Revisitamos hoy Empire Records (1995), película de Allan Moyle que, en clave de comedia dramática y a pesar de su mala respuesta en crítica y taquilla, se volvió con el tiempo icónica y dio pantalla en los noventa al crepúsculo de las tiendas de discos, a la vez que lanzó a toda una joven camada de nuevas estrellas, entre ellas Liv Tyler y Renée Zellwegger.
Bienvenidos a un nuevo retro-análisis, hoy para hablar de una de esas tantas películas que, ignoradas por el público o destrozadas por la crítica en su momento, terminaron sin embargo convirtiéndose luego en filmes de culto icónicos de su época. Tal es el caso de Empire Records, estrenada en septiembre de 1995 con dirección del canadiense Allan Moyle y guion de Carol Heikkinen.
Ambos tenían el aval de sendos éxitos juveniles a cuestas, el primero como director de la aclamada Pump up the Volume (1990, conocida en España como Rebelión en las Ondas) y la segunda como escritora de Esa Cosa llamada Amor (1993), última película en que actuara River Phoenix antes de su muerte.
Eran años de generación X y se advertía en títulos como los mencionados o, por nombrar antecedentes más directos, Bocados de Realidad (Reality Bites, 1994) y Fuera de Onda (Clueless, 1995), como también años de MTV, de rock alternativo y de música grunge o indie, una veta que el cine no podía desaprovechar y a Heikkinen se le ocurrió la idea de contar una historia en el estilo de Car Wash (1976), pero en una tienda de discos en lugar de un autolavado.
Se valió para ello de sus propias experiencias trabajando en el local de Tower Records de su universidad, al punto que algunos nombres de personajes eran los de compañeros suyos de trabajo e incluso fue allí donde tuvo lugar la historia, recreada en el filme, del joven que fue a robar dos veces en el mismo día.
Heikkinen le mostró el guion al productor Tony Ludwig, de quien había sido compañero en la secundaria; este a su socio Alan Riche y este, a su vez, al presidente de Regency, que finalmente se hizo cargo del filme dejando la distribución en manos de Warner, aunque las presiones de esta última sobre el guion se hicieron sentir durante todo el rodaje y no para bien.
Sin ninguna gran estrella al frente, se recurrió mayormente a un elenco de figuras emergentes. Rory Cochrane venía de protagonizar Jóvenes Desorientados (1993), comedia de tibio paso por las salas cinematográficas, pero con críticas mayormente positivas. Renée Zellwegger, para entonces una desconocida, había hecho también un pequeño papel en dicho filme y era pareja del anterior, lo que torna fácil adivinar quién la trajo.
Liv Tyler había hecho hasta entonces apenas una película, pero se había ganado un lugar en los medios y el ambiente musical como “hija perdida y súbitamente aparecida” de Steven Tyler e incluso protagonizado junto a Alicia Silverstone el videoclip de la canción Crazy, de Aerosmith, que les valió a ambas buena fama como “chicas de moda”.
Y Johnny Whitworth, que en la película es su perdido enamorado, venía de Bye Bye Love, comedia romántica de discreto suceso, pero el gran detalle es que su enamoramiento de Liv (no correspondido, al igual que en la película) era real, aunque el actor Maxwell Caulfield (que interpreta a un cantante pasado de hora) dijo que en realidad estaban absolutamente todos enamorados de ella.
Robin Tunney venía de esporádicos papeles en episodios de series televisivas, pero nada muy resonante y fue elegida por encima de Angelina Jolie que, paradójicamente, ganaría el Oscar años después por un papel parecido. Los productores cuestionaron a Tunney ser demasiado atractiva para sociópata suicida y ello la llevó a raparse la cabeza, tal como hace en una de sus primeras escenas.
Ethan Embry ya tenía varias películas juveniles a cuestas, aunque ninguna de gran éxito. Y caso particular el de Coyote Shivers, en primer lugar porque su personaje estaba pensado para Billie Joe Armstrong, cantante y líder de Green Day, con quien no hubo forma de conciliar agenda. Pero también porque tenía casi treinta años y, favorecido por su aspecto juvenil, mintió la edad para poder estar en el filme, lo cual le descubrieron cuando ya era tarde. Y la cosa no termina: además, y siendo solo doce años mayor que Liv Tyler, era su padrastro por estar casado con la ex-playmate Bebe Buell, madre de la joven actriz.
