Después de un año de espera, llega a Netflix la temporada final de El juego del calamar, la serie que aún hoy en día ostenta el récord de más vista de la plataforma. Esta nueva entrega sirve para cerrar la historia de Seong Gi-Hun (Lee Jung-jae), quien intentará salvar al mayor número de personas posible durante el juego mientras lidia con la culpa de haber liderado, junto a sus compañeros, la rebelión fallida que provocó gran número de muertes, incluidas las de aquellos en quienes más confiaba.
La temporada nos sitúa justo después del final de la anterior, cuando Gi-Hun es llevado de nuevo al dormitorio con los demás participantes. Allí se da cuenta de que le han perdonado la vida y, a partir de ese momento, los juegos se reanudan con normalidad. Destruido emocionalmente por todo lo ocurrido, Gi-Hun continúa participando en las pruebas de forma obligada, dando así inicio al conflicto principal de esta temporada.

El final
Siendo esta la tercera y última temporada de la serie, había grandes expectativas puestas en ella, y no era para menos. Aunque en un principio podía parecer innecesaria, en realidad ha resultado ser una secuela más que digna, que amplía el universo de la serie y rescata lo mejor de la primera entrega.
En este cierre definitivo se aprecia un cambio de tono con respecto a la temporada anterior: mientras que la segunda se centraba principalmente en los juegos y en cómo los personajes lograban sobrevivir, ahora la trama se adentra más en los protagonistas, llevándolos al límite en su lucha por mantenerse con vida.
Este cambio, aunque significativo, funciona sorprendentemente bien. Los juegos en esta temporada no son tan espectaculares ni impactantes ya que, en consonancia con el nuevo enfoque, resultan mucho más personales para los participantes. En lugar de generar tensión a través de la magnitud de las pruebas, se apuesta por el suspense que provocan las decisiones que los personajes deben tomar.
Aunque los juegos pasan a un segundo plano, siguen funcionando, especialmente el primero, que genera la mayor tensión. El juego del escondite se convierte en uno de los más memorables de toda la serie: es un episodio que arranca con fuerza y no se detiene en ningún momento. No hay tregua y se respira una constante sensación de peligro en la que cualquiera podría morir en cualquier instante.
Los juegos siguientes, aunque interesantes, no resultan tan espectaculares. El quinto, en particular, se siente algo precipitado y ocurre demasiado rápido, probablemente porque la mayor parte de los episodios se centra en las relaciones entre los personajes. A pesar de que es una prueba sólida, no puede considerarse la mejor ni la más intensa de toda la serie.
En cuanto al juego final, queda en un segundo plano. Aunque está bien construido, adquiere mayor peso por los dilemas morales que plantea. Todos los personajes llegan a su punto álgido, poniendo en cuestión no solo sus capacidades, sino también su integridad moral y los límites a los que están dispuestos a llegar por conseguir más dinero y proclamarse ganadores del juego del calamar.

El peso de la serie en los personajes
Como se ha mencionado anteriormente, el peso de esta temporada recae sobre sus personajes y, en ese sentido, la serie cumple con creces. Todos los personajes presentados en la anterior entrega, junto a sus motivaciones y convicciones, son explorados a fondo y llevados hasta donde la historia requiere, cerrando sus arcos de forma coherente.
Cada uno de los personajes conocidos cumple un propósito, pero más allá de eso, todos tienen su momento para brillar. Gozan de protagonismo en distintos capítulos de la temporada y, aunque algunos viven situaciones más trágicas que otros, todos juegan un papel esencial dentro del desarrollo de los juegos. Pese a los cambios de situación, cada personaje mantiene su esencia y ninguno se siente fuera de lugar.

¿Los humanos son…?
A lo largo de sus capítulos y temporadas, la serie ha planteado diversos dilemas éticos —nada sutiles, por cierto— que van desde hasta dónde estaría dispuesto a llegar un ser humano por dinero, hasta cuestiones de carácter más social, como la desigualdad de clases entre los VIP y los jugadores.
En esta temporada no solo se mantiene esa línea, sino que se intensifica. Como ya se ha dicho, el peso está en los personajes y ello no se refleja únicamente en sus diálogos o acciones, sino también en los dilemas que enfrentan, tanto personales como colectivos. Se abordan temas profundamente humanos y se contraponen distintas formas de entender la ética.
Lo interesante es que la serie muestra ambas caras de cada problema, dejando que sea el espectador quien saque sus propias conclusiones. Muchas veces estos dilemas no se resuelven del todo en la trama, lo cual no solo no resta, sino que permite que el impacto emocional sea mayor y más duradero.
Este aspecto es, probablemente, el que más destaca en la temporada, ya que es lo que realmente la mueve. Sin estos dilemas, sería fácil caer en una historia de simples supervivientes enfrentándose a pruebas. Pero aquí la lucha no es solo contra los juegos, sino contra la propia moralidad. Y es precisamente eso lo que convierte esta última entrega en una conclusión tan poderosa.

