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Retro-Análisis: El Gigante de Hierro (1999), a veinticinco años de su estreno

Hay filmes que no funcionan en taquilla o son infravalorados en su momento, pero que con el tiempo terminan revalorizados y calando hondo en el público. Tal el caso de El Gigante de Hierro (The Iron Giant, 1999), bella fábula animada de Brad Bird que, inspirada en un relato infantil del poeta británico Ted Hughes, relata en el contexto de la guerra fría la historia de amistad entre un niño de nueve años y un robot de quince metros llegado del espacio. En el mes en que se cumplen veinticinco años de su estreno, hacemos repaso…

Bienvenidos una vez más a nuestro retro-análisis, hoy para hacer repaso de otra joya animada de ciencia ficción infravalorada al momento de su estreno, pues así como algunas semanas atrás dedicáramos esta sección a El Planeta del Tesoro, innovadora maravilla de los estudios Disney basada en la inmortal novela La Isla del Tesoro (aquí artículo), hoy es el turno de El Gigante de Hierro, de cuyo estreno se están cumpliendo en estos días veinticinco años y que también hunde sus orígenes en la literatura.

El Gigante de Hierro está basada en una novela corta (poco más de cincuenta páginas) del escritor británico Ted Hughes, reconocido poeta también famoso por sus relatos infantiles, como es el caso justamente de El Hombre de Hierro (The Iron Man), tal el título original del que da pie a esta película. Y así como Robert Louis Stevenson había concebido La Isla del Tesoro para su hijastro, también hay en El Hombre de Hierro un componente familiar y doméstico, pues Hughes lo escribió para que sus hijos pudieran sobrellevar el terrible suicidio de su madre.

La novela fue publicada por primera vez en 1968 y llevó en Estados Unidos el título El Gigante de Hierro, pues The Iron Man entraba lógicamente en conflicto de derechos con el personaje creado para Marvel por Stan Lee. La historia giraba en torno a la amistad entre un niño y un gigante metálico que, salido de la nada, se alimentaba a base de maquinaria agrícola y que, visto inicialmente por los granjeros como una ignominia, terminaba ganándose el aprecio de ellos e incluso del planeta al salvar a la Tierra de la amenaza de un dragón espacial tan grande que con su cuerpo podía cubrir Australia completa.

En 1989 el músico Pete Townshend (cerebro y líder de la legendaria banda The Who) editó un álbum conceptual basado en la novela que, llevado luego a puesta teatral en formato de ópera rock, motivó el interés de Des McAnuff, quien ya había adaptado para teatro Tommy, icónico álbum que The Who editara en 1969 y que tuviera su propia película con dirección de Ken Russell.

McAnuff vio, justamente, la posibilidad de adaptar El Hombre de Hierro a la pantalla y llevó la idea a Don Bluth, exitoso animador que había pasado por las filas de Disney para después, bajo auspicio de Steven Spielberg, ser responsable de las exitosas Fievel y el Nuevo Mundo (1986) y En Busca del Valle Encantado (1988).

Bluth rechazó el proyecto, pero desde Warner mostraron interés y quisieron para la dirección a Brad Bird, animador que, salvo cortos, no tenía todavía experiencia como director, pero había trabajado para Disney en El Zorro y el Sabueso (1981) y para Fox en Los Simpson y Family Dog, además de haber sido en live action guionista de Nuestros Maravillosos Aliados (1987), otra historia relacionada con misteriosas y queribles criaturas mecánicas llegadas del espacio.

Y así como una tragedia familiar había inspirado la novela original, también Bird venía de la suya, pues su hermana había sido muerta a tiros por su propio esposo y la devastación que en ese momento le afectaba hizo para él particularmente atractiva una historia pacifista y contraria al uso de armas. Bird trajo como guionista a Tim McCanlies y la idea ya no fue adaptar el musical de Townshend, sino crear una adaptación completamente nueva desprendida de la música y desplazando la historia desde Inglaterra a Estados Unidos en el contexto de los años cincuenta y la guerra fría.

Ni a Hughes ni a Townshend les molestó. El escritor quedó encantado con el guion, aunque el cáncer que lo afectaba, lamentablemente, no le permitió llegar a ver el estreno; en cuanto al músico, se mostró también complacido con los cambios y hasta aceptó ser parte del filme como productor ejecutivo.