Entre los adultos (los de verdad que no mentían la edad), el australiano Anthony LaPaglia era quien más pergaminos acreditaba, con una larga experiencia ya a sus espaldas y habiendo actuado respectivamente a las órdenes de grandes directores como Michael Mann, James Ivory o Joel Schumacher en títulos como Hunter (1987), Esclavos de Nueva York (1989) o El Cliente (1994). Y el ya mencionado Maxwell Caulfield era por entonces un actor británico instalado en Hollywood que venía de dos comedias de discreta taquilla: Grease 2 (1982) y Sueños Eléctricos (1984).
La Historia
La trama principal tiene lugar en una ficticia tienda de discos de Baltimore llamada justamente Empire Records. Allí trabajan varios jóvenes bien de “generación X”, sobre los cuales se cierne un futuro laboral incierto al estar el local a punto de ser adquirido por una gran corporación llamada Music Town, obvia referencia a Tower Records.
Uno de ellos es Lucas (Rory Cochrane), a quien el gerente Joe (Anthony LaPaglia), encarga un día y por primera vez el cierre de la tienda, lo que le lleva a urdir un plan descabellado para conseguir el dinero que salve a la misma y que consiste en dirigirse a Atlantic City para jugar completo a los dados el monto de la recaudación (unos nueve mil dólares).
Pero después de un afortunado primer tiro en el cual logra duplicar, redobla la apuesta para cuadruplicar y lo pierde todo. Al volver con las malas noticias, todos están en problemas: Lucas por no tener el dinero de la recaudación que le pide Joe, este por no poder pagar sus deudas al propietario de la tienda y los compañeros de Lucas por no saber qué hacer para salvar la misma.

La idea más a mano es buscar explotar al máximo el “día de Rex Manning”, evento dedicado a un cantante en decadencia y sex-symbol trasnochado a lo Tom Jones que visitará al local para firmar autógrafos a sus admiradoras que, como él, han conocido mejores días.
Pero las complicaciones siguen cuando un adolescente que se hace llamar “Warren” (por Beatty, pero nunca conocemos su verdadero nombre) es atrapado robando discos y, liberado poco después por menor, vuelve a irrumpir con idéntico objetivo, pero esta vez armado. Y si con todo ello no fuera suficiente, los jóvenes deben lidiar con sus propios conflictos, ya sea entre sí o internos, pues cada uno tiene particularidades bien distintivas…
. Lucas (Rory Cochrane) tiene buen corazón, pero es emocionalmente desapegado y toma decisiones de manera inconsulta, lo cual le mete en embrollos como el de la recaudación, que dispara la trama.
. Corey (Liv Tyler) es la chica perfeccionista, de buenas notas y presionada familiarmente, además de ser virgen, situación que espera cambiar acostándose con el tal Manning.
. A.J. (Johnny Whitworth) , artista, romántico y eterno enamorado de Corey, pero no sabe cómo decírselo.
. Gina (Renée Zellwegger) es aparentemente segura e independiente, pero basa esa seguridad en su conducta promiscua y la permanente necesidad de aprobación masculina.
. Debra (Robin Tunney): depresiva y automarginada, dice no tener hace años contacto con su madre e incurre cada tanto en conductas suicidas.
. Mark (Ethan Embry) es el más excéntrico, adicto e hiperquinético, como también quien aporta los momentos cómicos llegando a veces a la insoportabilidad.
. Berko (Coyote Shivers) es el punkie con aspiraciones de músico, personaje que, como ya hemos dicho, estaba originalmente pensado para Billie Joe Armstrong.
Poco a poco, y a pesar de sus roces, irán aprendiendo a conocerse y valorarse entre sí para formar un equipo que potencie las diferencias en lugar de reprimirlas y salvar a Empire Records.
Retrato Juvenil a Mitad de Camino
Los años noventa fueron en gran medida de desencanto para las nuevas generaciones. Sin eso, no se puede entender Empire Records. Ni el “flower-power” de los sesenta, ni el manierismo de los setenta, ni el culto al éxito de los ochenta encajaban en el sentir de los jóvenes y ello explica el fenómeno de la música indie, alternativa o grunge. Esta es una película que no se entiende sin ese desencanto, como tampoco sin esa música. Y que la historia transcurra mayormente en una tienda de discos no es dato menor…
La trama que se desarrolla en menos de veinticuatro horas y si no la he incluido en mi listado de las mejores películas que transcurren en un único día o noche, es porque no me parece justamente de las mejores. Pero tampoco es un desastre: es cierto que fue masacrada por la crítica en su estreno y un fracaso rotundo en taquilla (300.000 dólares contra un costo de diez millones), pero se convirtió con el tiempo en filme de culto e impulsó varias carreras actorales aún jóvenes, lo cual no es poco mérito.
