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Análisis de Doctor Who: Trilogía de Especiales del 60° Aniversario

Doctor Who está de festejo por sus sesenta años y mientras aguardamos la nueva temporada con la decimoquinta encarnación del personaje, la trilogía de especiales marca un fresco retorno a sus mejores épocas con Russell T. Davies como showrunner y David Tennant como estrella principal. La Bestia Estelar, La Salvaje Lejanía Azul y La Risa están en Disney+ y los analizamos.

La serie más longeva en emisión está cumpliendo sesenta años y ello es motivo de celebración para los fans que Doctor Who, con sus distintas encarnaciones, ha cosechado a lo largo de décadas. De hecho, faltan apenas días para el especial de navidad y lanzamiento de nueva temporada que nos trae su decimoquinta encarnación y, si lo desean, pueden en esta web leer los excelentes análisis que mi compañero Toni Ce hiciera de la temporada 11 de la serie moderna, en su momento presentación de Jodie Whittaker, que ya ha dejado el personaje.

Mientras tanto, analizamos los tres episodios especiales recientemente llegados a Disney+, que no están, paradójicamente, protagonizados por quien será el nuevo rostro del personaje (Ncuti Gatwa), sino por otro ya conocido y bien querido como David Tennant.

Y si el regreso de quien reviviera al personaje en 2005 no es ya suficiente motivo de alegría, además estos tres especiales tienen como showrunner y coescritor nada menos que a Russell T. Davies, responsable de aquella gloriosa etapa que insertó a Doctor Who en el siglo XXI y por cuyo retorno muchos clamaban, entre ellos mi propio compañero Toni al analizar el especial navideño de 2018.

Aun cuando Disney+pareciera presentar los especiales como si fueran películas, lo cierto es que, más allá de sus historias más o menos independientes, están conectados y cada uno lleva al otro: terminan pareciendo una de esas temporadas de tres episodios que tanto gustan a la BBC. Pero basta de introducción y a ver qué nos ha dejado esta trilogía del 60° aniversario de Doctor Who

Especial 1: La Bestia Estelar

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El primero de los especiales está basado en un cómic de 1980 creado por Pat Mills, John Wagner y Dave Gibbons, trío de lujo. Comenzamos en Londres, época actual: el Doctor, por alguna razón que ignora y nosotros también, vuelve a tener el rostro de David Tennant, es decir que su decimocuarta versión luce igual que la décima. Intenta en vano no ser visto por Donna que, como habíamos quedado en El Fin del Tiempo (2009/10), no recuerda nada porque él borró su memoria para protegerla después de que ella adquiriera el conocimento completo de un Señor del Tiempo, lo que es mucho para una sola persona: si recuerda, muere…

Vuelta a interpretar por Catherine Tate, Donna está casada con Shaun (Karl Collins) y tiene una hija llamada Rose (Yasmin Finney), primer personaje trans en Doctor Who. También volvemos a ver a su madre, encarnada nuevamente por Jacqueline King.

En la ciudad parece haberse estrellado una nave alienígena, pero en realidad se ha aparcado en una planta siderúrgica, tal como descubre Shirley Bingham (Ruth Madeley), quien ahora ocupa el cargo de asesor científico en la UNIT, lo que genera nostalgia en el Doctor por haber sido el primero en ocuparlo. Se desplaza en silla de ruedas y luce desvalida, pero el episodio ya mostrará que tiene sus armas (literal).

Otra nave, pero más pequeña, cae en el parque de la casa contigua a los Noble y desciende un simpático extraterrestre mezcla de Stitch, Gizmo y ET. Se convierte en protegido de Rose que, por su condición sexual, se siente también de otro planeta o al menos así la hacen sentir los demás.

El alienígena se identifica como Meep, aunque parece más el nombre de una especie que el suyo propio. Según cuenta, los guerreros wrarth están tras él porque los suyos eran originalmente criados por su piel, pero ahora eso está mal visto y quieren exterminarlos. “Una víctima de la moda”, acota el Doctor.

Los wrarth, que lucen insectoides, están haciendo de las suyas y captando gente que parece hipnotizada, incluyendo tropas de la UNIT y personalidades del gobierno. Pero no todo es como parece y, en un clásico giro de Doctor Who, Meep no es ningún tierno peluche sino un temible criminal buscado por toda la galaxia y por ello los wrarth están tras él. Planea apoderarse de la nave de estos últimos para escapar, pero la misma dispone de un motor de aguja que succiona energía de las profundidades, así que al partir arrasará inevitablemente con Londres y quienes allí vivan….

