Con sus ocho episodios, se ha estrenado en Netflix la primera temporada de La Casa de la Pradera (Little House on the Prairie), serie que, al igual que la ya clásica de 1974, se basa en las memorias de Laura Ingalls Wilder, pero de modo más fiel y dando mayor contexto histórico a la dura vida de las familias de colonos en el oeste americano.
Para quien tenga más de cincuenta, es difícil que su infancia no esté ligada a los Ingalls. La Casa de la Pradera fue una serie que, creada y protagonizada por Michael Landon (y conocida también, según países, como La Familia Ingalls, Los Colonos o La Pequeña Casa en La Pradera) fue emitida por NBC a lo largo de nueve temporadas y 204 episodios entre 1974 y 1983. Recreaba la vida de una familia de colonos sobreponiéndose a las adversidades del oeste norteamericano y se basaba en los libros que, sobre sus propias experiencias, escribió Laura Ingalls Wilder, interpretada en dicha serie por Melissa Gilbert.
Caracterizada por su tono familiar y entrañable, así como por sus carismáticos personajes, la misma fue señalada muchas veces como poco fiel al material original, al cual, decían, lavaba y edulcoraba en demasía. Un acercamiento algo más fiel mostró en cambio una segunda adaptación en formato de miniserie emitida en 2005 por la cadena ABC. Y Netflix da ahora aun un paso más con este modelo 2026 creado por Rebecca Sonnenshine (The Boys, Crónicas Vampíricas).
Las comparaciones son desde luego siempre difíciles y más aún cuando la primera adaptación es tan icónica. Lo primero para decir, no obstante, es que la nueva versión presenta una visión menos ingenua y más cruda de la vida en el oeste durante los años de la colonización, pero sin por ello perder el componente emotivo que siempre acompañó a los Ingalls, ya que por mucho que se quiera relacionarla al material original, se hacen inevitables ciertas referencias a la serie de los setenta en virtud de lo instalada que la misma ha quedado en la cultura general.
Aquella, recordemos, se caracterizaba por su carácter autoconclusivo (prácticamente regla en casi todas las de su tiempo): cada capítulo planteaba un problema que al final se resolvía y dejaba alguna moraleja constructiva sobre la resiliencia, la solidaridad y el valorar las cosas simples. Ojo, no es que esta nueva versión reniegue de todo ello, pero pone más acento en la continuidad y los problemas no siempre se resuelven o incluso pueden desembocar en dilemas éticos.
Lo Difícil de dejar atrás el Pasado
La historia básica sigue siendo la de los Ingalls migrando hacia el oeste americano y debiendo allí lidiar con todos (pero todos) los problemas que se puedan imaginar, pero mientras que en la serie clásica casi no tenían un pasado ni sabíamos demasiado del mundo o la vida que habían dejado atrás, ello está aquí presente todo el tiempo. Y el contexto histórico pasa a ocupar un lugar mucho más central, insertando la historia de los Ingalls en el marco de otras mucho más amplia que tiene que ver con los cambios políticos y sociales de la época.
No hay que olvidar que muchos de los colonos que partieron al oeste americano en busca de tierras y de labrarse una nueva vida eran familias dañadas por las penurias económicas y heridas psicológicas causadas por la guerra civil, lo cual se hace aquí patente desde el momento en que el propio Charles Ingalls (Luke Bracey) ha perdido un hermano en la misma y se siente atormentado por las visiones de su fantasma. De modo análogo, su esposa Caroline (Crosby Fitzgerald) se ve igualmente perseguida por el pasado, en su caso por la conflictiva relación con su familia de origen.
Esta nueva adaptación, además, no se ambienta en Minnesota o en la pequeña población de Walnut Grove (aunque el final de temporada parece anunciarnos que así será a partir de la segunda), sino que recala de manera especial en la previa parada que, tras dejar atrás Wisconsin, los Ingalls hacen en la población de Independence, en Kansas, adonde son atraídos por la promesa de tierras gratuitas.
Además del matrimonio, el resto de la familia nuclear está compuesta por Laura y Mary Ingalls, interpretadas respectivamente por Alice Halsey y Skywalker Hughes (sí, se llama Skywalker), siendo la primera de ambas el corazón de la serie merced a su lugar central en la historia y a una magnífica interpretación de la actriz a pesar de sus once años y de que los primeros planos la pongan a prueba constantemente.

No suena la voz de Laura en off, como a veces sucedía en la serie original, pero es su perspectiva la que prima. Y aún no ha nacido la pequeña Carrie, aunque pronto nos enteramos que Caroline está embarazada, lo cual, desde el punto de vista cronológico, tiene sentido.
En Independence, los Ingalls entran en relación con los colonos ya instalados, lo que incluye a algunos personajes ya por nosotros conocidos y otros que no. Entre los primeros destaca especialmente el señor Edwards (Warren Christie), cuyo carácter rústico e inicialmente huraño se condice con el que en la serie original fuera interpretado por Victor French, pero es menos alegre y más bien oscuro e introspectivo, en buena medida por cargar con la pérdida completa de su familia.