El éxito y las buenas críticas recogidas unos meses antes por Clueless presagiaban un buen escenario para el estreno y, más aún, el antecedente del director con Suban el Volumen. ¿Qué falló? Difícil decirlo y probablemente no haya una única respuesta, pero es cierto que los cambios de estrategia de último momento y las deficientes campañas de promoción no ayudaron. La película acabó estrenada en apenas cuatro centros comerciales y en solo ochenta y siete salas contra las más de mil pautadas originalmente.
Es posible que el patrón étnico casi exclusivamente anglosajón del elenco no permitiera una identificación más amplia de parte de los jovenes, lo mismo que el universo indie o el de las tiendas de discos, más afines a la juventud blanca. Pero Reality Bites, con idénticas características, funcionó, lo que nos hace caer en la cuenta de que a veces las explicaciones mueren y no se entienden las diferencias entre casos.

También puede ser que buena parte del humor de la película escapase a un público más amplio, como cuando durante los créditos finales dos de los personajes discuten si es mejor Primus o Pixies. Decodificar allí la gracia implica una cierta compenetración con ese universo que hace que el chiste pueda no ser gracioso si no se la tiene.
Quizás ello llevó, tras las primeras reacciones en preestrenos, a descartar escenas e intensificar los momentos de humor más simple y directo, ese que tan bien, por ejemplo, funcionaba en Clueless. El resultado acabó en una mezcla de drama generacional y comedia pasatista que difícilmente podía cuajar.
Y a ello hay que sumar las poco felices injerencias de Warner, que quería una película apta para mayores de trece años, llevando ello a eliminar escenas, palabrotas y referencias a las drogas, a pesar de lo cual el guion se las apañó para filtrar alguna alusión a anfetaminas y hasta un brownie de marihuana, lo que disgustó a los estudios y puede haber tenido que ver con la mala promoción brindada.
Todo ello deviene en que la juventud representada no se vea del todo creíble, pues así como no se entiende la película sin los noventa, tampoco se entienden los noventa sin drogas duras como la cocaína, borrada del guion original. Y no deja de ser extraño que Mark, tras ingerir el brownie y en escena muy Spinal Tap, se vea a sí mismo en el televisor junto a la banda Gwar mientras es engullido por un monstruo clase B. Alguien debería haberles dicho que la marihuana no es LSD y que puede distorsionar nociones de espacio y tiempo, pero no provocar alucinaciones.
Por otra parte, Heikkinen y Moyle se muestran erráticos en decidir qué historia contar. El comienzo promete algo que luego se diluye, pues cuando vemos a Lucas viajar en moto a Atlantic City y observar con tristeza los letreros luminosos de las grandes corporaciones (por allí pasa uno de Trump Plaza, por ejemplo), la sensación es que la temática de la película girará en torno a ello como eje central.
Pero la absorción de la tienda de discos por parte de Music Town es algo que aparece de manera esporádica y opacado por los conflictos adolescentes y desencuentros amorosos sin que haya algo que cohesione todo. Y lo que podría haber sido un interesante retrato de la desencantada juventud de los noventa, termina siendo por momentos una comedia pasatista que remite a sitcom televisiva y con gags del estilo Beavis y Butt-Head o El Mundo de Wayne (1992).
La cuestión es que las malas críticas arreciaron y no había forma de que el boca a boca compensase lo limitado de la cantidad de salas en que se estrenó: más bien terminó ayudando a su hundimiento…
Un Elenco que cumple
El intento por llegar a la generación MTV está claro en la elección de Tyler, que en los créditos aparece bastante rezagada, pero en el póster de manera central y convirtiéndose con su falda a cuadros en la imagen de la película. Hay que decir, de todas formas que, más allá de su obvia belleza o del éxito que pudiera llegar a tener en el público adolescente gracias a los videoclips, Liv hace un gran trabajo y vuelve hipnóticas las escenas que la involucran, especialmente en sus interacciones con Zellwegger, de las que sale más que bien parada.