El Doctor y Donna se hallan en una encrucijada. Es necesario que ella recuerde, pero hacerlo la llevará a la muerte y si no lo hace, perecerá toda la población de Londres con su hija incluida. Sin embargo, siempre habrá en Doctor Who algo que no sabemos y en este caso es que, durante su embarazo, Donna transfirió a Rose la mitad de ese conocimiento que tanto pesaba en una única persona: ahora son dos…

Y es justamente Rose quien termina contrarrestando las ondas que emanan de la nave e invirtiendo el ya comenzado proceso de destrucción. Meep es llevado detenido y ahora Donna recuerda todo, pero va a vivir. En el final, nos encontramos con una nueva Tardis de diseño interior más evolucionado y el entusiasmo de Donna es tanto que se excusa ante su familia para acompañar al Doctor en uno de sus viajes aunque más no sea por diez minutos. Y la Tardis parte: hacia dónde, ya lo sabremos…

Especial 2: La Salvaje Lejanía Azul

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El Doctor y Donna van a parar a 1666 y tienen un simpático encuentro con Isaac Newton. Pero su siguiente salto en el tiempo les lleva a una extraña e inmensa nave en la que todo luce abandonado y marchando a ritmo lento, además de estar la esclusa de aire abierta desde hace varios años. Hay un viejo robot oxidado y una voz en el sistema que suelta cada tanto palabras indefinibles a las que el Doctor no relaciona con ninguno de las millones de idiomas que conoce…

Podría valerse de la Tardis para traducir, pero el problema es que, apenas descender ellos, se ha marchado dejándolos allí: según el Doctor, se ha activado un protocolo llamado SDAH (Sistema de Desplazamiento ante Acción Hostil) que la hace escapar automáticamente al detectar situaciones de peligro. Encima, la temperatura interna es muy baja y en el exterior no se ven estrellas por hallarse en el borde mismo del universo, más lejos de lo que nadie haya llegado jamás.

Se encuentran con dos copias de sí mismos que estiran miembros y mandíbulas como si fueran de goma y tienen la capacidad de aumentar tamaño a voluntad por convertir el calor en masa: de allí el frío. Son agresivos y capaces de succionar conocimientos, tal la razón de que copien sus comportamientos al dedillo; se definen como no-cosas que han viajado, dicen, a través del no-tiempo. Está claro que son ellos quienes han terminado con la tripulación…

La situación deviene en alocada persecución a lo Jurassic Park con aerodeslizador incluido, pero cada vez que el Doctor y Donna se separan y reencuentran, tienen el problema de determinar ante qué version del otro se hallan: la real o la copia.

En el exterior, el cuerpo sin vida de una criatura alienígena gira en torno a la nave atrapado por la gravedad. El Doctor llega a la conclusión de que se trata del capitán, quien ha abierto en su momento la esclusa para suicidarse a los fines de que la pareja invasora no pudiera extraerle alguna información importante.

En efecto, las palabras sueltas son la cuenta regresiva de una secuencia de autodestrucción para que las no-cosas no ingresen al universo conocido: tal la “acción hostil” que la Tardis detectó al marcharse. Y el “modo lento” responde a que los invasores tienen una percepción del tiempo demasiado acelerada que les impide captar la lentitud.

El Doctor decide invertir la estrategia y acelerar la cuenta: una vez que llegue a su fin, ya no habrá acción agresiva y la Tardis regresará, lo que les dará un breve instante para largarse con ella.

Y así ocurre, pero un nuevo problema se presenta al hallarse el Doctor ante dos versiones de Donna y tener que decidir cuál es la correcta. Inicialmente se equivoca y parte con la copia, pero un detalle mínimo de espesor de la muñeca le da la respuesta definitiva y, deshaciéndose de la intrusa, recoge a la real para partir justo a tiempo y antes de que todo estalle.

Van a parar a la actualidad, apenas dos días después de cuando se marcharan. Se produce un emotivo reencuentro con Willem Mott, el abuelo de Donna, siendo la emoción también nuestra por tratarse de la última escena que el actor Bernard Cribbins llegó a rodar antes de morir…

Pero algo raro está pasando y todo está convulsionado: la gente enloquece y está agresiva; hay llamaradas, explosiones y un avión de pasajeros estrellándose en pleno centro de la ciudad…

   Especial 3: La Risa

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Comenzamos en el SOHO en 1925 y específicamente en una tienda de juguetes atendida por un personaje que regresa a la franquicia después de mucho tiempo: el Juguetero, interpretado por Neil Patrick Harris. Un sujeto llega en busca de un muñeco identificado como Stooky Bill, que luce bastante siniestro y, al parecer, con cabello humano de alguien que “ya no lo va a extrañar”…

El comprador resulta ser asistente de John Logie Baird, inventor al que se atribuye el primer experimento televisivo del mundo y que necesita al muñeco porque ningún ser humano podría soportar el calor de la exposición, además de que, al poseer movimiento, demostraría que su invento funciona. Mala elección…

