Cuando hablo de Braveheart, lo reconozco, no soy muy imparcial. La vi en cines un par de veces allá por 1995 a mis jóvenes 23 años. Reconozco que quedé impresionado con la película de Mel Gibson por muchas razones: su fotografía, la dirección del propio Gibson, las interpretaciones y, entre otros aspectos, la maravillosa banda sonora de James Horner. Por eso es que (y supongo que no solo yo) considero a Braveheart entre el mejor cine épico del siglo XX. En inicio, una voz en off nos dice que la historia la cuentan los vencedores, pero yo creo en verdad la cuentan los héroes.
¿Qué nos cuenta Braveheart?
William Wallace fue un personaje real escocés que luchó por la libertad de su país enfrentando a Inglaterra allá por el siglo XIII. Esta película se basa en su vida para narrar los hechos acontecidos en esos años de lucha por ideales nacionales. Inglaterra estaba en ese periodo de tiempo regida con mano de hierro por Eduardo I («Longshanks», traducido como «El Zanquilargo») quien será el antagonista de la historia que nos van a contar.
¿Qué aspectos la hacen tan especial?
Desde que vemos el primer plano aéreo de unas montañas y se oye la música de James Horner, sabemos que va a ser una película especial. La voz en off nos narra la situación en la que nos quieren involucrar y desde el principio nos dejan claro que quien escribe la historia es quien queda vencedor de los conflictos.
Uno de los aspectos que la hacen especial es sin duda la brillante dirección del también protagonista Mel Gibson, llena de momentos épicos, algunos de los cuales quedan en la mente del espectador. Seguramente si tuviera que elegir una de las películas que Gibson ha dirigido como mi preferida sería esta por su magnitud y su epicidad, entre otras cosas.
También la fotografía de John Toll (ganador de dos Oscars en su categoría) es una aspecto a remarcar. Su uso de la luz, con tonos azulados y grises para momentos de guerra o conflicto y colores cálidos para momentos íntimos es definitorio de su estilo. Y los paisajes de Escocia e Irlanda en que se rodaron las escenas, cómo no, juega un papel importante en su trabajo.
Las actuaciones son otro punto a destacar, no solo las de los protagonistas (Mel Gibson como William Wallace, Patrick McGoohan como Eduardo I y Sophie Marceau como la princesa Isabelle), sino también las de los secundarios (como Brian Cox interpretando a Argyle Wallace), combinadas, eso sí, con el gran trabajo de Gibson como director a la hora de marcarles el camino.
La música de James Horner, como tantas otras veces, nos mete de lleno en las emociones de la película. Su combinación de lo épico (momentos de batalla con melodías que exaltan la brutalidad) con lo melancólico (escenas íntimas que involucran a personajes femeninos) es tan magnífica que me hizo en su momento comprar la BSO en formato CD.

El uso de gaitas escocesas, flautas (su uso hace particularmente emocionante la escena del entierro del padre y hermano de Wallace) tambores y coros resultan en un conjunto emotivo que marca al espectador. Y si a ese uso de instrumentos de tradición celta sumamos, dando dramatismo, la orquestación sinfónica (la pieza «Betrayal» es claro ejemplo de eso), nos queda una banda sonora mágica, eterna, y seguramente, junto con Titanic (1997, aquí retro-análisis), una de las dos mejores en la carrera del compositor.
De hecho, Titanic le supondría la obtención de dos premios Oscar (uno por mejor canción y otro por la BSO en global), resarciéndole así del disgusto de que, por temas de compensación política (algo muy común en Hollywood), no se lo dieran por Braveheart.
Licencias cinematográficas e influencia
Evidentemente que tiene sus licencias cinematográficas (muchas según los historiadores), o sus partes ficcionadas de lo que fue realmente la historia de William Wallace, pero como sabéis nos movemos en el terreno de la adaptación. Sabemos que hemos de ser generosos a la hora de valorar un producto, salvo que nuestro trabajo sea el de historiador…
Seguramente la historia real no daría para las casi tres horas de metraje, o quizás sí pero no tendrían la atención del espectador. Todas las tramas de la película, incluida la de la princesa francesa interpretada por Sophie Marceau y su idilio con Wallace (ficción) tienen su importancia en el filme. Todas nos involucran y nos transmiten sentimientos.
Marcó un antes y un después en el cine épico en los 90, mostrando que este tipo de superproducciones podían dar beneficios. Luego vendrían otros ejemplos de ello como Gladiator (2000, aquí retro-análisis) de Ridley Scott, El Patriota (2000, también interpretada por el propio Gibson, El reino de los cielos (2005) dirigida otra vez por Scott, o Rob Roy (1995), sin que sepamos en este último caso quién influyó a quién por haberse estrenado unos meses antes que Braveheart. Popularizó el estilo de batalla con muchos extras, cámara en mano y elementos de violencia explícita en el centro de las escenas de acción.

Otro aspecto en el que influyó esta producción fue en el interés que despertó no solo en Escocia sobre su historia como país, sino en del resto del mundo. Confirmó al personaje histórico de William Wallace como un estandarte de los anhelos de libertad e identidad nacional escocesa. También impulsó el turismo en Escocia, especialmente en los lugares donde tuvieron lugar las batallas de la película.
Como muchos productos que gozan de reconocimiento, ha sido además parodiada en programas como Los Simpson y, en general, recibido el cariño y admiración de quienes la ha podido disfrutar en una sala de cine o en la privacidad de su propia casa.
A quién le podemos recomendar Braveheart
Sobre todo a quien la haya visto anteriormente, porque estoy seguro que la querréis ver otra vez. También a los que aún no la hayan descubierto y quieran emocionarse con su historia de lucha por la libertad o a quienes disfruten de un producto bien rodado, bien fotografiado, bien interpretado y con una música que te entra en el alma y se queda ahí para siempre. Fans del cine épico y de películas como El reino de los cielos o Gladiator, dadle una oportunidad, porque os aseguro que la valoraréis como toca, como un clásico del cine épico del siglo XX.
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