Entre las alabanzas críticas que ha recibido The Brutalist y el impactante desmadre de La sustancia, sorprende la inclusión de Cónclave, una película de 20 millones de dólares de presupuesto, en las nominaciones a los premios Oscar. Eso sí, una vez vista, queda claro que el criterio de la Academia es más que acertado. Aunque no hayan incluido a Jurado nº2. Pero esa es otra historia, porque en esta crítica nos centraremos en los entresijos del poder papal…sin spoilers, por supuesto.
Cónclave narra la elección de un nuevo Papa tras el fallecimiento del actual a través del protagonismo del cardenal designado para organizar el cónclave que finalizará con la conocida fumata blanca.
Dirige Edward Berger, cuya carrera se ha situado fundamentalmente en televisión (The terror, Patrick Melrose, Your honor) hasta que lo reventó en Netflix con la adaptación de la novela Sin novedad en el frente, que ganó 4 premios Óscar. Entre ellos el de mejor película de habla no inglesa.
Ahora dirige la adaptación de una novela de Robert Harris, novelista británico especialista en best sellers de los de calidad. Encima, el encargado de adaptarla ha sido el guionista de otra genial adaptación como El topo, una de las mejores películas de espías de todos los tiempos.
Partiendo de un director solvente y un guionista con antecedentes extraordinarios, ¿Qué nos ofrece Cónclave?
Básicamente, la película es puro thriller político, con una serie de candidatos a cada cuál más dispar pugnando por el liderato de una de las organizaciones más longevas de la historia. Un auténtico House of Cards donde desfilan distintos tipos ambición intentando torpedearse los unos a los otros.
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Pero claro, no hablamos de una organización sin más, sino de la Iglesia católica, con sus más de dos mil años de tradición, historia y dogma.

Por lo tanto, una trama repleta de giros e intereses ocultos se ve enriquecida por estos tres aspectos de la Iglesia que confrontan continuamente a esta difícil elección papal.
En primer lugar, la tradición. Ya desde el inicio de la película, la muerte del Papa, contemplamos como se enfrentan abiertamente algo tan natural e inevitable como la muerte con el rito de la tradición. Solo así se entiende la falta de respeto que supone algo tan nimio como entrar en los aposentos de un Papa muerto sin haberse elegido un nuevo Sumo pontífice. O el tener que aislarse del mundo para elegir a uno de los líderes espirituales más importantes de este.
En segundo lugar, la historia. Porque también existen corrientes dentro de la Iglesia. Aquellos que abogan por una mayor integración de las mujeres o la inclusión de todo tipo de condición sexual frente a los que quieren regresar a los tiempos del latín como idioma oficial y a una mayor beligerancia contra otras religiones como el islam.
En tercer y último lugar, el dogma. Porque, ¿Acaso hay algo más irónico que los juegos de poder en una religión que proclama el amor al prójimo por encima de todo? ¿Se puede justificar gastarse todo tipo de putadas en nombre del Amor con mayúsculas, de aquel que implica sacrificarse por toda la humanidad? ¿Se debe hacer para que una religión que alberga a millones de personas de toda clase y condición tengan el mejor líder?
Todas estas preguntas radican en un guión perfecto que es carne de Oscar. Pero, como buena película realizada con talante clásico, bien es sabido que no basta con un buen director y un guión extraordinario.

Hacen falta actores, y el casting de Cónclave es uno de los mejores de los últimos años.
Hacía años que Ralph Fiennes no estaba mejor. Sorprende lo mucho que fagocita la saga Harry Potter, pero es una pena que este extraordinario actor sea recordado por su Voldemort y no por sus papeles en La lista de Schindler, El paciente inglés, Spider, El jardinero fiel o El menú.
Pero es que este ejemplo de contención actoral no puede estar mejor acompañado por actores sin tanto nombre pero que engrandecen la pantalla con su presencia. Hablamos, claro, de Stanley Tucci (La solución final), John Lithgow (el mejor villano de Dexter, la buena) o Isabella Rossellini (Terciopelo azul).
En definitiva, Cónclave es el ejemplo perfecto de un cine clásico cada vez más desaparecido. Una mezcla perfecta entre una dirección cargada de imágenes potentes, un guión de hierro y unas interpretaciones sobresalientes.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