Volviendo al presente apocalíptico en que han caído el Doctor y Donna, todos se han vuelto locos y nadie acepta razones porque cada uno cree tener siempre razón. En la UNIT, el Doctor se encuentra con la directora Kate (Jemma Redgrave) y, sorprendentemente, con Mel Bush que, vuelta a interpretar por Bonnie Langford (quien le diera vida por primera vez en los ochenta) está trabajando allí y genera algún celo en Donna: eterna historia del Doctor con las pelirrojas…

Parece que un satélite surcoreano está transmitiendo una secuencia de notas musicales que, descifrada, es una risa siniestra: la de Stooky Bill… El Doctor y Donna deben viajar a 1925, que es cuando el problema se originó y, tras lidiar con las terroríficas marionetas de El Juguetero y hasta verse reducidas a tales, el Doctor es desafiado a un juego de barajas.

El Juguetero resulta vencedor y está dispuesto a reclamar su premio, pero el Doctor alega que ahora están empatados, ya que el primer duelo había sido ganado por su primera versión. Convienen entonces un tercer enfrentamiento en la actualidad…

La conclusión del Doctor es que en 1925 una fuerza demasiado poderosa llegó a la Tierra: algo “más allá de las reglas del universo” y de la dicotomía entre armonía y caos. La imagen y risa de Stooky Bill han permanecido desde entonces en todas las pantallas y faltaba algo que la activara: allí entra en juego el satélite, que es destruido por la UNIT con el rayo galvánico, pero nada pueden hacer contra El Juguetero, que manipula átomos a su antojo y hasta es capaz de fragmentar en bolas a los hombres de la UNIT.

Para él, todo se reduce a un juego en el que alguien gana y alguien pierde. Desafía entonces al Doctor al convenido reto, pero como ya se enfrentó a su primera versión y a la decimocuarta, considera justo regenerarlo con el rayo galvánico para competir contra la siguiente. Sorpresa: provoca una bi-generación y, tironeado de un lado por Donna y del otro por Mel, tenemos ahora dos Doctores Who. Uno tiene el rostro de David Tennant y el otro (se veía venir) el de Ncuti Gatwa, quien lo interpretará en la temporada que está al llegar. Es este quien nos trae la noticia de que la bi-generación siempre existió, aunque estaba considerada como mito…

El Juguetero no ve justo competir contra los dos, pero lo refutan con que son uno solo y después de todo es él quien ha facilitado que así sea: está dentro de las reglas de juego y eso, le guste o no, es siempre para él argumento irrebatible…

En triple duelo de lanzamiento de bola, se enfrentan entonces en lo alto de la sede la UNIT que, por alguna razón, luce ahora semejante a la de los Vengadores de Marvel. Acaban derrotándolo y ello da chance de elegir premio o, lo que es lo mismo, prenda para el vencido que, por elección del decimocuarto doctor, es que el Juguetero desaparezca de la existencia…

La dupla ha triunfado, pero una sombra de tristeza cruza el rostro del decimocuarto al darse cuenta que, habiendo llegado su reemplazo, ya no tendrá la Tardis, con la cual siente que no podrá vivir. Pero el decimoquinto tiene una carta guardada, pues aún no ha reclamado su premio y, usando el mazo del Juguetero, duplica a la Tardis de un golpe, habiendo ahora una para cada uno.

Presa de la emoción, el decimocuarto recorre el interior de ambas y le llama la atención que la de su sucesor tenga una máquina de discos bien retro. Decide quedarse a compartir la vida con Donna, Mel y los demás, a quienes considera su familia y concluye que ese fue el sentido final de tanto vagar por el espacio y el tiempo. Suena a despedida y no podemos menos que emocionarnos, aunque por otra parte tiene una Tardis y es de creer que no desaparecerá del todo, sino que muy posiblemente reaparezca de modo intermitente.

Mientras el decimoquinto pone en marcha la suya, el decimocuarto es consultado acerca de hacia dónde irá y responde “a todas partes”. Casi simultáneamente, vemos al primero a bordo de la Tardis poniendo como destino “navidad”…

Balance de la Trilogía

Soplo de aire fresco para una franquicia que languidecía. El regreso de Russell T. Davies le ha reinyectado mucho de lo perdido: un sentido del humor y la aventura que siempre fueron sello de Doctor Who. Y si sumamos también el regreso de David Tennant, poco hay para agregar. O sí: el de Catherine Tate, con quien tan buena química tuviera en aquel ciclo y que se ve potenciada por el alto papel protagónico que tiene en los tres especiales.

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Se advierte mucho más presupuesto y hay momentos casi cinematográficos, aunque también hay combinación de efectos artesanales con CGI e incluso este último se ve a veces muy bien y otras bastante cutre, pero a ver… no sería Doctor Who si así no fuera.