El personaje tiene mucho de sí misma y de la historia personal con su madre que, como ex groupie, se llevaba a la cama cuanta estrella de rock se le cruzara, entre ellas el padre de Liv. En el filme, Corey, sueña acostarse con Rex Manning pero, después de decepcionarse con él, quien lo termina haciendo sin prejuicio alguno es Gina, por lo que el contrapunto entre ambas remite al de Liv con su propia madre que, al igual que su amiga/rival en la película, fundaba su seguridad en la promiscuidad y el sexo fácil.
Por cierto, Zellwegger está también impecable y ello no sonaría extraño hoy en día, pero aquí ya mostraba a las claras el pedazo de actriz que terminaría siendo. Y a riesgo de sonar como “diario del lunes”, hay que decir que cada escena suya demuestra que está para cosas grandes.
Siguiendo con las mujeres, Robin Tunney compone de manera solvente y creíble a una adolescente turbada y suicida, en tanto que, del lado masculino, Rory Cochrane encarna a la perfección la ambigüedad moral de quien se preocupa por salvar su lugar de trabajo, pero no se cuestiona si apostar a los dados dinero ajeno es la forma más ética de hacerlo. “¿Me harán responsable por esto?”, se pregunta frunciendo el ceño…
Maxwell Caufield está genial como divo decadente y no deja de ser un gran chiste que su nombre de pila sea el mismo que el del personaje. Y Anthony LaPaglia está tan bien como siempre componiendo a un jefe que es pura empatía y ve a sus empleados como parte de una familia. Podrá discutir e incluso tomarse a golpes con alguno de ellos, pero nunca despide a nadie y hasta es capaz de dar trabajo a quien viene a robar. No sé si habrá muchos jefes así, pero representa en la historia una especie en extinción ante los avances del frío y despersonalizado capitalismo corporativo.

Una rareza sobre el elenco: en los créditos finales aparece Tobey Maguire, un absoluto desconocido al que le faltaban siete años para ser Spider-Man (2002). Pero no aparece en toda la película ni hay rastro del tal Andre, personaje al cual se supone que interpreta. Parece que, presa de adicciones y episodios psicóticos, pidió al director retirarse del rodaje y las pocas escenas con él ya filmadas terminaron eliminadas, aunque su nombre haya permanecido en los créditos. Hubiera sido otra figura emergente para agregar a la lista…
La Música
No se puede no hablar de la banda sonora. Empire Records es una de esas películas que fracasaron en taquilla, pero el disco con la música fue un éxito en ventas. Vendió, de hecho, más de dos millones de copias (una en mi poder), cifra que supera claramente la cantidad de gente que vio el filme en los cines.
La clave, seguramente, estuvo en dos canciones que consiguieron ranquear alto en los charts de singles y que fueron Til´I hear it from You, de los Gin Blossoms (una de las dos compuestas especialmente para la película) y A Girl like You, del escocés Edwyn Collins. Pero la música tiene en el filme una presencia tan importante que incluye cincuenta canciones, de las cuales en el álbum solo quedaron quince. De haber tenido la película más éxito, se podría haber lanzado una segunda edición doble.
Además de los mencionados, suenan muchos artistas representativos de la época como The Cranberries, Cracker, Toad the Wet Sprocket o Better than Ezra y el propio Coyote Shivers aparece interpretando la canción Sugarhigh. Entre las que quedaron fuera del álbum, hay piezas previas a los noventa como Video killed the Radio Star (The Buggles), Romeo and Juliet (Dire Straits) o el clásico Hey Joe, aunque no en la versión original de Billy Roberts ni en la que después hiciera famosa Jimi Hendrix, sino en un cover más noventero por The Dirt Clods.
Cada canción aparece en el momento justo y con la letra haciendo consonancia con la trama, mientras que la música incidental, a cargo de Brian Reeves (más ingeniero de sonido que músico) es casi inexistente y aparece solo en momentos esporádicos para conectar escenas.
Además de la de los Gin Blossoms, la otra canción especialmente compuesta para el filme es la que interpreta Maxwell Cauldfield, cuyo título es Say no More (Mon Amour) y para la cual incluso se filmó un completo videoclip de más tres minutos (!!!), de los cuales en la película aparecen solo unos segundos, y en el que se ve al actor moverse entre dos voluptuosas coristas en plan sexy deliberadamente cutre.
Por cierto, el culto retro a la película hizo que los fans establecieran el 8 de abril como «día de Rex Manning«, ya que esa es la fecha que se lee a la entrada de Empire Records anunciando la presencia del ficticio artista… ¡Y se sigue celebrando! Una fecha, por cierto, que fue elegida originalmente como homenaje a Kurt Cobain, por ser ese el día en que se conoció la noticia de su muerte (no el día en que falleció).
