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«Recursos Inhumanos» de Pascal Bertho y Giuseppe Liotti: la esencia de los lunes

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Sentimos tener que hablar del tema. De verdad. No nos hace ilusión, pero… ¿a quién sí? Oh, hay gente a la que sí le encanta. Le encanta tanto que prácticamente no habla de otra cosa. Nuestro caso es el opuesto: salimos de trabajar y ya ni nos acordamos de en qué consistía nuestro empleo. Hay una especie de resorte en el cerebro para por la noche prepararnos para madrugar, pero a saber para qué es: ya veremos mañana.

En fin, que hay que hablar del tema. Aunque las series o películas muchas veces quieran pasar por encima. Vamos, todos nos hemos preguntado en las series o películas cuándo trabajan los protagonistas con todas las movidotas, viajes, horas haciendo cosas aventureras a diario sin poner lavadoras, bajar basuras ni pegarse con páginas web del ayuntamiento para pagar el gloriosísimo Impuesto de Bienes Inmuebles. Aquí lo que une a todo Dios de las obras de ficción es lo poquísimo que trabajan. O que tienen todos un sistema por el que pueden faltar días sin avisar sin mucha preocupación por su parte. A mí el desarrollo y explicación pormenorizada de este tipo de sistemas que permiten cosas así sí me interesaría más que tantas insoportables tramas de tantísimo truñaco hecho serie (sí, House of Cards, esto iba por ti).

Al final no hay tantas series, películas o videojuegos que tengan en su razón de ser (más o menos) el mundo laboral del oficinista occidental (más o menos) como tal. Sí, sí, tenemos The Office, del que algún día deberíamos escribir un texto que exceda la capacidad de comprensión y aguante humano. Pero hoy toca cómic. Cómic inspirado en una novela de éxito de Pierre Lemaitre. Que a su vez inspiró la serie de Netflix con el mismísimo Eric Cantona de protagonista con casi un 7 de valoración en FilmAffinity, para quienes tengan erecciones de algún tipo con las puntuaciones a las cosas. Hoy hablamos de «Recursos Inhumanos» de Pascal Bertho y Giuseppe Liotti, editado en España por Yermo Ediciones.

La premisa es más o menos sencilla: el protagonista es un señor francés que se queda en paro, se siente humillado por estarlo y, tras recuperar su autoestima al lograr un nuevo puesto en recursos humanos, se ve envuelto en una siniestra prueba de selección de personal. Una gigantesca empresa necesita un matarife que lleve a cabo despidos masivos, y necesitan que la lealtad a la empresa y la frialdad emocional estén al más alto nivel posible. Y tienen varios candidatos, pero para seleccionarlos no les preguntarán lo de que digas tu punto débil, etc. Les harán pasar por un secuestro simulado, para observar su conducta, lealtad y habilidades. Nuestro protagonista, sin embargo, se da cuenta de que el pescado está vendido, que toda esta farsa es exactamente eso: una farsa. Se están riendo de él. Y planea…algo.

Como decimos, esto es cómo se presenta el cómic al mundo. Todo empieza a partir de ahí: nada más empezar vemos cómo al protagonista le llevan al banquillo de los acusados y hay liada algarabía, alboroto y violencia en el ambiente. Sea lo que sea que haya hecho el protagonista la ha liado pero bien. Aquí la historia nos lleva de la mano en un dibujo muy, claro, clásicamente franco-belga. Es decir, está narrado de manera espectacularmente clara pero sin grandes experimentos. Podría uno pensar en más planos peliculeros, pero los autores del cómic han decidido contenerse y ser muy sobrios. En nuestra modesta opinión quizás incluso se han pasado: vale que no es una película de James Bond, pero la narración se altera poco sean conversaciones informales o escenas violentas. El dibujante es claramente competente narrando (inmensamente mejor que el promedio superheroico de este siglo, lo cual tampoco es decir mucho) pero le falta ambición. También más variedad en las caras y complexiones, aunque este defecto es demasiado común. Si da la sensación de que nos ponemos quisquillosos con el dibujante es porque haciendo un buen trabajo creemos que podría haber elevado mucho más una historia que vale la pena.

