James Cameron lleva tiempo avisando de que con su mil veces pospuesta continuación de Avatar va a volver a revolucionar el cine en tres dimensiones. James Cameron dice muchas cosas. Y es que del fenómeno del cine 3D –enemigo mortal de la gente que va al cine con gafas– se pueden decir muchas cosas, pero no que haya tenido una existencia cómoda. ¿De dónde viene y a dónde va el cine en 3d?
Lo que ¿no? puedes ver en casa

La razón por la que podemos creer a Cameron cuando dice que volverá a revolucionar el 3D es que ya lo hizo la última vez que lo anunció: Avatar supuso el último y más poderoso empujón a esta tecnología en la industria del entretenimiento hasta la fecha. No es, en todo caso, una tecnología que pudiéramos llamar nueva: la búsqueda del efecto óptico de la inmersión tridimensional es tan antigua como el propio cine. La primera patente de lo que sería la base de esta tecnología data de la década de 1890, cuando un inventor británico de apellido Friese-Green fue incapaz de desarrollar materialmente una invención que, sobre el papel, permitía proyectar imágenes en 3D a través de un estereoscopio. Este aparato supone la base de toda la innovación posterior: si se proyectan dos imágenes planas de un mismo objeto, filmadas desde posiciones ligeramente separadas, y dedicamos simultáneamente un ojo a la primera y el otro a la segunda, disfrutaremos la ilusión de estar viendo la película en relieve. La cámara para rodar este tipo de películas, que contaba con las dos lentes incorporadas al mismo cuerpo con una separación de apenas cinco centímetros, facilitó la grabación pero seguía sin solucionar lo poco práctico de proyectar individualmente las películas a través de un visor.
Y la proyección de masas no tardaría en llegar. Lo hizo Edwin S. Porter, uno de los pioneros del cine, a través de la tecnología que superponía imágenes rojas y verdes en una misma gran pantalla, sentando así las bases para el formato de proyección posterior –las famosas gafas de dos colores. La primera película como tal, más allá del puro experimento, proyectada a una audiencia en tres dimensiones fue The power of love, en 1922, para la que se usaron dos proyectores. Después, el formato se estancó. El 3D no resurgiría con fuerza hasta que la televisión comenzó a abrirse paso con la amenaza de sustituir al cine: al igual que con el formato ultra panorámico o las grandes producciones, fue la televisión quien forzó a la industria del cine a desarrollar más rápido una tecnología 3D exclusiva que devolviera la emoción por pisar las salas de cine. Así surge Bwana Devil, la primera película en relieve filmada y proyectada en color. Esta vez, sin embargo, se recurría a una técnica propensa a terminar en errores fatales: dos rollos de película proyectados simultáneamente podían sufrir errores de sincronía que estropearan el efecto, sumando otro hándicap a la ya por sí molesta audiencia, entre jaquecas y mareos producidos por las imágenes recibidas a través de las endebles gafas de dos colores. Tras algunos intentos no demasiado exitosos, el cine encontró en el formato ancho un asidero más confiable en su batalla contra la televisión. El 3D volvía a no ser necesario.
Cameron ve el (momentáneo) filón

El cine en tres dimensiones empezó su lenta resurrección con un cambio importante en su tecnología: el bautizado como Space-Vision facilitó el éxito de las proyecciones permitiendo usar un sólo proyector y ya no dos sincronizados, y una única tira de película que ya incorporaba las imágenes superpuestas. Solucionaba el problema de los fallos de sincronía, sí, pero seguía siendo una tecnología muy cara para la mayor parte de cines (al necesitar una lente especial); más aún cuando no era una tendencia extremadamente popular más allá de ocasiones contadas. En otras palabras: no había nada en el Space-Vision que fomentara que espectadores o productoras desearan disponer de la versión tridimensional de una película frente a la proyección tradicional, salvo que el único propósito de la misma fuera asombrar al espectador con su tecnología. Y una vez más, fue la televisión la que indirectamente obligó a la industria a darle un nuevo intento a un proyecto de 3D más atractivo. IMAX fue el comienzo de la revolución tecnológica que por fin insuflaría de vida al proyecto 3D, gracias a un formato capaz de almacenar muchísima más información y a un estado de desarrollo de la postproducción digital muy avanzado. El resultado: Cameron pudo trastear con la posibilidad de un cine 3D más accesible –que no barato– y un mercado que lo ofreciera como alternativa deseable en prácticamente todas las películas de gran tamaño.
James Cameron supo entender que el 3D vendía como espectáculo, como valor pirotécnico al servicio de una narrativa mínima. Pero también entendió que, integrando la tecnología en una nueva tendencia en la que pudiera disfrutarse el relieve con naturalidad y con la facilidad de la conversión en postproducción, cualquier película podría beneficiarse de ofrecer a su público una versión tradicional y su exacta réplica en 3D, siendo el espectador el que eligiera si deseaba ver una misma película de estreno generalista (no ya películas específicas para el consumo con gafas) de dos formas distintas en función del espectáculo. La televisión intentó adaptarse ofreciendo lo mismo. Hoy, quienes compraran una televisión con opción 3D quizás hubieran deseado que esta tecnología hubiera tenido la buena vida que se prometió.
Futuro o fin de ciclo
El 3D ha vuelto a caer en el olvido. No ha muerto como lo hizo cada una de las veces anteriores a la era IMAX, pero no ha dejado su marca. Sigue habiendo espectadores que continúan eligiéndolo a la hora de acudir al cine, pero no hay ni la afluencia, ni el número de sesiones, ni la expectación que llegó a generar hace no tanto. El 3D es rutina, y ni siquiera lo es siendo el nuevo estándar. Lo que Cameron concibió como una innovación a la altura del sonido o el color para el cine, ha vuelto a pasar a un segundo plano. Si creemos sus palabras, puede que la nueva trilogía de Avatar repita el logro de su predecesora –cero contenido, todo innovación tecnológica– devolviendo al cine en tres dimensiones a la primera línea. Hasta entonces, podemos darlo por muerto.