Una constelación de estrellas fue contratada para hacer las voces de los personajes, recayendo respectivamente sobre Vin Diesel, Eli Marienthal y Jennifer Aniston las del gigante, el niño y su madre. Christopher McDonald, por su parte, tiene a su cargo la del odioso agente del gobierno que anda tras el robot, en tanto que el recientemente fallecido M. Emmet Walsh participa brevemente prestando la suya al pescador que lo ve por primera vez. Como detalle adicional y en homenaje al escritor por su reciente muerte, el niño Hogarth, que no tiene apellido en la historia original, pasa a apellidarse Hughes.

Pero a contramano de todo ello, el interés de Warner en la película se fue diluyendo debido al fracaso de La Espada Mágica: En Busca de Camelot (1998), que desalentó la posibilidad de abrir, como se quería inicialmente, una serie de películas animadas que compitiera cabeza a cabeza con Disney. Los recortes de presupuesto se hicieron entonces sentir y el filme acabó rodándose con cincuenta millones de dólares, lo cual no consitutuye un gran desembolso para una producción de ese tipo, pero a su vez ello hace que lo logrado por Bird sea todavía más increíble y admirable…

La Historia

Estamos en 1957. Es plena guerra fría y los rusos acaban de poner el Sputnik en órbita mientras en los Estados Unidos cunde la paranoia y los titulares de los periódicos hablan de satélites espías. Un extraño objeto cae del cielo al océano en cercanías de la costa de Maine, siendo único testigo un pescador cuya embarcación naufraga a causa del mismo y habla con vehemencia de un gigante de metal.

En las afueras de la pequeña localidad de Rockwell y junto a su madre Anne vive el pequeño Hogarth, que en plena noche descubre al misterioso y enorme visitante alimentándose de maquinaria rural y otros metales, aunque cuando intenta hacer lo mismo con unas torres de alta tensión, recibe una poderosa descarga eléctrica de la cual le salva a tiempo Hogarth cortando la energía.

El robot gigante, cuyo nombre jamás conocemos, es al parecer un arma llegada del espacio, pero no recuerda nada de su función original. Poco a poco va entablando una relación de amistad con Hogarth a la vez que descubriendo que los seres mueren, lo cual no solo le crea un dilema existencial sino que además no quiere contribuir a ello: en otras palabras, renunciar a su condición de arma…

Pero un paranoico agente del gobierno llamado Kent Mansley anda haciendo averiguaciones y tiene, según dice, certeros datos sobre la presencia del robot, del cual anda a la caza por considerarlo una amenaza enviada por los soviéticos.

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Así, mientras el ejército rastrilla la zona para dar con el gigante de quince metros, la función de Hogarth es esconderlo como pueda y para ello recurre a la ayuda de Dean, un amigo beatnik que, apartado del resto, lleva una vida bohemia y tiene un depósito de chatarra que utiliza para sus obras de arte.

“Eres lo que eliges ser…”

Mientras que en la novela no había ninguna explicación para la irrupción del gigante de hierro, en la película el mismo tiene claramente un origen extraterrestre, siendo probablemente un arma que, desarrollada para la guerra por alguna civilización, desaparecida o no, olvida su función al llegar a la Tierra. De hecho, la historia toda asume en el filme un tono más realista y propio de la ciencia ficción, ya que en la novela el gigante no es tan claramente un robot: no se sabe qué lo mueve y, aunque con quince metros, está más cerca del Hombre de Hojalata de El Mago de Oz.

Las experiencias de su vida en la Tierra llevan al gigante a preguntarse sobre su existencia. El presenciar la muerte de un ciervo (imposible no asociar con el comienzo de Bambi) le hace precisamente tomar conciencia de que la muerte existe, incluso la eventual suya propia. “Es malo matar, pero no es malo morir” intenta consolarle Hogarth buscando que de ese modo asimile la idea de que todas las criaturas cumplen un ciclo en este mundo.