Y si hablamos de música, los pasos de baile de Corey y Gina acabaron volviéndose icónicos, lo mismo que el show final sobre la terraza de la tienda de discos que, aunque evidente homenaje a los Beatles, se volvería emblemático en sí mismo, al punto de ser tributado en la serie Riverdale (aquí los análisis de un servidor), con la banda de Archie actuando sobre la terraza de Pop´s (temporada 4, episodio 17). Y en cuanto a la alucinación de Mark, fue filmada durante un verdadero show de Gwar.
Valoración y Legado
El principal aporte de Empire Records ha sido su carácter de semillero por el elenco juvenil que lanzó. De Renée Zellwegger casi ni hace falta hablar, al punto no solo de haber sido oscarizada dos veces, sino también de ser hoy en día de las pocas actrices que ha ganado los cuatro galardones principales de la industria cinematográfica (Oscar, Globo de Oro, BAFTA y Premio del Sindicato de Actores). Jerry Maguire (1996), El Diario de Bridget Jones (2001), Cold Mountain (2003) y Judy (2019) son solo algunas de sus actuaciones consagratorias.
Sin tanto brillo ni nombre, Rory Cochrane desarrolló también una sostenida carrera que llega hasta nuestros días, habiendo estado en la oscarizada Argo (2012), así como en Enemigos Públicos (2009), Hostiles (2017) o El Estrangulador de Boston (2023), además de sus participaciones televisivas que incluyen cincuenta episodios de CSI: Miami (2002-2007).
Aún más en sombras, Ethan Embry tiene también una larga trayectoria, que incluye las siete temporadas de Grace and Frankie y su reciente participación en el filme Scream 7 (2026). Y Robin Tunney se alzó con el premio como mejor actriz en el Festival de Venecia por su actuación en Niágara, Niágara (1997) y, en televisión, interpretó a Teresa Lisboa en las siete temporadas de El Mentalista y a Veronica Donovan en Prison Break.
El de Liv Tyler es el caso más irónico, sobre todo al comparar su carrera con la de Alicia Silverstone, su compañera en aquel videoclip de Crazy. Pues el mismo año que Liv actuó en Empire Records con fracaso estrepitoso, Alicia protagonizó Clueless, con éxito rotundo. Y sin embargo, los caminos de allí en más serían lo contrario: ascendente para la primera con títulos como Belleza Robada (1996), The Wonders (1996) y Armageddon (1998), además de, por supuesto, la trilogía de El Señor de los Anillos (2001-2003); de caída para Alicia, cuya carrera quedaría prácticamente sepultada con Batman y Robin (1997, aquí retro-análisis).
Empire Records no es una gran película, pero tampoco el desastre que pintaron en su momento. Y si con el tiempo adquirió valor de culto se debe fundamentalmente a que, aun con sus defectos, retrató un mundo que quizás no éramos en aquellos años conscientes de estar perdiendo: el de las tiendas de discos, esas en las que de jóvenes todos soñábamos con trabajar, pues nada podía parecerse más al paraíso que estar todo el día escuchando a nuestros artistas favoritos y que nos pagaran por ello.
El impacto de las grandes corporaciones fue grande y devastador para quienes amábamos la música. De pronto nos encontrábamos con locales de dimensiones ciclópeas y empleados que no tenían la menor idea sobre lo que les estábamos preguntando. Y a ello siguió, años después, el boom de consumir música de manera digital por internet, ese mismo que, según Gene Simmons, mató al rock, aunque, de manera más amplia, podríamos decir que le dio, en general, acta de defunción a toda la música envasada.
Es por ello que ver Empire Records nos despierta hoy algo distinto de lo que nos pueda haber generado en aquel momento y, si bien es cierto que la película pudo haber sido más de lo que fue (lo cual se debió tanto a problemas propios como ajenos), no cabe duda de que se convirtió en el filme icónico por excelencia sobre tiendas de discos y, no por nada, dio lugar hace dos años a un musical de Broadway que, con libreto de la propia Hikkinen, volvió a recrear la historia que cuenta el filme, pero esta vez con gran éxito de público y crítica…
Empire Records no es en definitiva una película formidable pero sí, extraña y paradójicamente, inolvidable. ¿Parece una contradicción? Pues la vida está llena de ellas y el cine también. Hasta la próxima y sean felices.



