Ha llegado a Netflix la segunda temporada de One Piece, serie que, desarrollada por Matt Owens y Steven Maeda, adapta a live action el célebre y multivendedor manga homónimo de Eiichirō Oda. Si la primera nos había sorprendido con su calidad, la segunda vuelve a confirmarla con una adaptación valiente que, rebosante de humor y épica, no teme al absurdo ni busca un innecesario realismo. La espera valió la pena…
El poeta y filósofo Samuel Coleridge dijo alguna vez que para apreciar una obra literaria hay que suspender la incredulidad por un momento, un pensamiento del siglo XIX que hoy se puede hacer extensivo al cine y, ni hablar, a un producto como One Piece, ya sea que estemos hablando del manga más vendido de la historia, del anime que lo adaptó o (más aún por incluir actores reales) de la versión live action de Netflix, cuya segunda temporada, después de una larga espera de más de dos años, acaba de estrenarse en la plataforma.
Análisis de One Piece. Temporada 1: Netflix nos cerró la boca

En efecto, a lo largo de la hora que dura cada uno de los ocho episodios nos vamos a creer que un chico puede estirar un brazo hasta donde quiera, que los caracoles pueden funcionar como teléfonos o los renos ser médicos, como también que alguien haga crecer brazos y manos a voluntad, arrojar mocos explosivos o convertir una mandíbula de hojalata en fábrica de armas. Y asumiremos con total naturalidad que cualquiera de esas cosas es posible si te has comido una “fruta del diablo”.
Eso es precisamente suspender la incredulidad, algo hacia lo cual One Piece nos arrastra de manera prácticamente compulsiva pero placentera y lo genial es que no busca cubrir a la historia con una pátina de soso realismo para hacerla (supuestamente) más creíble como han hecho otras adaptaciones de manga o incluso a veces algunas de Marvel o DC que se muestran cobardes en el salto de las viñetas a la pantalla.
One Piece es, en ese sentido y por el contrario, una serie valiente que no teme al absurdo. Si un gran mérito tienen sus responsables es haber captado lo que muchos ejecutivos o realizadores suelen no entender: que el absurdo es tan sustancial al manga, y especialmente a One Piece, como lo son la épica, la emoción y el humor que, presentes ya en la primera temporada, no solo vuelven a estar en la segunda, sino que además se redobla la apuesta llevando la suspensión de la incredulidad a límites aun mayores y espantando nuestros temores de que aquello hubiera sido un mero espejismo.
Una segunda temporada que, como no podía ser de otra manera, tiene un tono mucho más viajero, reforzando por supuesto los vínculos con La Isla del Tesoro, novela de piratas por antonomasia en la cual claramente abreva, pero sin por ello dejar de rendir culto y tributo a otras grandes historias náuticas que a muchos nos han formado, como La Odisea, Moby Dick, Los Viajes de Gulliver o las de Simbad, el Marino.
Todo ello sin perjuicio de cruzarnos con Pinocho, con el spaghetti western (el tercer episodio es grandioso), con Jurassic Park, con las tiras cómicas de Hagar el Horrible (conocido en el medio hispano como Olafo, el Vikingo) o con la impagable y recurrente tripulación de piratas que cada tanto hacía presencia en las historias de Astérix con la misma inmediatez con que se hundían.
Es que One Piece es de alguna manera un compendio de la iconografía de la cultura popular, a la cual resignifica a través de la mezcla caótica y de un saludable sinsentido. Y ello le abre una franja de público mucho más amplia de la que podrían tener otras series al hacerla disfrutable para todas las edades, desde quienes jamás oyeron hablar de Stevenson (a pesar de que el grado de violencia imponga un piso de calificación de trece años) hasta los que peinan ya canas o directamente nada si es que se tiene la cabeza lo suficientemente abierta y se deja uno llevar.
Nada de eso funcionaría, desde luego, sin un elenco a la altura o personajes capaces de generar empatía y sostener entre sí tamaña química. La tripulación del Going Merry, en ese sentido, refuerza los vínculos que en la primera temporada les unieron y funcionan cada vez más como un todo, al tiempo que vamos también conociendo mejor el pasado de cada uno.

Luffy (Iñaki Godoy) sigue adelante con su sueño de hallar el One Piece y convertirse en rey de los piratas pero, en consonancia con el manga, van apareciendo interrogantes en torno suyo, como cuando sobre el final del primer episodio es salvado por un misterioso sujeto encapuchado identificado luego como Dragon, el líder del Ejército Revolucionario que combate en sombras al Gobierno Mundial.
