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Crítica de Cumbres Borrascosas (2026), una adaptación tan libre como poco disruptiva

Previo paso por los cines, está ya disponible en HBO Max la película Cumbres Borrascosas (2006), adaptación de la clásica novela homónima de Emily Brontë a cargo de la guionista y directora Emerald Fennel. A pesar de la impactante estética visual y de una siempre sólida Margot Robbie, el intento por querer hacer decir a esa icónica historia algo nuevo se queda a mitad de camino y termina incluso siendo menos provocador que el material original.

No caben dudas de que, si hablamos de historias de amor dentro de la literatura, Romeo y Julieta es por lejos la más icónica. La obra de Shakespeare se erige aún hoy como la más famosa e influyente historia de pasión, desencuentro y tragedia, trascendiendo incluso la literatura y estando hace rato instalada en la cultura popular. Pero si intentamos determinar cuál le sigue, la cosa se pone más espinosa. pues el segundo lugar se lo disputan varias, entre ellas Orgullo y Prejuicio, Tristán e Isolda o, la que nos ocupa, Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights).

Ello justifica, desde luego, que la historia escrita a mediados del siglo XIX por la autora británica Emily Brontë haya tenido tantas adaptaciones y vuelva cada tanto a ser revisitada o mencionada como referencia. La cantautora Kate Bush, de hecho, se inspiró en una versión televisiva para componer la canción que, llevando justamente ese título e inspirada de manera directa en la obra, se convirtiera en éxito en las listas de ventas a finales de los setenta. Increíble que una sombría novela victoriana haya pasado a convertirse en fenómeno pop de alcance tan global.

Lanzada por primera vez en 1847 con autora bajo seudónimo masculino (Ellis Bell), Cumbres Borrascosas fue, por cierto, la única novela publicada por Emily en vida debido a su prematuro fallecimiento a los treinta años como consecuencia de la tuberculosis. Se publicaron de ella, no obstante, algunos libros de poesías y es bueno recordar que su hermana Charlotte Brontë es autora de otra clásica novela victoriana: Jane Eyre.

Y, aunque parezca hoy increíble y paradójico, la crítica literaria no la recibió del todo bien en su momento, probablemente desconcertada ante la particular estructura de la novela y su especial tratamiento de la violencia y la muerte. Como suele ocurrir, fue el tiempo el que terminó poniendo las cosas en su lugar y su valor literario reconocido con creces, al punto que el propio escritor Jorge Luis Borges se declaró fascinado por una novela cuya atmósfera describió como “oscura e infernal”.

Entre las muchas adaptaciones a la pantalla (incluso desde los tiempos del cine mudo), es imposible no mencionar la ya clásica de 1939 dirigida por William Wyler con Merle Oberon y Laurence Olivier en los papeles principales. O la de Luis Buñuel bajo el título Abismos de Amor (1953). O la de Peter Kosminsky (1992), con Juliette Binoche y Ralph Fiennes. O la más reciente y experimental de Andrea Arnold (2011). Incluso algunas televisivas, especialmente la miniserie británica de 2009 que reunió a Charlotte Riley con Tom Hardy, sin olvidar las adaptaciones a telenovela, como la colombiana de 1984 o la radial venezolana de 2006.

El saber a Emerald Fennell al frente de una nueva adaptación no podía menos que suscitar altas expectativas al ser la directora británica responsable de la elogiada Saltburn (2023) y, más aún, estando al frente del elenco dos figuras de renombre como Margot Robbie y Jacob Elordi. ¿Está el resultado a la altura? Pues tratemos de determinarlo no sin antes contar un poco de qué va.

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La Historia

La película comienza con una ejecución y una erección, ambas de la misma persona (lo que en lenguaje médico se suele llamar priapismo post mortem). Entre los asistentes, una niña llamada Cathy (Charlotte Mellington) observa la escena divertida y hasta lo celebra: todo un anuncio de que la historia que sigue tendrá que ver con el sexo, el amor y muerte.  Bah, por buscarle un sentido, pues no hay a la vista ningún otro…

En una propiedad rural de Yorkshire llamada Wuthering Heights, el señor Earnshaw (Martin Clunes), propietario de la misma y padre de la niña antes mencionada, regresa de Liverpool trayendo un huérfano que recogió de la calle siendo golpeado. El gesto será muy humanitario, pero a la vez toma al niño por criado y lo cede prácticamente como mascota a Cathy, quien le da como nombre Heatchliff y quiere “civilizarlo” enseñándole a leer y escribir, pero no hay caso.  La atracción entre ambos es no obstante mutua al punto de hacerse cargo él de los castigos que debería recibir ella.

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Al crecer ambos (interpretados respectivamente por Margot Robbie y Jacob Elordi), la relación se va haciendo cada vez más fuerte sin terminar de definirse nunca entre amigos o hermanos, pero los Earnshaw se hallan en problemas económicos porque el alcohol y el juego pierden al dueño de casa. La oportunidad de escapar a tan afligente situación la ven en sus nuevos vecinos, los Lipton, de los cuales Cathy tiene la esperanza de que el rico soltero Edgar (Shazad Latif) venga en su búsqueda, pero no lo hace y es a la larga ella quien debe ir por él irrumpiendo en su mansión con un tobillo lastimado.

