Este sábado 13 de diciembre nos dejó Héctor Alterio, sin duda uno de los insignes actores a ambos lados del Atlántico. Actuó en cinco títulos nominados al Oscar como mejor película en habla no inglesa (cuatro por Argentina y uno por España) y edificó una carrera jalonada de éxitos y galardones.
Corrían mediados de los setenta y se hallaba en España presentando el filme La Tregua (1974) en el Festival de San Sebastián, además de hallarse en el país con motivo del rodaje de Cría Cuervos (1975). Fue entonces cuando se enteró que su nombre figuraba en una lista negra de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), organización terrorista de ultraderecha que manejaba como marioneta a la entonces presidenta constitucional María Estela Martínez (viuda de Perón), y ello le convenció de quedarse en España sin quizás saber que sería para siempre. Este sábado y con noventa y seis años, Héctor Alterio falleció en Madrid, dejando detrás de sí un impresionante legado cinematográfico.

“Madrid fue mi cárcel y mi salvación durante el exilio. Hoy es mi suerte, mi casa” manifestó hace un par de años con motivo de ser distinguido con el Premio de Honor por su trayectoria en el Festival de Cine de Alicante.
De orígenes familiares napolitanos, Héctor Benjamín Alterio Onorato, tal su nombre completo, había llegado al mundo con la primavera austral, un 21 de septiembre de 1929, en el funerario barrio de Chacarita, Buenos Aires (donde se halla uno de los dos cementerios más importantes de la ciudad) y apenas poco más de un mes antes de que el panorama global se viera violentamente sacudido por el cimbronazo del “crack” de Wall Street, con la consecuente depresión mundial que se extendería durante toda la década siguiente.
Y es que Alterio fue un poco hijo de todo eso y a ello sumó el exilio (confirmado al producirse en Argentina el golpe de estado de 1976), dando así lugar a un cóctel que definiría tanto su vida como su obra, caracterizada por interpretar con gran versatilidad a personajes que podían ser lo mismo sufridos, atormentados, ruines o decadentes, pero que en muchas ocasiones acababan celebrando la vida.

Ostenta, de hecho, un récord que comparte con Ricardo Darín, que es haber actuado en cuatro películas argentinas nominadas al Oscar: La Tregua, Camila, La Historia Oficial (ganadora incluso de la preciada estatuilla) y El Hijo de la Novia, en la que ambos actores compartieron cartel como padre e hijo. Para ponerlo en claro, de los ocho filmes de esa nacionalidad que tuvieron nominación a mejor película de habla no inglesa, siete de ellos tuvieron a alguno de ambos involucrado como protagonista o incluso, como el caso antes mencionado, a los dos.
En su país, fue antes del exilio partícipe de las producciones clásicas más contestatarias y con rigor histórico, todo un registro de época durante los ’70: Argentino hasta la Muerte (1970) de Fernando Ayala, La Patagonia Rebelde (1974) de Héctor Olivera (ganadora del Oso de Plata en el Festival de Cine de Berlín) y Quebracho (1974) de Ricardo Wullicher.
A las mismas debemos agregar tres colaboraciones con el gran Leopoldo Torre Nilsson: El Santo de la Espada (1969, donde interpretó a Simón Bolívar en la escena del memorable encuentro con el general San Martín) , La Maffia (1971, por la cual fue reconocido con el Cóndor de Plata como mejor actor de reparto) y, por último, Los Siete Locos (1972), basada en la inmortal novela de Roberto Arlt.
Ya en la madre patria, grandes directores españoles lo convocaron para sus producciones y a la ya mencionada Cría Cuervos, a las órdenes de Carlos Saura(aquí nuestro artículo con motivo de su fallecimiento en 2023), se agregó unos años después A un Dios Desconocido (1977) de Jaime Chavarri, que lo hizo entrar por la puerta grande en el cine nacional al ganar la Concha de Plata como Mejor Actor en el Festival de Cine de San Sebastián, a la que siguieron El Crimen de Cuenca (1979) de Pilar Miro y El Nido (1980) de Jaime Armiñan, película nominada al Oscar por España que, además, le valió el Premio al Mejor Actor por la Asociación de Cronistas de New York.
Ya en los noventa, dos filmes de Gonzalo Suárez: Don Juan en los Infiernos (1991) y El Detective y la Muerte (1994), lo cual no quitó que regresara cada tanto a su país, rodando así en la localidad de General Las Heras (muy cerca de donde vivo) y a las órdenes del canadiense André Mélançon , un filme tan simple como bello y quizás injustamente poco recordado: El Verano del Potro (1991).
Ello, además de cuatro películas para Marcelo Piñeyro que fueron éxitos de taquilla: Tango Feroz (1993), Caballos Salvajes (1995), Cenizas del Paraíso (1997) y Plata Quemada (2000). De ellas, Caballos Salvajes le valió uno de sus papeles más icónicos al dar vida a un anciano ex anarquista que perpetraba el robo de un banco para cobrarse una antigua deuda y, al hacerlo, secuestraba al cajero que acababa convirtiéndose en su cómplice. La frase “la p…, que vale la pena estar vivo”, por él pronunciada más de una vez durante el filme, se convirtió en una de las más emblemáticas del cine argentino.
También en televisión se lució a ambos lados del Atlántico: en España con Segunda Enseñanza (1986), Canguros (1984), El Barco (2012-13) y en Argentina con Alén, Luz de Luna (1996) y Tiempo Final (2001). Y a no olvidar por supuesto su trayectoria teatral (en definitiva su primer amor), habiendo actuado en más de cincuenta obras e incluso fundado en su país la compañía Nuevo Teatro que, nacida en 1950, se mantuvo activa hasta 1968.
En 2003 fue galardonado con el Goya de Honor por su trayectoria y su vasto palmáres incluye también premios Konex, Martín Fierro y Max, además de los que han sido mencionados a lo largo del artículo.
Este fin de semana nos dejó en definitiva un actor de la hostia y la luz que ha desparramado a lo largo de su tan extensa como rutilante carrera seguirá seguramente iluminando a quienes lo tendrán, con toda justicia, como ejemplo y referente.
Hasta siempre Héctor. Y gracias por tanto…




