Negalyod: dinosaurios y urbes en un mundo postapocalíptico

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Hace unos meses llegó a nuestro país a manos de Vincent Perriot uno de los cómics europeos más interesantes del año. Un álbum que se lee del tirón, en una secuencia de un solo escenario complejo pero bien construido y sin dar un solo respiro al lector. Negalyod es un homenaje a la obra de Moebius que, como no podría ser de otra forma, cuenta con su principal colorista: Florence Breton (uno de los principales artistas que acompañaron las historias del autor). Aunque cabe puntualizar que, a diferencia de las obras de Moebius, la trama construida por Perriot transcurre de manera tranquila, agradable, sin la necesidad de darle demasiadas vueltas al guión. Pero aún así, consigue sorprenderte. Partiendo del argumento universal del intruso benefactor, construye un esquema clásico en el que un supuesto héroe llega a una sociedad para liberarla de un poder que la oprime.

Negaloyd es un cuento, una fábula que pone en contraposición grandes ciudades y los parajes naturales en un mundo totalmente distópico. El planeta Tierra se ha convertido en un desierto donde el agua es de cada vez más escasa tras la explotación tecnológica de los recursos naturales controlados por la élite. Tenemos por una parte a la naturaleza, en principio enorme ante el ser humano como vemos en los planos compuesto de manera tan bien planificada. Por otro lado, tenemos la ciudad, una muestra de poder de los hombres ante todo aquello que ya existía antes que ellos. Es esto un intento de rebelión, de control a todo lo que tenemos a la vista. Las grandes construcciones que nos presentan en esta obra son tan enormes como los parajes naturales. ¿Qué es esto si no una muestra de lo grande que puede llegar a ser algo tan pequeño como un ser humano?

Pero lo bonito, lo que hace a alguien joven que no ha tenido la oportunidad de conocer a Moebius y no se le despierta el sentimiento de nostalgia que puede que florecer en los lectores más veteranos, es lo llamativo que resulta el mundo atemporal que nos presenta Perriot. Nos ubicamos en una sociedad que está al límite del colapso, debería ser el fin del mundo, y aún así nos planta en todo este marco postapocalíptico a los primeros animales que pisaron la tierra: los dinosaurios. Esto es a lo que se denomina en narrativa “función impropia”. La función propia de los dinosaurios sería que ambientaran una historia que pasa en la prehistoria. Incluso si tenemos en cuenta que Jurassic Park forma parte de nuestro imaginario colectivo podríamos decir que un Dinosaurio ubicado en nuestros días dentro de la ficción obedece a las normas mantenidas por la cultura occidental y estaría dentro de función propia. Eso es algo más común y quizá por eso no tan llamativo como la función impropia que vemos en Negalyod: no es el pasado, no es nuestro día a día, es un futuro en el que el agua, un elemento vital para todo ser, está al límite y los dinosaurios siguen aquí. Nos transportamos así en un mundo atemporal muy interesante en que el pasado que no conocimos y el futuro que no veremos están en conexión. Esta es la clase de ambientación que llama la atención y hace que el lector se deje llevar en la historia que sea que le vayan a contar.

Personalmente, me parece brillante este punto departida porque ha sido eso —y la hipnotizante portada de Florence Breton— lo único que ha hecho falta para que despertara en mí el interés para adentrarme en las páginas de la edición que nos trae Norma Editorial. Me daba un poco de miedo al principio que los dinosaurios no fueran más que un elemento estético y sin trascendencia en la trama, pero no tengo ninguna queja. Casi acaba teniendo importancia y Vincent Perriot sabe darle un final redondo. El único punto negativo que le destacaría es que tampoco es una historia del otro mundo. Tiene elementos y una ambientación interesantes, personajes que actúan como actúan por alguna razón y no porque sí y un guión bien construido y, a primera vista, sin fallas. Pero más allá de esto, lo que nos cuenta Negalyod no es nada que no se nos haya contado antes.



el autor

Brian K. Vaughan es el culpable de que esté yo aquí.

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