Por cierto, el vínculo entre este y Luffy (bien conocido por los fans) no se revela en toda la temporada y probablemente tampoco lo haga en la próxima, por lo cual no es conveniente decir mucho, como tampoco acerca de las crípticas palabras en flashback del ajusticiado Gold Roger, a quien ya sobre el cierre del último capítulo se menciona debidamente como Gol D. Roger.
Nami (Emily Rudd) sigue desarrollando sus habilidades de navegación, pero se siente superada y no termina de confiar en sí misma, menos aún cuando la tiene complicada al otro lado de la Línea Roja, donde las brújulas ordinarias no funcionan y se requiere de una Log Pose, instrumento que mide los campos magnéticos entre las islas y se reinicia después de un cierto tiempo en cada una de ellas. O, mejor todavía, una Eternal Pose, que señala todo el tiempo hacia una isla fija…
Sanji (Taz Skylar) sigue siendo, desde luego, ese chef seductor y experto en artes marciales que pelea con sus piernas porque ningún cocinero osaría ensuciar las manos que pondrá luego en la comida. Pero se fortalece en esta temporada su relación con Nami y aparece el trauma del pasado con la muerte de su madre, quien se sacrificó por él.
Usopp (Jacob Romero Gibson) continúa siendo el francotirador de la tripulación con su inseparable tirachinas y no pierde oportunidad de contar sus fantásticas historias en todo puerto en que amarran, pero aprende en esta temporada cuán importante puede ser para el grupo en la medida en que, en lugar de dejarse vencer por el miedo, sea capaz de sacar a sus amigos de situaciones peligrosas aun teniéndolo.
En cuanto a Roronoa Zoro (Mackenyu Maeda), el espadachín del grupo, ha conseguido en Loguetown dos nuevas espadas bien conocidas para los fans, como son la Sandai Kitetsu, sobre la cual pesa una maldición que no lo desalienta a blandirla, y la Yubashiri, que el armero local le obsequia en honor a su valentía por elegir la anterior. Así, con la Wado Ichimanji, ya tiene las tres espadas icónicas y le vemos por primera vez luchar sosteniendo una de ellas entre dientes, aunque a la vez atormentado por las visiones de Dracule Mihawk, a quien no pudo vencer.
Pero la tripulación del Going Merry se amplía en esta temporada a siete con la incorporación de Nefertari Vivi (Charithra Chandran), princesa de Alabasta con la cual comienzan enfrentándose pero que se les termina uniendo al comprobar que tienen un mismo enemigo común y, ya sobre el cierre, Tony Tony Chopper (voz en inglés original a cargo de Mikaela Hoover), el adorable reno que pasa a ser médico de la tripulación y a quien su fruta del Diablo convierte cada tanto en abominable hombre de las nieves.
En cuanto a los villanos, reaparecen algunos de la primera temporada como Alvida (Ilia Isorelýs Paulino), la temible pirata de la Maza de Hierro que busca venganza y que ahora tiene la habilidad de que todo le resbale, o el pérfido payaso Buggy (Jeff Ward), con el cual la anterior hace alianza y terminan juntos casi matando a Luffy de no ser por la intervención de sus amigos.
Y, aunque ya lo habíamos visto, aumenta su protagonismo Smoker, el implacable cazador de piratas de la Marina que está obsesionado con atrapar a Luffy por haberle oído idéntica risa que a Gold Roger antes de su ejecución. Debe su apodo no solo a fumar dos puros a la vez, sino también a la habilidad de manipular el humo e incluso convertirse en tal. Y hay que decir que Callum Kerr, actor que lo interpreta, no tiene necesidad de mucho maquillaje por tener ya de por sí un rostro y un perfil que remiten a manga.
Pero buena parte del peso de la temporada se lo llevan los Barrocos, organización criminal liderada por el misterioso Mr. 0 que viene siendo una pesadilla para la Marina a partir del ataque y consecuente masacre en la base Shellstown bajo el liderazgo de la fría y sexy Señorita Domingo (Lera Abova), quien hace crecer miembros y extremidades a partir de flores y cuyo nombre real conoceremos hacia el final de la temporada, aunque esté desde un principio más que descontado para los lectores del manga.

Los objetivos de los Barrocos, más allá de llevar a la guerra civil al reino de Alabasta para apoderarse del mismo, permanecen aún bastante oscuros, incluso para el vicealmirante Garp (Vincent Regan), que encomienda a Smoker ir por ellos, teniendo este como ayudante a la suboficial Tashigi (Julia Rehwald), toda una especialista en armas que ha tenido algún encuentro con Zoro y que está obsesionada con hallar cada una de las espadas maestras y ponerlas en manos de quienes verdaderamente merezcan portarlas.