Celoso y disgustado, Heatchcliff se marcha, desapareciendo por años. Cuando después de largo tiempo regresa, está convertido en todo un señor acomodado y ella casada con Edgar, por lo que, a modo de venganza, empieza a coquetear con Isabella (Alison Oliver), hermana del anterior, e inicia incluso una relación con ella. Y no quiero contar más, pero digamos que hay encuentros, desencuentros, pasión, engaño, traición, embarazo y una criada chismosa, además de un final trágico.

Versión Lavada

Lo primero que me llamó la atención de esta nueva adaptación es que el título venga en los carteles entre comillas. Podría pensárselo como una forma de resaltar la magnitud icónica de la obra que se está adaptando, pero quizás también (y me inclino más por ello) como un modo de decirnos que se lo hace de manera sumamente libre. No podía esperarse otra cosa, por cierto, viniendo de una directora que se caracteriza por imprimir a sus realizaciones un sello tan personal como provocador.

Para empezar, la película no adapta toda la novela, sino que no pasa de la primera generación.  Hay además personajes que faltan y que en la novela distan de ser secundarios: el hermano de Cathy sin ir más lejos y, desde ya, también su esposa.  Ni siquiera hay rastro suyo durante la infancia de los personajes principales que, dicho sea de paso, es lo mejor del filme  gracias a la gran química que demustran los actores infantiles Charlotte Mellington y Owen Cooper.

Pero hay más diferencias con la novela y algunas sorprenden viniendo de Fennell, pues el guion (escrito por ella misma) deja de lado cuestiones cruciales como el racismo y la marginación. No hay nada aquí, por ejemplo, que haga ver a Heathcliff como distinto, mientras que en el libro suele ser descrito por los demás como “oscuro” o que “parece gitano”. Con ello, la historia queda desprovista de esa ambigüedad que, al no dar precisiones étnicas, ayudaba a visualizar el racismo como un mal general sin perjuicio de cómo el lector pudiese imaginar a Heathcliff.

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Caemos en lo de siempre: el intento por evitar el racismo en el cine cae en la paradoja de que, a veces, como es este el caso, limita el potencial de una novela que, en buena medida, ayudaba a denunciarlo o a tomar conciencia sobre el mismo. Por el contrario, pareciera haberse procurado dar corrección a la historia volviendo más diverso al elenco secundario, particularmente a las criadas, pero como ninguna de ellas sufre en la película discriminación, termina por ser un recurso vacío y solo a fines de cumplir una agenda.

Y el lavado de cara no se agota allí: también la violencia de la historia (uno de los elementos que más polémica levantara al momento de la publicación) es mucho menor que en el libro aun cuando la película está realizada casi ciento ochenta años después y se supone que unos cuantos tabúes se han ya desacralizado. El final es igual de trágico, pero de un modo diferente y menos incómodo…

Era perfectamente esperable de parte de Fennell una versión distinta, pero no que se ciñera a la corrección quitando a la novela todo aquello que Borges definía como “infernal”. La crueldad social, sin ir más lejos… El erotismo, incluso, que parece anunciar desde el comienzo una mayor preponderancia que en el material original, se queda a mitad de camino entre insulsas escenas de sexo y un sadomasoquismo que no termina siquiera de verse como tal.

Es verdad que todo ello podría dejarse de lado si al frente de la historia tuviéramos una pareja de química convincente y un guion atractivo. Pero ni siquiera: los diálogos son mucho menos interesantes que los de la novela y si bien Margot Robbie aporta su habitual oficio para componer un personaje sólido y creíble, no ocurre lo mismo con Jacob Elordi, un buen actor desperdiciado, en buena medida por lo vacío e insulso que se ha dejado a su personaje: nunca termina de encajar ni, menos que menos, generar química. Su versión infantil lo hace mucho mejor…

Aciertos que no alcanzan

¿No hay nada pues para rescatar de la película? Sí lo hay y no es solo la actuación de Robbie o las de los niños que interpretan a los personajes en su infancia. Si hablamos de actores, son para destacar también Shazad Latif y Alison Oliver. Y la estética es verdaderamente asombrosa, con una increíble fotografía a cargo de Linus Sandgren y una paleta de colores que deja sin aliento, más allá de que algunas escenas que involucran a Robbie parecieran presentarla más como una princesa Disney que una muchacha victoriana.

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El diseño de producción y el vestuario son igualmente magníficos, aun cuando algunas ropas parecieran más del siglo XIX que del último cuarto del siglo XVIII en que se supone que la historia transcurre. Y la música de Anthony Willis aporta lo suyo con impresionantes secciones de cuerdas, a veces nostálgicas, a veces trágicas y otras suspendidas en notas estiradas como si algo terrible estuviese a punto de suceder. Lo que no me convence es la irrupción de canciones más contemporáneas (Peaky Blinders sigue creando escuela), particularmente de Charli XCX, que no pegan con el clima ni el contexto de época.

Incluso el final es emocionante (quizás porque vuelven a aparecer los factores infantiles), pero ya para ese entonces es algo tarde. Cumbres Borrascosas acaba siendo una adaptación con menos ambición de la que podría haber tenido a la luz de previos trabajos de la directora. Siempre es loable querer contar algo distinto, pero el problema es que aquí se lo hace de tal modo que se priva a la novela de lo que la hacía justamente diferente y, por el contrario, se la termina acercando impensadamente a una historia de amor más convencional de estilo Outlander.

Si sirve para que alguien revise la novela original, bienvenido sea. Y no estaría mal tampoco echar ojo a alguna de las previas adaptaciones, por qué no en esta misma sección. Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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