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Retro-análisis: Yo, el halcón, desbordando épica ochentera

A veces, rebuscando en el streaming, te encuentras auténticas joyas que han sido injustamente olvidas y menospreciadas. Una de esas joyas, escondida en el canal MGM de Amazon Prime, es la película que nos ocupa, Yo, el halcón, un auténtico clásico a reivindicar más por su carácter ochentero que por ser una obra maestra del séptimo arte.

A pulsos por la vida

Yo, el halcón narra la historia de Lincoln Hawk (Sylvester Stallone), un camionero que abandonó a su mujer y a su hijo años atrás. Ahora su mujer moribunda le pide que recoja a su hijo de la academía militar donde lo mandó su abuelo, ese abuelo malvado (que hay que ser mala gente para mandar a un niño de doce años a la mili) encarnado por Robert Loggia (jamás te lo perdonaremos, Robert Loggia, que intentases separa a un hijo de su padre. Jamás) y que se den un paseo por esas carreteras de Estados Unidos, aprovechando para reconciliarse.

Sin embargo todo acabará en tragedía. Ella muere, su hijo le culpa de no haber podido despedirse de su madre y el abuelo malvado y millonario aprovecha que Hawk, un perdedor, un paria, un mal padre, perdió los estribos y estampó el camión contra la entrada de su mansión, para obligarle a abandonar el Estado. Pero no todo está perdido para Lincoln Hawk, que viajará a Las Vegas para participar en el Torneo Muncial de Pulsos, ganarlo, recuperar el amor de su hijo y ya de paso conseguir un camión más molón. “Yo estoy en esto por el camión”, dice el buenazo de Lincoln en las entrevistas del torneo. Sólo le faltó decir: “el resto me la pela”.

Gloria y épica al estilo de los 80

Amigos, esto es épica y lo demás son cuentos. Épica ochentera, eso si. Esto no es Gladiator, ni Vengadores: Endgame, ni nada por el estilo pero es lo que mamábamos en la década prodigiosa y todos, absolutamente todos, nos la creíamos a pies juntillas. Revisar en retrospectiva Yo, el halcón como si fuese una película que en algún momento hubiese aspirado a ganar un Oscar, como hace en Espinof un joven imberbe que seguía enganchado al chupete cuando se estrenó, es no enterarse de nada.

Lo primero a destacar es la traducción en España del título original, Over The Top, por Yo, el halcón. No se quién tuvo la idea pero merece todos nuestros respetos porque ya intuyó de qué iba la cosa. Y es que cualquier título que sea “Yo, algo” ya suena épico, glorioso. ¿Y acaso no es épica la historia de un padre que quiere recuperar a su hijo, reconociendo sus errores y enfrentándose al mundo en general y al malvado abuelo en particular?

Porque estamos ante una historia universal de lucha y superación. Todo en Yo, el halcón te dice que estamos ante el over the top más over the top que puede haber. Ese Stallone surcando las carreteras con ese camión que todos quisiéramos conducir, con ese adorno molón en forma de halcón, ese primer pulso en el bar de carretera,… Y la gorra, amigos. No nos olvidemos de ese giro de gorra. Cuando Stallone se giraba la gorra sabiámos que ahora si que si, que el mamarracho que tenía enfrente la había cagado pero bien, que le iba a doblar el brazo y lo iba a dejar para el arrastre.

Para rematar tanta épica, en Cannon, esa productora ochentera a la que nunca le agradeceremos lo suficiente que retratase la década tal cual era, optaron por llenarlo todo de canciones a cada cual más épica. Y si había un compositor adecuado para los ochenta ese era Giorgio Moroder, autor ganador del Oscar por What a Feeling de Flashdance y por el Take My Breath Away de Top Gun, compositor de The NeverEnding Story de Limahl, de la banda sonora de El Precio del Poder y que en Yo, el halcón se encarga de la música de todas las canciones de la banda sonora. Posteriormente nos recopilaban esas canciones en un disco o en un casette y corríamos como locos a grabarlos.

En Yo, el halcón hay todo lo que en la época tenia que haber en lo que a música se refiere: composiciones marchosas, repletas de pianos, sintetizadores y saxofones y, además, baladas. Qué digo. Baladas, no. Baladones repletos de “uooo uooo”, baladones de esos que se te meten en la cabeza y que si te los pones en Spotify mientras haces cualquier cosa parece que te vas a comer el mundo, aunque estes bajando la basura en gayumbos. A destacar Meet Me Half Way y In This Country.

