Crítica de El método Kominsky, el limbo de Chuck Lorre

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Es innegable que Chuck Lorre se está estableciendo como uno de los escritores y creadores de sitcom más prolíficos del momento. Ya sea para bien como con sus mundialmente reconocidas y consideradas discutiblemente como los dos sitcoms más influyentes de los últimos años The Big Bang Theory y Dos hombres y medio; o no tan bien como con sus proyectos menos inspirados y perezosos en Young Sheldon o Descolocados; Lorre se ha reivindicado como una figura a tener en cuenta dentro del panorama serial contemporáneo.

Su última apuesta en el sector, El método Kominsky, cuenta con dos grandes nombres en Michael Douglas y Alan Arkin, y promete un ligero cambio de estilo con respecto a lo que nos tiene acostumbrados, alejándose del sitcom más tradicional que le ha visto nacer y sumiéndose en el territorio del dramedy.

Dos abuelos muy carismáticos

La serie nos presenta al veterano actor Sandy Kominsky (Michael Douglas) y a Norman Newlander (Alan Arkin), su agente de toda la vida. La carrera de Sandy jamás llegó a trascender la barrera del éxito pero ha conseguido ganarse la vida creando su propio taller de interpretación -de ahí el nombre de la serie- y tanto él como su agente afrontan juntos los nuevos tedios surgidos de la vejez.

Más allá del tratamiento que pueda terminar teniendo la historia, las garantías que el dúo protagonista aportan son más que notables y cabe decir que ninguno de los dos decepciona. La dinámica entre Arkin y Douglas mantiene a flote la serie y sus interpretaciones son capaces de subsanar gran parte de las deficiencias argumentales que, con el tiempo, va evidenciando El método Kominsky. Y es que la serie, por desgracia, no termina de cuajar a pesar de que todos los elementos parecen estar ahí: protagonistas carismáticos y talentosos, formato de media hora en 8 capítulos, las garantías que se supone que una gran plataforma como Netflix debe aportar y un especialista del género tras las cámaras en Lorre. Pero es precisamente en este último punto donde los problemas de El método Kominsky salen a la luz.

Atascada entre dos mundos

Desde que la serie da comienzo, se hace más que evidente la mano de Lorre tras el guión: diálogos punzantes, personajes cruelmente ingeniosos, rápidas y dinámicas conversaciones… Pero lo que diferencia esta serie del resto de proyectos televisivos tras los cuales se ha visto involucrado, es que El método Kominsky no es una sitcom, es un dramedy. Los mordaces diálogos e ingenio conversacional no son capaces de sustentar un producto que a la par que risas busca drama y Lorre parece sacar literalmente la dinámica de sus anteriores sitcoms y encasquetarla aquí, dejando como resultado personajes poco creíbles y unos momentos dramáticos insulsos.

La serie muestra claramente una intencionalidad más reflexiva u oscura si cabe, pero a pesar de la música melancólica de fondo para reforzar el sentimiento de tristeza que se supone que debería producir en algún momento, El método Kominsky tiene el mismo nivel de dramatismo que The Big Bang Theory. Algo que per se no tendría por qué ser malo pero la serie, al no cumplir la promesa del dramedy y vagar entre dos estilos tan distintos, en última instancia termina careciendo de alma. Cualquier pretensión reivindicativa o mínimamente reflexiva, es coartada por su misma construcción y quedan en poco más que gracias intrascendentes.

Una serie sin más

Para aquellos adeptos al estilo de Lorre y que ansíen una serie ligera repleta de chascarrillos y personajes ofensivamente ingeniosos, El método Kominsky no decepcionará. Su formato ligero y núcleo de protagonistas bien interpretados, hace de su visionado una experiencia agradable y entretenida. Pero aquellos que busquen una buena comedia dramática es más probable que terminen la serie con un poso de amarga indiferencia. Y es una lástima porque había el talento y el formato para llegar a hacer un producto interesante y con realmente algo que aportar pero que por culpa de un erróneo planteamiento y un poco inspirado desarrollo -prueba de ello es el más que anticlimático final de temporada-, termina cayendo en lo anodino.

En definitiva, El método Kominsky es una irregular amalgama de estilos que terminan desembocando en una comedia pasable con pretensiones de drama, que se ve inevitablemente lastrada por el propio Lorre pero salvada por los actores.



el autor

Proyecto de todo sin llegar a nada. Estudio guión cinematográfico y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello. También doy la chapa en Twitter @PablodesdeMarte.

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