pares a pensar en lo inverosímil que se está volviendo todo.
Al final, te quedas con esa sensación de haber perdido el tiempo en algo que prometía ser mucho más de lo que ha acabado siendo. Así que, si decides verla, no pongas las expectativas muy altas con su inicio, para no decepcionarte con su final.

Un reparto sólido que navega en la previsibilidad
Es una auténtica pena que el talento de su elenco se vea limitado por una trama con un guion tan encorsetado. Los actores principales defienden sus papeles con uñas y dientes; el fiscal Bilski sigue desprendiendo ese magnetismo del antihéroe cansado, obsesivo y moralmente íntegro que tan bien funciona en el nordic noir, y los secundarios que encarnan a las altas esferas corruptas de la ciudad aportan una presencia inquietante en pantalla.
Pero tener un buen plantel de personajes no sirve de nada si los reduces a meros peones mecánicos. Los sospechosos cambian de bando de la forma más previsible posible y las revelaciones clave caen del cielo en lugar de ser el fruto de una investigación policial inteligente y madura. Al faltar un desarrollo humano coherente que conecte los puntos con lógica, el suspense se transforma en un trámite rutinario.
Un desenlace ya visto que termina por aburrir
El tramo final de la película nos aboca a una resolución convencional y vista anteriormente en decenas de producciones similares de intriga criminal. Lejos de dejarte impactado, con el estómago del revés o con la mente dándole vueltas a los dilemas morales que plantea, el cierre te deja totalmente indiferente ante lo que acabas de presenciar. Imposible no preguntarse por el momento en que ese principio tan impactante cambió a esta languidez soporífera. Y lo peor, como un hecho tan terrible quedó menospreciado conforme los minutos fueron pasando.
Cuando una historia que empieza con tanta fuerza y potencial se desvía por los caminos más trillados del género, la frustración es inevitable. Los colores del mal: negro, no arriesga nada, se conforma con seguir la plantilla marcada para no generar incomodidad y conseguir gustarle a todos, y termina por ofrecer un viaje plano que, en su tramo central, acaba por aburrir soberanamente al espectador que ya estamos hartos de esta flojera y falta de determinación tan blandita.
Veredicto final: ¿Merece la pena adentrarse en la oscuridad polaca?
Solo si eres muy fan de la saga y buscas un entretenimiento ligero sin exigirle demasiada coherencia. La película funciona como un chicle visual oscuro gracias a su potente atmósfera y a la solvencia de su puesta en escena, pero como thriller inteligente se queda a medio gas. El envoltorio es de primera, pero el contenido está vacío y la fórmula, de tanto usarla, se ha roto por completo. Una secuela rutinaria que no aporta nada nuevo al catálogo.
A fin de cuentas, este regreso a las sombras polacas nos deja con la amarga sensación de que la saga ha estirado tanto el chicle en apenas dos entregas que ha terminado por perder todo su sabor original. Lo que en su día arrancó como una propuesta cruda, valiente y dispuesta a remover las conciencias del público con la sordidez de sus tramas, se ha acomodado en esta última entrega convirtiéndose en un producto predecible de consumo rápido para el fin de semana.
No es que sea una película desastrosa, pero da una rabia tremenda ver cómo una franquicia que tenía todas las papeletas para marcar un antes y un después en el suspense europeo se despide por la puerta de atrás, de forma gris y sin hacer el más mínimo ruido. Esta vez nos quedamos con un sabor de boca bastante amargo y la certeza de que, a veces, es muchísimo mejor una retirada a tiempo que arrastrar una fórmula hasta su completo agotamiento.
Un saludo, y sed felices.