Desde ese momento el gigante no quiere saber nada con matar y el niño le remarca que “un arma puede tener alma”, a la vez que le insiste en que no hay nada escrito acerca de lo que debemos ser, ni siquiera para una criatura mecánica como él. “Eres lo que eliges ser” es la frase que, dicha por Hogarth, resume perfectamente el espíritu de la película y es lo que el niño recuerda al gigante cuando el ataque del ejército en su contra hace que por un momento se reinicien los mecanismos armados que lleva en su estructura. La violencia, queda claro en ese momento, genera violencia y está en nosotros renunciar a ella…

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No se pueden negar, por otra parte, los puntos de contacto con E.T. (1982, aquí retro-análisis). Desde luego que este es uno de esos casos en los cuales se hace difícil determinar cuál es el huevo y cuál la gallina porque la historia de amistad entre el niño y el alienígena (aun cuando nunca quedaba en claro si el gigante realmente lo era) ya estaba en la novela original.

Pero las agencias de gobierno buscando al visitante remiten inevitablemente al filme de Spielberg, como también el momento en que el robot se camufla contra un cartel entre la chatarra del depósito de Dean, de modo similar a cómo E.T. lo hace entre juguetes y peluches. Y también hay una “falsa muerte”…

El mensaje antibélico y pacifista cuadra (por oposición) con el contexto de la guerra fría y la paranoia de los cincuenta, contraponiéndose de manera evidente al estereotipo de muchos filmes de ciencia ficción o terror de esa década en los cuales la amenaza del espacio funcionaba como metáfora del miedo al comunismo o a una (altamente improbable) invasión soviética.

Esa lectura, en su momento, parece haber molestado a algunos nostálgicos del macartismo como el crítico Stephen Hunter que, desde el Washington Post, definió a la película como “tontería de izquierda” y dejó a su reseña un remate casi de parodia: “Supongo que los creadores de El Gigante de Hierro son moralmente superiores al FBI, la CIA, la USAF, la USN y los agentes, soldados y oficiales americanos que lucharon en la Guerra Fría, pero es fácil ser superior cuando tus padres han vencido a todos tus enemigos”. Madre mía: ni que lo hubiera escrito el mismísimo agente Mansley…

Pero contrariamente a lo que podría pensarse, no hace falta conocer el contexto político para disfrutar de la historia, que puede sin problemas ser vista por los niños. ¿Y por qué fracasó entonces? Pues lo analizaremos más adelante…

Una Delicia Retro-Futurista

La película fue básicamente hecha con animación tradicional y una estética que poco y nada tiene que ver con Los Simpson, de donde Bird provenía. Así y todo, los movimientos del gigante de hierro fueron hechos por ordenador y, para que no se notase la diferencia con el resto, se optó por una animación de dos en dos, es decir moviéndolo cada dos fotogramas en lugar de cada uno.

El robot fue diseñado por Joe Johnston, quien había trabajado como director de arte en algunas de las películas más icónicas de las sagas Star Wars o Indiana Jones, además de haber ya hecho para ese entonces armas como director en filmes como The Rocketeer (1991, aquí retro-análisis) o Jumanji (1995): digamos que algo sabía de crear mundos…

El diseño del robot es bastante retro y remite a las portadas pulp de los cincuenta, década en la cual precisamente la película se ubica y, de hecho, toda la estética apunta en tal sentido, desde la paleta de colores (reminiscente de la animación de esa época) hasta la recreación pueblerina que debe mucho al arte de Edward Hopper y Norman Rockwell, no siendo seguramente casualidad que la comunidad en que la historia transcurre lleve el apellido de este último como nombre (y a la vez juegue con Roswell, población de Nuevo México cargada de leyenda sobre visitantes del espacio).

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Pero tampoco es que Bird haya hecho una película como se la hubiera hecho en los cincuenta, pues los años transcurridos desde entonces se advierten y bien. Y no solo nos referimos al ya mencionado diseño por ordenador del gigante de hierro, sino también al retro-futurismo de algunas imágenes que, contrastando al robot con el ámbito rural que le hace de marco, recuerda a las obras del artista Simon Stålenhag, además de advertirse influencia de películas animadas japonesas de los ochenta y noventa, como las que realizara Hayao Miyazaki para los estudios Ghibli, siendo posiblemente Nausicaä del Valle del Viento (1984) o La Princesa Mononoke (1997) las más reconocibles.

