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Crítica de El Vacío: Terror valiente en tiempos conservadores

El 8 de Diciembre se estrena en España El Vacío (The Void), película de terror que promete darnos nuestras dosis de gore, años 80 e influencias lovecraftianas. Yo he podido verla y vengo a contar por qué hace falta verla en cines. Y no, no es solo porque merezca la pena.

Un mal momento, el mejor momento

De entre las numerosas películas de terror que se producen cada año, caracterizadas por unos bajos presupuestos que acaban derivando en rentabilidades medio-altas, siempre hay unas pocas producciones que despuntan por salirse de la tendencia del momento. Son casos especialmente reseñables porque el terror es uno de los géneros más conservadores en cuanto a convenciones formales, argumentales y estilísticas, que pasan por etapas de producción uniforme hasta agotar la fórmula y pasar a la siguiente tendencia. Por eso, estas propuestas que se atreven a salirse de las convenciones son a la vez un riesgo muy grande económicamente y un hallazgo agradecido para los espectadores cansados.

Hace poco hablaba en esta web de cómo John Carpenter subvirtió las reglas del género reinventando o haciendo suyas muchas innovaciones que perdurarían como puntos de referencia, y firmando algunas películas que se probarían adelantadas a su tiempo; algunas de sus aportaciones se desgastarían y renovarían y otras, como el slasher, se renovarían y desaparecerían casi por completo. También he hablado de La Bruja –con la que El Vacío comparte productor ejecutivo– una estupenda película de terror de hace poco más de un año que era en realidad un drama de horror psicológico bastante complejo. La película que ahora nos ocupa comparte con ambos ejemplos las ganas por salirse de la tangente y hacer algo fuera de lo que el medio parece estar produciendo en masa, y consiguiendo una película interesante con sus aciertos y errores.

Qué ofrece El Vacío

El Vacío une muchos elementos del cine de los ochenta: desde el amor al gore y un cuidadísimo diseño de criaturas hasta el empeño en el desarrollo de un núcleo de personajes, diferenciados y aislados en un escenario que actúa como cárcel en medio de una escalada de violencia. En una época en la que la tendencia es reducir a los personajes a meros objetos que pueden ser usados en numerosos y convenientemente distribuidos sustos, sin importar la coherencia de sus reacciones dentro de las mismas reglas impuestas por la propia película, este primer punto es algo que se agradece. No son un prodigio de desarrollo, pero son todo lo profundos que se puede pedir a una película de este formato: se les presenta y diferencia con claridad y concisión desde el principio, con un goteo de información que se toma el tiempo necesario para que la exposición no sea insultantemente obvia y burda pero ni un segundo más para no caer en el relleno. De hecho, iría más allá diciendo que tanto el primer tramo de la película como el último, con un interludio centrado en el horror más puro, hacen especial hincapié en que el arco de su protagonista es el eje alrededor del cual se construye esta historia.

El gore, sin embargo, no tarda en eclipsar temporalmente a estos personajes. Se lo puede permitir porque a esas alturas de la película ya están bien definidos y diferenciados, y basta con sus interacciones para mantener abierto el arco de desarrollo al que se volverá al final con un punto de inflexión. Se ha hablado mucho, no sin razón, de ese concepto de terror cósmico de influencia lovecraftiana que va construyéndose en el contexto de la película hasta que se desata en el clímax. Clímax que es quizás  demasiado precipitado, dado el enorme esfuerzo que se nota que los creadores han puesto en dotar al universo de la película de una riqueza poco frecuente en lo que podría parecer otra película de survival horror en un espacio cerrado. Y es todo este universo del que apenas vemos retazos hasta el final lo que me hace plantearme que, seguramente, El vacío es una película que habría merecido más metraje y, definitivamente, más presupuesto: con mejores medios, se podría haber desarrollado todo este contexto tan amplio del contraste de lo reducido del espacio en que se desarrolla la película con lo inmenso del trasfondo que se nos va revelando.

La narrativa es ágil, la dirección es angustiosa en el mejor de los sentidos, la fotografía aprovecha cada oportunidad para jugar con diferentes tonos y frecuencias de colores hasta crear la sensación adecuada en cada secuencia marcando una progresión tonal, cada vez más ambiciosa. Usando hábilmente, pero no en exceso, las ya marca del género luces parpadeantes pero también aprovechando recursos como las luces de un coche de policía, El Vacío tira de inventiva para que no sintamos haber visto la misma escena dos veces. Cada personaje tiene su momento, su recordatorio y su payoff, marca de una buena edición, haciendo del viaje disfrutaba y evitando sentir que alguno de ellos fue prescindible. Uniendo esto a una banda sonora tan efectiva como poco interesada en desviar la atención y una apuesta por engrandecer el contexto como vía para la escalada de terror, tenemos una cinta tan compleja en su producción como sencilla en su apariencia, en la que los errores pasan a un segundo plano.

¿La veo?

El Vacío no es una película perfecta, pero es una película valiente. Y trae muchas buenas ideas que hacen sorprendentemente satisfactorio que sea una realidad y haya llegado a cines en pleno 2017 . Financiar a duras penas un proyecyo que se sale de la tendencia y vuelve a algunos de los elementos más prolíficos del género durante los años 80 –hoy en día abandonados– pero dando algo fresco y con ganas de aportar ideas nuevas es más que respetable. Y depende de nosotros como audiencia recompensar este esfuerzo para hacer posibles más películas como El Vacío, que nos ayuden a escapar de la monotonía de la fórmula del jumpscare y podamos volver a ver películas más imaginativas. Para mí, esto es razón suficiente para pagar la entrada.

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