Vale, si. Me diréis que la historia es simple, que la realización de Menahem Golam – mandamás de Cannon – era plana y sin pretensiones, que la película fue vapuleada por la crítica y que Stallone ganó el premio a peor actor del año. El propio Stallone llegó a declarar que “No fue una buena experiencia. Fue algo que no debí haber hecho. Me tomó en un momento de debilidad. Había mucho dinero de por medio. En ese entonces yo creía que podía hacer que cualquier cosa funcionara. Fue una tontería”. A lo que yo digo: a ver, Sly, ¿y en que momento te pareció que era buena idea hacer Oscar, ¡quita las manos! o Alto, o mi madre dispara?. No reniegues de una tus mejores películas.

Si recomendamos Yo, el halcón no es tanto por sus virtudes artísticas (que las tiene; la película tampoco es un desastre) si no más por ejemplarizar una época, los 80, y el espiritu de esa época. Que ahora parece que todo eran Indianas Jones, películas de Star Wars, los Goonies y Regresos al futuro cuando, en realidad, había más películas como esta y nos las tragábamos en VHS como si no hubiese un mañana. Y es que estaba todo impregnado de una sencillez flipada que era imposible no querer (gracias por la frase, Raúl Sánchez).

Las virtudes de Yo, el halcón están en su sencilla trama, en creer que esa trama podía llegar a los corazones de la gente rozando una épica que la figura de Sylverter Stallone arrastraba desde Rocky (porque la escena final, con su hijo en brazos levantando el trofeo, retrotrae si o si al final de Rocky) y envolviendolo con música, rostros desencajados de luchadores de pulsos, villanos de opereta (ahí les doy la razón a los de Espinof) y una estética digna de su época, la de los añorados, sobrevalorados y flipados 80. Yo estuve ahí y doy fe: Yo, el halcón es pura pornografía ochentera. Un saludo y sed felices.

Pedro Pérez S.
Pedro Pérez S.
Aficionado también al cine, las series de televisión, la literatura fantástica y de ciencia ficción, a la comida, la cerveza y a todas las pequeñas cosas que nos hacen felices.

4 COMENTARIOS

  1. ¡Hola de nuevo! Pues de acuerdo en el análisis. ¿Qué es el cine? Para mí, en primer lugar entretenimiento y ya en segundo vendría el arte, la enseñanza que nos deje, etc. ¿Es “Yo, el halcón” entretenida? Mucho. Y tiene mérito hacer una peli así de amena basada en concursos de pulsos. En los 80 había de todo (bueno y malo) pero para mí es la década más creativa del cine hasta la fecha. A veces me pregunto qué habrían hecho de contar con los medios técnicos de ahora. O quizá esa creatividad se deba al esfuerzo de intentar plasmar aquellas ideas con aquellos medios. En fin, peli muy recomendable para pasar un buen rato y no pensar en nada más mientras la ves. ¡Saludos!

    • Hola Jama_wan. Coincidimos en el concepto de cine. Lo decía Hitchcock, o llenabas la sala o lo que hacías no valía para nada. Yo, el halcón es entretenida pero al igual que sucede con muchas películas, hay que ser consciente de lo que uno ve y del tiempo en que se hizo. Gracias de nuevo por tus comentarios.

  2. Hola Pedro, muchas gracias por tu artículo, esa canción me ha transportado en un retorno al pasado. Que orgullo haber vivido los ochenta en mi adolescencia, la mejor década, la historia de nuestras vidas se resumen allí….

    Ahora soy padre, y quiero que mis hijos tengan los mismos valores que aprendí en una época dorada para la raza humana, sin duda.

    Y esos valores son la esperanza, la fe en las personas, ser valiente antes las adversidades… como los protas de nuestras pelis preferidas.

    Un saludo y sed felices!!

    • Hola Jordi. Hay que ver que poderosa es la música. A mi me transporta el Don’t get me wrong de The Pretenders cada vez que la oigo. Tenía un amigo que fue de los primeros del pueblo en tener equipo de música y me grababa cintas de casette. Esa y el Tunnel of Love de Springsteen. Ahora tienes que explicar a tus hijos que demonios es una casette. Yo también tengo pero lo de los valores ya lo doy por imposible. Entre móvil, instagram y demás “avances” no se yo si conseguiremos que nos paguen la jubilación. Un saludo y se feliz también.

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