La Música

Como antes hemos dicho, las composiciones de Pete Townshend quedaron descartadas. En su lugar, se recurrió al tono clásico y orquestal de Michael Kamen en la que sería su única colaboración con Brad Bird, pues en adelante sería Michael Giacchino el compositor por excelencia en las películas del director. En otra coincidencia con E.T., Kamen no compuso la música en forma sincronizada con el filme, sino como una única sinfonía o suite, de modo semejante a cómo hiciera John Williams para la película de Spielberg.

Para su ejecución, el compositor recorrió toda Europa Oriental en busca de una orquesta que, según propias palabras, sonara “anticuada” (aunque también es cierto que, sin desmedro de su calidad, las orquestas de allí suelen ser más baratas que las de Estados Unidos o Europa Occidental) y finalmente se quedó con la Filarmónica Checa, por lo que la música fue grabada en Praga.

Si bien sufre en parte la ausencia de un leit-motiv o tema principal, la partitura de Kamen es otro de los puntos altos del filme, sonando dramática, nostálgica, triste o épica según los momentos (lo cual significa que la película fue ajustada a la música). Pero además, en otro acierto, Bird sabe cuándo prescindir de la música y dejar que el silencio hable por sí mismo, recurso poco habitual en el cine de animación, lo mismo que la ausencia de números musicales.

La banda sonora, en consonancia con el tono retro del filme, incluye también mucho cancionero de los cincuenta con artistas como Jimmie Rodgers, Jimmie Haskell o The Coasters, lo cual motivó que se editaran dos álbumes diferentes del soundtrack: uno con dicho repertorio y otro con la partitura de Kamen. Como dato curioso, el segundo de ambos incluye una canción que, compuesta por este último, tiene como invitado especial a Eric Clapton, pero no aparece en la película.

Valoración y Legado

A pesar de las críticas mayormente positivas que recogió, El Gigante de Hierro no funcionó en taquilla: en su paso por los cines recaudó poco más de treinta millones de dólares, lo cual la dejó por debajo de los costos, aun con los mismos recortados por Warner.

Y precisamente allí hay que buscar la causa del fracaso: Warner. No tanto por los recortes que, de todas formas y como hemos dicho, no evitaron que Bird hiciera una gran película, sino por la poca o nula promoción que dio al filme tras el fracaso de La Espada Mágica: En Busca de Camelot. Sabido es que no es nada inusual en Warner responder a un tiro en el pie pegándose otro.

Se suponía que el estreno iba a ser acompañado por campañas publicitarias vinculadas a marcas de cereales y comida rápida, pero ello nunca ocurrió: ni siquiera los muñecos a entregar en Burger King llegaron a ver la luz. En cambio, la compañía decidió apostar toda la promoción a Wild, Wild West (1999), que tampoco fue un éxito…

Pero al igual que ocurriría con El Planeta del Tesoro, el tiempo puso las cosas en su lugar y El Gigante de Hierro se fue convirtiendo en un clásico de culto, motivando ello incluso el estreno de una versión remasterizada en 2015.

Y la revalorización del filme llevó obviamente a hablar de una posible secuela, algo de plano descartado por Bird al considerar que la historia está básicamente terminada y que funciona así como está, como una unidad. También circularon el año pasado rumores acerca de un posible remake live action (incluso con un póster), pero todo había nacido a partir de una noticia falsa.

En cuanto a Bird, conocería después el éxito dirigiendo Los Increíbles (2004) o Ratatouille (2007), películas ambas que se hicieron acreedoras del Oscar como largometrajes de animación. También, pero ya en plan live action, fue responsable de la dirección de Misión Imposible: Protocolo Fantasma (2011), cuarta película de la saga protagonizada por Tom Cruise y también exitazo de taquilla.

El Gigante de Hierro es una película que merece un lugar destacado entre las mejores de ciencia ficción que se hayan hecho en animación. Al igual que Titán A.E. (2000), Atlantis: El Imperio Perdido (2001) o El Planeta del Tesoro (2002), es uno de esos títulos que no fue correctamente valorizado en su momento pero al que el tiempo y los fans hicieron justicia.

Una hermosa fábula pacifista sobre la amistad y el poder que tenemos de elegir quiénes queremos ser más allá de lo que los mandatos sociales dicten. Y con un final que, aunque algo agridulce, no deja de ser bello y esperanzado

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Podrá ser de hierro, pero oxidarse jamás. Hasta la próxima y sean felices…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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