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Crítica de El monstruo marino (2022), un espectáculo visual para un desarrollo demasiado previsible

Netflix ha estrenado una de las películas de animación del verano (con permiso de Gru y sus minions), El monstruo marino, una historia que atrapará a los más pequeños y fascinará a los más mayores por su sobresaliente apartado visual. La hemos visto y esto es lo que nos ha parecido.

De qué va

El monstruo marino cuenta la historia de Maisie, una huérfana que se embarca en el Invencible, el más famoso barco cazador de monstruos, comandado por el Capitán Ahab, digo… el Capitán Crow (voz de Jared Harris en el original). Maisie trabará amistad con el segundo de abordo, Jacob (voz de Karl Urban) y juntos emprenderán la caza del monstruo más famoso de todos, Moby Dick, perdón, el Bramador Rojo. Pero el final de la historia tomará un giro inesperado para ellos, que descubrirán que uno puede ser un héroe y estar equivocado.

Como se puede desprender del párrafo anterior, El monstruo marino no deja de ser un batiburrillo de diferentes historias ya conocidas, desde La isla del tesoro a Moby Dick, pasando por la saga de Piratas del Caribe e incluso con atisbos de Godzilla o cualquier otra película de kaijus. Nada nuevo bajo el sol pero hay que reconocer que lo han hecho con mucha gracia. Chris Williams, como director y co-guionista, ha conseguido una cinta que bebe de muchas fuentes y las engarza en una nueva historia.

EL MONSTRUO MARINO

El monstruo marino se inicia como una película de aventuras de las de toda la vida, con una escena de lucha en el mar entre el Invencible y el Bramador Rojo que ya quisiera haber protagonizado Johnny Deep pero cuando Maisie entra en escena la aventura se diluye y pasamos a una película más infantil, donde la niña se hace amiga de un monstruo incomprendido que sólo quiere que lo dejen en paz. Los niños se entusiasmarán y los adultos bostezarán pero esta película no es para ellos, así que es lo que hay.

Sin embargo no puede evitar caer en los tópicos más conocidos del cine de animación. La sombra de Disney es muy alargada y ahí está la niña que quiere cambiar el mundo, su mascota mona y graciosa y el héroe que descubre que ha dedicado su vida a la causa equivocada. También tenemos crítica social contra las fake news y el poder establecido y mensaje pacifista al final. Es una lástima que al final volvamos siempre a lo mismo porque en su primera mitad la película promete otra cosa.

Un espectáculo visual

A pesar de que puede que defraude a los adultos por lo previsible que se vuelve la historia, lo que no se puede negar es que visualmente es un prodigio, un espectáculo de animación que seguramente sea de lo mejor del catálogo de Netflix. El mar nunca fue tan real como aquí, los cazadores de monstruos lucen multitud de detalles, la luz te traslada al océano, a la isla de los monstruos,… Es imposible no quedar embobado y hay que reconocer su gran trabajo.

Eso si, el diseño del monstruo es efectivo pero muy simplón. Es como si un kaiju hubiese pasado por Disneyland para un tratamiento facial y estético que lo hiciese más agradable a la vista y digo de figurar en un happy meal. O como si hubiesen reciclado al protagonista de Como entrenar a tu dragón.

En resumen, El monstruo marino es una película algo descompensada. Su inicio, más oscuro y tétrico para una cinta con un target infantil, es mucho más serio que su desarrollo y desenlace, que ya hemos visto muchas veces y cae en topicazos que rozan lo ñoño.

Aun así es una de las películas del verano, a pesar de su estreno en nuestra plataforma amiga. Y es que a pesar de sus defectos (que tampoco son tantos pero hay que señalarlos) en mi opinión habría merecido un estreno en salas de cine, la oportunidad de que los padres pasasen por taquilla para tener a los niños entretenidos, al fresquito del aire acondicionado. Peores cosas se estrenan y Netflix ha apostado por películas más raras. Un saludo y sed felices.

 

Pedro Pérez S.
Pedro Pérez S.
Aficionado también al cine, las series de televisión, la literatura fantástica y de ciencia ficción, a la comida, la cerveza y a todas las pequeñas cosas que nos hacen felices.

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