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Crítica de Foodie Love: el amor real y la sobremesa

Si era ya evidente que la televisión moderna se encuentra en su apogeo en cuanto a números de consumo, la prueba que faltaba del dulce momento en lo que a calidad y posibilidades como medio nos viene con el éxodo de famosos directores a la pequeña pantalla. Lejanos quedan ya los tiempos en los Hitchcock, Spielberg o Lynch eran denostados por probar suerte en la televisión, ahora las series molan.

La más reciente –y cercana– de las migraciones al medio la ha protagonizado Isabel Coixet que, junto a HBO, ha decidido probar suerte en el formato de moda. Pero lo ha hecho a su manera y con mucha personalidad, apostando por el formato de media hora que tanto ha sido explorado en tiempos recientes y que más adeptos sigue cosechando gracias a series como Homecoming, Mr. Inbetween o Fleabag. Pero dejémonos de tonterías y vayamos al tema, ¿vale la pena Foodie Love?

El enfoque y los argumentos universales…

Foodie Love pretende reflexionar sobre algo de lo que ya se ha reflexionado mucho: el amor, concretamente el proceso de enamorarse de alguien. Pero como bien sabemos, todas las historias –en el fondo– ya nos las han contado alguna vez y lo que prima por encima de todo es el enfoque particular y visión única de cada una sobre ese o esos temas. En Foodie Love la originalidad reside en la búsqueda de plasmar en pantalla un amor “real”. Aunque pueda sonar pretencioso o incluso pedante esa expresión, en cierto modo la serie lo consigue. Este “amor real” pretende humanizar el comunmente idealizado proceso de enamoramiento y del conocer a alguien. Si bien Hollywood ha forjado ya todo un género que toca el tema, Coixet consigue encarnar con sus dos protagonistas los incómodos inicios de una relación amorosa. Unos inicios plagados de silencios, prejuicios, enfados infantiles, dudas y contradicciones, pero ¿cómo lo consigue?

Abrazando el metalenguaje

Probablemente uno de los elementos más complejos y difíciles de perfeccionar en cualquier producto audiovisual que implique la construcción de personajes, sea el de plasmar sus sentimientos y emociones verdaderas. Todos creemos ser coherentes con nuestra visión del mundo y decimos ser fieles a nuestros principios, pero en muchas ocasiones eso es tan solo la proyección de lo que queremos ser y en la mayoría de las veces lo que decimos y lo que sentimos van en direcciones opuestas. Somos seres complejos e imperfectos, por lo que el transmitir al espectador lo que quieren decir los personajes sin vocalizarlo de una manera artificial como haría la serie media de Netflix –ataque gratuito, lo sé– es una misión compleja.

Para afrontar este problema, Foodie Love hace una trampa: usar el metalenguaje para todo. ¿Pero qué entendemos aquí por metalenguaje? Básciamente el decirle al espectador directamente por medios artificiosos cómo se sienten realmente los personajes, como puede ser la voz en off, llegando en ocasiones a romper la cuarta pared. Si bien este recurso no es nada nuevo y hay series que lo han sabido utilizar para crear ironía dramática al poner al espectador en una situación de mucho más conocimiento que los personajes –véase The end of the f***ing world–, Foodie Love lo abraza por completo, haciendo de su uso una cualidad distintiva que nos dice en cada momento exactamente cómo se sienten los personajes. ¿Pero qué gana con esto? Al no tener que emplear tiempo para transmitir el subtexto de sus personajes, Coixet puede permitirse el lujo de crear silencios en sus conversaciones, dudas y frases entrecortadas; básicamente recrear un ambiente incómodo que, sobre el papel, no aporta gran cosa más allá de generar una sensación de realidad. De este modo consigue escenificar esa cosa fría que suele ser la interacción humana sin dejar de dar la información pertinente para empatizar con los personajes y que la trama avance.

Pedante pero balsámica ