Análisis de El cuento de la criada. Temporada 3. Capítulo 11

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Bienvenidos una semana más a Gilead, la distopía no tan distópica donde los hombres ostentan un cargo y las mujeres son monedas de cambio. Sin embargo, la revolución se está cociendo a fuego lento…

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Ya solo quedan dos capítulos y comienzan a pasar cosas. Tras el incendio de la casa Waterford y la inevitable separación del trío protagonista, la temporada se ha ido arrastrando por el fango del relleno y las subtramas sin interés hasta ahora, que comienza a remontar pero que nos hace pensar en lo que pudo ser y no fue.

No es casualidad que la directora de este capítulo haya sido Deniz Gamze Ergüyen, autora de la magnífica y muy reivindicable Mustang. A falta de asistir al final de la tercera temporada, estamos ante el capítulo más importante. Por fin los poderosos, los mezquinos, los hombres son ajusticiados. O, al menos, los dos más representativos de la serie.

MENTIROSO NÚMERO UNO

Insisto. El desarrollo de la trama de Serena y Fred en este capítulo nos hace soñar con lo que hubiera supuesto una tercera temporada con su protagonismo. Lamentablemente, carecen del estatus de símbolo que ostenta June, pero hubiera cargado de matices una serie caracterizada por los extremos.

Tras el ultimátum de Serena, sorprendentemente Fred accede sin dudar al ofrecimiento de su esposa. Todos sus actos de esta temporada parecían encaminados a ascender en el estatus social de Gilead, hasta el punto de volver con Serena, pese a seguir frecuentando prostitutas, y prometerle la vuelta de Nicole con el fin de mantenerse en el poder. Sin embargo, no se observa ninguna escena de duda entre su objetivo real y el contentar a Serena. Rápidamente, vemos como cogen un cochazo y parten rumbo a la frontera de Gilead. Nadie se pregunta dónde van.

Durante el viaje se establece una curiosa paradoja. Por un lado, se culmina esa reconciliación simbolizada en las manos unidas del matrimonio. Por el otro, Serena planta cara a sus demonios: el cómo Fred había permitido que fuera silenciada, como él habría estado a su sombra si el mundo hubiera continuado sin Gilead (él se dedicaba al marketing mientras que ella era una conocida tertuliana). Incluso Fred da a entender que conocer su infertilidad y que, por tanto, sabe que la Ceremonia era una pura formalidad de la que él únicamente extrae el placer.

Ambos hablan abiertamente y de manera conciliadora, pero realmente zanjan cuentas pendientes de cara al final de la subtrama Waterford. Fred es detenido por crímenes contra la humanidad en la frontera con Canadá. Ciertos detalles (la despedida con Rita, la actitud de Serena) indican que la esposa desconfiaba de su marido y habría hecho un pacto a espaldas de Fred con Estados Unidos para poder tener a Nicole. Si bien el final es satisfactorio porque abre la posibilidad de un enfrentamiento personal entre Serena y June, es una pena que no se haya desarrollado suficientemente las luces y las sombras de Fred y Serena Waterford.

MENTIROSO NÚMERO DOS

El otro malvado ajusticiado lo encontramos en la trama de June. Tras una reunión en la que las Marthas rebeldes se muestran reticentes, la criada consigue convencerlas para sacar a 52 niños y niñas de Gilead. Sin embargo, un nuevo obstáculo momentáneo aparece en el episodio. Lawrence y su mujer se marchan, dada la inestabilidad de la mujer del comandante.

La marcha del supuesto aliado de June es tan repentina como su regreso. Una excusa argumental para descubrir que Gilead ya no confía en uno de sus mayores impulsores. No confianza, no vehículo.

No obstante, June no se da por vencida y recuerda que las Marthas iban a recibir un cargamento de Billy, un camarero del Jezabel, el prostíbulo donde los comandantes desahogaban sus deseos sexuales. En definitiva, todo un símbolo de la hipocresía en Gilead.

Lawrence se ha definido como un pelele derrotado por el sistema que ayudó a construir y, sobre todo, un hombre que antepone el amor a su mujer por encima de todo. Por ello, decide ayudar a June y la lleva al Jezabel. Una mujer, una criada conocida y sola en el prostíbulo de los comandantes de Gilead. ¿Qué puede salir mal?

Ofreciéndole a cambio todas las obras de arte que Lawrence expolió durante el saqueo de los museos de Estados Unidos, June consigue un avión para llevarse de Gilead a los 52 niños. Todo avanza según lo previsto…pero aparece Winslow.

June parecía haber previsto esto o, al menos, estar medianamente preparada psicológicamente para la posibilidad de ser violada por algún comandante. En mi opinión, la voz en off sobreexplicatoria sobra, porque el rostro de Elisabeth Moss lo dice todo, pero no queda del todo mal porque el final de esa voz en off significa la victoria de la rabia sobre la sumisión voluntaria. La escena es brutal, de las pocas concesiones a la violencia explícita en esta tercera temporada.

Sin embargo, hay un pero. Winslow, como Natalie, se marcha de la serie sin haber explotado verdaderamente sus posibilidades, sin profundizar en los matices de su personalidad y, por encima de todo, sin tener la oportunidad de contemplar lo que significaba ese acercamiento a Fred Waterford. Al final, son personajes que hay que meter porque sí, en los que ni el mismo creador de la serie confía y que desaparecen para que los principales sigan manteniendo su puesto en la serie. EN definitiva, un error que lastra (aún más) esta tercera temporada.

Que la limpiadora de la habitación sea una de las cinco liberadas de Chicago es una agradecida casualidad porque, una vez más, June se salva a de las garras de la justicia de Gilead.

Solo quedan dos capítulos, pero El cuento de la criada promete una impactante traca final que contrarreste el tedio del nudo de esta temporada.



el autor

Médico residente. Intento aprender como si viviera para siempre. Intento vivir como si hoy fuera mi último día...con las cosas que me hacen feliz.

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