Entre los nuevos, tenemos al doctor Tann (Jocko Sims), quien tiene la particularidad de ser afroamericano. Y aunque pueda sonarnos extraño que alguien de tal etnia llegase a ser médico en ese contexto histórico y social, se trata de un personaje real, cuya presencia en la serie es coherente con lo que Laura Ingalls relata en sus memorias. Y no debe ser confundido con otro doctor también afroamericano que apareció en algún que otro episodio ya bastante avanzada la serie clásica.
Tenemos también a los James, cuyo jefe de familia Eli (Michael Hughes) es un acaudalado empresario del ferrocarril. Su esposa Jemma (Mary Holland) es una de las clásicas “damas de beneficencia” y sus hijas gemelas Romanzy y Edith (respectivamente Paisley Cadorath y Edith Jones) son las típicas “niñas bien” arrogantes y antipáticas. Llegué equivocadamente a pensar que los James fueran el equivalente de los Oleson, pero hacia el final de la temporada hay indicios de que veremos a estos últimos en la segunda.
Emily (Barrett Doss) es la encargada de la tienda local e interés romántico del doctor Tann, mientras que Caleb (Kowen Cadorath) es un joven huérfano que allí trabaja y al que ella ha acogido a su cargo pero, además y fundamentalmente, es quien en esta temporada establece una relación de amistad y atracción recíproca con Mary Ingalls.
Choque de Culturas
Como decíamos antes, es difícil quitarse la serie original de la cabeza por mucho que se busque el acercamiento a los textos originales. Hay imágenes que remiten claramente a la misma, como la carreta de los Ingalls cruzando el campo o las niñas corriendo y jugueteando con su perro. Y aunque la historia se ubique todavía algo antes, hay también momentos que remiten a aquel episodio piloto, como el acecho de los lobos (con un CGI bastante flojo, hay que decirlo) o el encuentro con los aborígenes locales.
Ese último punto merece ser destacado, pues en la serie original los mismos ya no volvían a aparecer después del inicio mientras que aquí la tribu de los Osage tiene un papel fundamental durante toda la temporada, al punto que las tierras en que los Ingalls construyen su casa se hallan en sus dominios y no hay todavía ningún arreglo del gobierno al respecto.
La coexistencia entre culturas plantea pues un dilema moral, ya que la familia ansía obtener la propiedad de la tierra, pero ello entra en conflicto y culpa con que los habitantes originarios deban marcharse y más aún considerando la amistad que Charles mantiene con el mestizo William Mitchell (Meegwun Fairbrother) o, de manera especial, Laura con la niña Águila Buena (Wren Zhawenim Gotts), hija del anterior.

En Definitiva…
La Casa de la Pradera termina siendo, en esta nueva versión de Netflix, una prolija y eficaz adaptación, a la par que una aceptable y remozada actualización del tono de la serie clásica. Y no es que necesite recurrir a la tan frecuente inclusión compulsiva para amoldarse a los tiempos, pues la propia serie original era ya de por sí bastante inclusiva en el tratamiento de temas como el racismo, el bullying o la discriminación. La diferencia, en todo caso, es que aquí persigue más la reflexión que la moraleja y está menos marcado el discurso cristiano que caracterizaba a aquella.

Y si bien la vida de los colonos es mostrada de manera mucho más realista, ello se equilibra con momentos de nostalgia que, muy bien dosificados, no terminan por devorarse a la serie ni quitarle su carácter de propuesta nueva.
La fotografía es bellamente correcta y captura a la perfección los paisajes rurales que hacen de marco a la historia, en tanto que las actuaciones del elenco se sostienen de manera solvente, muy especialmente la ya mencionada Alice Haisley en el papel de Laura, pero también hay que destacar los buenos desempeños de los actores adolescentes Skywalker Hughes y Kowen Cadorath, o de los adultos Crosby Fitzgerald y Jocko Sims.
Pero, por sobre todo, La Casa de la Pradera consigue emocionar y sería impensable otra cosa en una serie sobre la familia Ingalls. No podemos aún decir si hará historia como la original o los personajes acabarán alcanzando un carisma comparable, pero esta primera temporada constituye un comienzo más que aceptable y nos deja con ganas de la siguiente, sobre todo ahora que la historia comenzará a rozarse más con la que ya conocemos. Y, dado el aparente éxito de la serie en la plataforma, es de creer que la habrá…
Vale la pena darle un vistazo y, si eres joven y nunca has oído hablar de los Ingalls o solo te han llegado por mención de tus padres, puedes igualmente entrar sin problemas pues la nostalgia, aunque presente, no es requisito esencial para el visionado.
Hasta la próxima y sean felices…