No es una temporada perfecta
Aunque esta última temporada ofrece un buen cierre y resulta, en muchos aspectos, una entrega sólida, no está exenta de errores. Uno de los más evidentes es la pérdida de peso del propio protagonista. Desde el inicio, Gi-Hun se muestra como un personaje casi vacío, aislado, sin interactuar realmente con nadie. Y aunque esto forma parte de su arco narrativo, se alarga demasiado. A lo largo de varios capítulos, su papel parece irrelevante, sin propósito dentro de la trama, mientras los demás personajes le roban protagonismo. No es hasta los episodios finales que se le otorga un nuevo objetivo y se le devuelve parte de su importancia.
Otro problema notable es la cantidad de tramas que intenta abarcar la temporada. Seguimos, por ejemplo, las historias del detective y de un miembro de la guardia. Aunque no son malas en sí mismas, resultan innecesarias y desconectadas del hilo principal. Ambas terminan sin aportar nada significativo y, aunque concluyen sus respectivos arcos, parecen poco útiles y se perciben como la parte menos interesante de la serie.
También hay que mencionar el apartado técnico, especialmente el uso del CGI. Hay una escena en particular donde los efectos especiales son tan evidentes que resultan artificiales y poco creíbles. Además, se introduce un nuevo elemento recurrente generado completamente por ordenador que está mal integrado visualmente y puede incluso sacar al espectador de la historia por su pobre acabado.

Nota: El siguiente segmento contiene spoilers importantes del capítulo; si no desea enterarse, leer a partir del subtitulo “un cierre que no cierra del todo”
No somos caballos
En los últimos momentos de vida de Gi-Hun se concentran, desde mi punto de vista, los mejores momentos de la temporada. La serie alcanza su punto de clímax: todo parece perdido y Gi-Hun es nuevamente el único superviviente del juego del calamar, esta vez junto con una bebé. Pero como nadie ha presionado el botón de inicio del juego final, uno de los dos debe morir.
Gi-Hun, que lo ha perdido todo y ya no tiene razones personales para seguir viviendo, decide sacrificarse para que la niña pueda sobrevivir. Antes de morir, pronuncia unas palabras que resumen el dilema central de toda la temporada: ¿pueden los seres humanos ser realmente buenos o son egoístas por naturaleza? La contraposición con el Líder es evidente. Ambos ganaron el juego en su momento, pero tomaron caminos totalmente opuestos: mientras el Líder mató a todos los participantes convencido de que las personas solo actúan por interés, Gi-Hun optó por no matar a nadie, incluso si eso le costaba la vida.
Gi-Hun representa lo mejor del ser humano: aunque lo perdió todo, siempre buscó el bien común y nunca puso su vida por delante de los demás. Su sacrificio por la niña es el acto más humano de toda la serie, un gesto de compasión que parece haber sido en vano… y, sin embargo, lo dice todo.
En un paralelismo con el inicio de la serie, cuando apostaba en las carreras de caballos, Gi-Hun pronuncia unas palabras hermosas: dice que las personas no son simple entretenimiento, que son más que eso, que son humanos. La frase se queda inconclusa: «Los humanos son…» Y esa omisión no es accidental, sino deliberada. Es el espectador quien debe completarla. ¿Son los humanos seres capaces de sacrificarse por los demás? ¿O son, en el fondo, egoístas por naturaleza? Este dilema queda abierto, invitando a la reflexión y dejando un final tan emotivo como filosófico.

Un cierre que no cierra del todo
Aunque el final concluye adecuadamente la trama principal, deja abiertas varias subtramas y plantea algunos elementos que pueden resultar insatisfactorios para quienes esperaban un cierre completo. No obstante, esta decisión también permite dejar la puerta abierta a futuros spin-offs o expansiones del universo narrativo.
El juego del calamar es, sin duda, una serie que marcó un antes y un después. Se ha convertido en uno de los productos audiovisuales más consumidos de la historia y, aunque nació como un fenómeno comercial, su capacidad para tratar temas humanos, sociales y éticos ha dejado una huella profunda. Su legado no reside solo en su popularidad, sino en demostrar que incluso una gran producción puede ser reflexiva, crítica y emocional. Un ejemplo del camino que muchas megaproducciones deberían seguir.
Pueden encontrar nuestra opinión de la primera temporada en El juego del calamar. La serie más vista de Netflix. Y también nuestro análisis de la segunda temporada en El juego del calamar Temporada 2: Lo que debe ser una buena segunda temporada



