Crítica de After Life: el viaje intimista de Ricky Gervais

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Las dramedias hace ya un tiempo que irrumpieron en nuestras pantallas y, en estos últimos años, este formato se ha visto explotado y expandido en gran medida. Como ya comenté en este artículo sobre series poco conocidas del 2018, las posibilidades que ofrecen este tipo de productos son cuantiosas.  Y una de las tendencias que quizás propulsó este fenómeno fue la de la incursión de los grandes cómicos en las series. Desde obras ya míticas como Curb your enthusiasm o Louie hasta las más recientes como Better things o Crashing, el peso de los humoristas en el panorama televisivo ha sido notable. Y precisamente de este fenómeno os vengo a hablar ya que el conocido Ricky Gervais se ha sumado a la tendencia al unirse a Netflix con la creación de su serie After Life.

Fuera de la tónica

Como ya he mencionado antes, la presencia de cómicos en el mundo audiovisual como creadores ya no es nada descabellado pero After Life consigue diferenciarse en cierta medida del resto de la competencia y lo hace gracias a su enfoque. La serie parte de la premisa de un hombre (Tony) sumido en una gran depresión tras la muerte de su esposa. Sin nada que lo motive, Tony decide vivir esa depresión convirtiéndose en un ser triste y desagradable que no se muerde la lengua por nada ni por nadie. Aunque hubiese sido fácil aprovecharse de esta dinámica y exprimirla hasta la saciedad, Ricky Gervais la utiliza como un vehículo para resaltar la profunda depresión que aborda su protagonista, pues a pesar de lo ingenioso o gracioso que pueda resultar en ocasiones, el contraste entre ambas ensalza la ironía de su situación.

Más allá de la dicotomía en la personalidad del protagonista, todo lo que le rodea está diseñado para recalcar su propia soledad. Para Tony el mundo es ahora un lugar monótono, gris e intrascendente en el que la tónica es lo anodino o lo desagradable. Y la verdad es que la serie consigue plasmar esa sensación de intrascendencia y crea un universo pausado y melancólico que funciona a otro ritmo, a uno triste y desolador pero que a su vez resulta extrañamente cercano y reconfortante.

Emotividad artificial

A pesar de haber conseguido elaborar una base atrayente y de una envidiable simpleza, After Life falla en lo más importante: resaltar lo evidente. Como ya hemos visto antes, es una serie que se sustenta en muy poco y, sin necesidad de grandes mecanismos, puede comunicar mucho pero es justamente en los momentos emotivos, en aquellos en los que la tesis del producto sale a la superficie, cuando se desinfla. Hay ocasiones en los que parecen temer que el público no pueda captar los procesos internos o reflexiones del protagonista y comete, lo que a mi parecer, es un gran error: verbalizarlos. Una serie que presume de intimista y busca abordar algo tan interno y personal como la depresión, debería beber en gran medida del subtexto y de aquello que no se dice, de esos sutiles cambios en la manera de actuar de un personaje y de sus reacciones ante determinados estímulos. After Life sí que consigue en parte plasmar esos cambios en el protagonista pero parece verse sujeta a un impertérrito miedo a que el público no lo entienda y termina tirando por la borda gran parte de esa emotividad al decirse literalmente las amarguras y reflexiones de los personajes.

Las interacciones y dinámicas entre los personajes no son nada del otro mundo pero funcionan, los gags aunque no desternillantes cumplen su función y Ricky Gervais consigue su pequeño escaparate de crítica a la realidad, pero a pesar de todo esto la serie arrastra el terrible artificio de escenas previsibles que buscan deliberadamente, incluso descaradamente, hacer sentir bien al espectador. Un problema que me da especialmente rabia ya que en el fondo podría haberse evitado fácilmente y no lo necesitaban.

En resumen

After Life es una apuesta interesante que brilla por su valentía en el enfoque pero que peca al quererse hacer “fácil”. Muchos la critican por ser previsible pero, personalmente, no creo que sea algo que se le pueda echar en cara, ya que la premisa explicita bastante de por sí el desenlace. La gracia no está en los giros de guión que te pueda dar, sino en el viaje que pueda propiciar. After Life pretende ser una odisea emocional a través de un sarcástico hombre que cree haberlo perdido todo y se ha sumido en un discurso derrotista que repudia la vida pero que en el fondo es tan solo el clamor de alguien que ansía vivir pero ha olvidado cómo. Una propuesta curiosa y amena que es garantía de algún buen gag y de una experiencia inmersiva que, por desgracia, se ve en última instancia lastrada por ella misma pero con el potencial de llegar a más de uno.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello. También doy la chapa en Twitter @PablodesdeMarte.

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