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Porque vale la pena, estimado Pueblo. La premisa tontorrona que sacaría ChatGPT o sus primos en su versión gratuita sería que esta es una bella historia de echar mierda a la crueldad de la gente que puebla los departamentos de Recursos Humanos de las empresas. O directamente a los directivos de las grandes corporaciones que tratan al resto de los seres humanos como números en casillas del sacrosanto Excel (nota rápida: la obsesión con que otros rellenen documentos Excel correlaciona con ser un cretino). Y, bueno, algo de eso hay, claro. A quién queremos engañar: sí, se les echa mierda. Absolutamente ninguna pena, por supuesto.

Pero la historia desde el principio trata de no tomarnos demasiado por idiotas. En casi ningún momento el protagonista, con la autoestima por los suelos por estar en paro, por la sorna hiriente de familiares políticos y por sentirse inútil, se nos presenta como heroico. Está deprimido, sí. Pero si algo destaca es el ánimo ruin de revancha contra los que le miran de manera altiva al saberle en paro y contra los que le consideran un inútil. Es un ser lleno de violencia reprimida…bueno, no siempre reprimida.

Precisamente todo su plan y el desencadenante de la historia no viene por las malas prácticas de la empresa que le ficha, que incluyen despidos masivos de personal cuando la empresa ha recibido ayudas públicas. Todo empieza cuando descubre que la empresa no cuenta con él en el futuro, que todo el pescado está vendido y le han usado como a…los demás.

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No es nada que no hayamos podido ver en películas de Scorsese o en Breaking Bad, por poner ejemplos que todos conocemos. Es decir, el hombre herido en su orgullo que decide que el camino hacia lo que creen que es el éxito puede estar pavimentado de cadáveres que él mismo ha puesto ahí. Solo existe la obsesión, solo existe la misión, sacrificando familia, esposas, amigos y lo que tenga que sacrificarse, por más que puedan poner la excusa de que el forrarse a costa de todo sea para dejarles dinero para que ni piensen en currar nunca más. El final en estos casos siempre suele ser muy parecido. Que nadie se haga mucho daño pensando de manera adolescente que estos seres se salen siempre con la suya, que los malvados vencen siempre y etc: lo cierto es que la maldad o la bondad tienen muy poco que ver con el éxito o fracaso de nada. La mayor parte de empresas remotamente ambiciosas se van al garete, sean sus objetivos salvar a todas las flores de ser cortadas o hacer adrede peor la página web de Renfe. Bendita realidad y bendita la dificultad que implica su existencia.

El cómic, al estar ambientado en Francia (Unión Europea), no podía, para ser creíble, tener muchas escenas a lo Breaking Bad. Hay algún momento incluso gracioso cuando algún personaje amenaza con hacer desaparecer a familiares de otro, con el amenazado respondiendo que dónde se cree que está, que no se flipe. Bien dicho, joder. Viva la Unión Europea. Ojalá pronto con muchos más tanques y misiles para evitar tentaciones idiotas a nadie. También hay que decir que al final de la historia se desmelenan algo con la acción, pero que nadie espere muchos saltos, bombas y señores atravesando escaparates en traje. Es decir, el tono general es de intriga, negociaciones, carambolas, planes e información oculta y está bien así.

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Como decimos, la verdad es que el protagonista no es alguien noble, al revés. Lo que trata es de aprovecharse de gente que él cree peor. La cima de la historia es casi al final en una de las últimas negociaciones cuando la cabeza visible de la empresa, tras negociar con él (no revelaremos el qué), llega a la conclusión de que todas las atrocidades, mentiras y barbaridades que ha llevado a cabo el protagonista demuestran su enorme talento. Vamos, que no habían detectado lo profundamente psicópata que podía ser el protagonista hasta el punto de renunciar a todo para salirse con la suya, y que es una pena no haberlo hecho ya que eso le hacía ideal para trabajar para la multinacional. Pero que se lo suelta sin ironía ni resquemor, simplemente como un hecho. Y lo es.

Es un momento espectacular y definitorio de lo que se nos trata de contar: el protagonista no es para nada mejor que lo que combate, no es su nemésis y las razones del mal que carcomen al mundo laboral no están únicamente «en los de arriba». La lucha del protagonista no es por cambiar nada a mejor ni por castigar a nadie malvado ni siquiera una venganza en general. Es puro ardor individualista extremo, que la cabeza visible de la empresa identifica correctamente casi al final, considerándolo como algo que podría haber sido un activo de la organización. Porque, efectivamente, de eso va su multinacional. Y de eso van los Recursos Humanos. Y de eso van los lunes.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.
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