Y por debajo de la Señorita Domingo, los Barrocos cuentan además con múltiples agentes con nombres en código y distintas habilidades según la fruta del Diablo que hayan comido. Tal el caso de Mr.5 (Camrus Johnson), que es el que arroja mocos explosivos, o la Señorita San Valentín (Jazzara Jaslin), capaz de reducir o aumentar su peso a voluntad. También Mr. 3 (David Dastmalchian), quien controla la cera como un sádico artista reminiscente del que interpretara Vincent Price en La Casa de Cera (1953), o la Señorita Semana Dorada (Sophia Anne Caruso), capaz de manipular los sentimientos de las personas a través de pinturas hipnóticas.
A partir del final del segundo episodio, ya la historia se ubica básicamente al otro lado de la Línea Roja con nuestra tripulación buscando la Grand Line que los llevará hacia el One Piece tras navegar un peligroso estrecho a través de una montaña en la que el agua corre hacia arriba y ser luego tragados por la ballena Laboon, de la cual se liberarán gracias a una canción de Luffy en momento altamente emotivo, pero que puede hacer chirriar algo a los fans ya que en el manga el enfrentamiento es mucho más físico.

Tras ello, la peligrosa travesía les lleva a Whisky Peak, isla sacada de western spaghetti con cactus del tamaño de edificios y un pueblo que luce como uno de la frontera del oeste americano. Y a Jardín Pequeño, habitada por ciclópeos dinosaurios y ogros de corte vikingo que llevan un siglo enfrentándose entre sí pero que, como Lilliput y Blefuscu en Los Viajes de Gulliver, no recuerdan el motivo.
Y, por último, al reino de Drum, cuyo vil soberano Wapol (Rob Colletti), enemigo mortal de Alabasta y de la princesa Vivi, ha abandonado por completo a su pueblo y secuestrado a todos los médicos, por lo que nuestros viajeros, en busca de atención para Nami, deben escalar una escarpada montaña y visitar a la bruja Kureha (Katey Sagal), única médica que ha escapado y a cuyo servicio se halla justamente Chopper, el reno que sueña con ser médico y también pirata al que ella cuida desde que muriera su mentor Hiriluk (Mark Harelik, de quien parece chiste que su apellido suene tan cercano al nombre de su personaje).
Balance de Temporada
En definitiva, la espera fue larga pero One Piece ha regresado en plena forma y sin perder nada de lo que hiciera grande a la primera temporada. Y se nota que Netflix no ha escatimado en gastos, lo cual se agradece a los fines de que veamos la adaptación que requiere un manga tan querido e icónico.
Las coreografías de lucha son maravillosas y combinan a la perfección cgi con acción real. Y aunque se pueda decir que los efectos visuales no corren todas las veces a la misma altura, volvemos a lo dicho al principio: la serie busca deliberadamente un absurdo y una cercanía con el manga que no serían tales si sus efectos lucieran a nivel Hollywood.
En ese sentido, One Piece logra desde lo visual un equilibrio muy difícil entre lo pro y lo cutre, lo digital y lo artesanal, lo imponente y lo bizarro. La fotografía vuelve a destacarse y más aún al entrar en la historia mayor variedad de escenarios, pero siempre manteniendo ese toque estético que la acerca al manga, particularmente notable en encuadres, ángulos y planos.
Y la banda sonora de Sonya Belousova (The Witcher) contribuye, por último una vez más, a dar al conjunto el marco de épica y emoción que merece. No tengo vergüenza en admitir que por momentos me dejó al borde de las lágrimas y ni qué decir el tema de Tony Tony Chopper con que la temporada se cierra: no dejen por favor que Netflix les interrumpa los créditos y si ya se los hizo, les dejo la canción…
A riesgo de ser cargoso, insisto en la valentía de la propuesta. Esa misma que muestra Zoro al escoger una espada sobre la cual carga una maldición y no se me ocurre mejor analogía porque también cargaba históricamente una sobre las adaptaciones de manga a la pantalla que, por regla general ya instituida, no podían ser nunca buenas. One Piece vino a cambiar todo eso, ojalá que para siempre.
Lo único malo es que la costosa y complicada producción hace que quizás debamos aguardar otros dos años y medio para ver la tercera temporada. Bienvenido sea si ello garantiza calidad como sucedió con la segunda, pero hay un problema extra y es que los actores, sobre todo los juveniles, suelen crecer…
Hasta la próxima y sean felices…