Abundan los deus ex machina, como la transferencia de conocimento durante el embarazo o (más llamativo) la bi-generación, al parecer un mito del cual no teníamos noticias. De nuevo: no sería Doctor Who sin esas cuestiones. En cambio, el Sistema de Desplazamiento ante Acción Hostil no es deus ex machina en absoluto: ya había ocurrido con la Tardis en más de una oportunidad, aunque no recuerdo (pido ayuda) que fuera llamado de esa forma.

El primer especial es divertido y épico, dos conceptos que en el último tiempo la franquicia venía perdiendo: lleno de guiños a la misma y a otros títulos. En claro homenaje a ET, el Meep se camufla entre los peluches, pero estos, a su vez, representan alienígenas que han pasado por Doctor Who en algún momento.

El segundo especial es el que más me ha gustado. Extraño para la franquicia y además minimalista en actores, pues mayormente tiene solo al Doctor y Donna en pantalla, ya sea en versión real o doppelgänger. Y es la primera vez que Tennant interpreta tanto al Doctor como a su antagonista, algo que sí habían hecho otros doctores.

La historia de la nave al borde del universo me ha atrapado y traído recuerdos de esa excelente novela de Frederik Pohl que es Pórtico, con naves alienígenas abandonadas y moviéndose a destinos que sus tripulantes humanos desconocen: incluso alguna broma del Doctor diciendo que la forma de vida que construyó la nave tenía al menos un culo me hizo acordar. También me vino a la memoria Stargate: Universe (para mí la mejor serie de la franquicia Stargate), en que el portal arrojaba a un gran grupo de gente a una inmensa nave sin señales de vida y con rumbo y destino totalmente desconocidos.

Dos detalles maravillosos: uno humorístico y el otro emotivo. El primero es el chiste de Donna sobre Venom, de quien siempre se preguntó cómo hacía para aumentar su masa; el segundo es la presencia de Bernard Cribbins y, con la tristeza que nos produce su despedida, nos deja felices que, ya nonagenario, haya al menos tenido una: gran homenaje póstumo…

El tercer especial nos ha traído como dato sobresaliente el regreso del Juguetero, a quien no veíamos en las series de Doctor Who desde 1966 (aunque sí en algún spin-off y en cómics o novelas), convirtiéndose así, y si no estoy equivocado (pido nuevamente ayuda), en el villano que regresa después de más tiempo. Claro que, quizás por no demonizar a los orientales, no luce como aquel mandarín a lo Fu-Manchú de la serie original, sino más europeo del norte, por aspecto y por acento.

La Risa se permite jugar estremecedoramente con detalles históricos: no solo John Logie Baird es un personaje real, sino que en efecto se valió de un muñeco de ventrílocuo llamado Stooky Boy para su primer experimento de televisión, aunque la razón, hasta donde sé, no era que un ser humano no pudiera soportar la alta temperatura sino que su piel no reflejaba bien los contrastes.

Creo que de los tres especiales, La Risa termina siendo el menos sólido en lo argumental, pero el más fuerte en lo emocional. Hay explicaciones demasiado mágicas, acción demasiado frenética y mucha información apretujada en una hora, lo que diluye el impacto emocional que podría, por ejemplo, haber tenido el regreso de Mel.

Y cuestiones no explicadas, como por qúe la sede de la UNIT se ha “marvelizado” o qué función exacta cumple Vlinx, el nuevo robot que parece tener a su cargo su tecnología.  Y el hecho de que el decimocuarto doctor tenga el rostro del décimo no ha quedado satisfactoriamente explicado: apenas una teoría al pasar de Donna según la cual el sentido era que pudiera reencontrarse con ella y con lo que había perdido.

Amén de todo ello, el tercer especial ha venido a presentarnos a Ncuti Gatwa y nada mejor que hacerlo con el aval de uno de los doctores más queridos de la serie. Parece carismático y habrá que ver si los guiones lo saben aprovechar, recuperando sobre todo el humor que tanto flaqueara en la etapa anterior.

Lo triste es que a la alegría de volver a ver a Tennat, le haya seguido tener que despedirlo, pero el que disponga de su propia Tardis nos da esperanzas de que ello no será definitivo y su destino se vuelva a cruzar con el decimoquinto doctor en alguna aventura compartida.

En definitiva, una trilogía que revitaliza la franquicia y nos hace confiar en que la nueva etapa siga recuperando mucho de lo que, en su momento, marcara la más inolvidable etapa de Doctor Who en su era moderna. A ver con qué nos encontramos a partir de navidad, seguramente con Toni aquí para analizarlo…

Hasta pronto y sean felices. ¡Allons – y !…

Rodolfo Del Bene
Rodolfo Del Bene
Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.
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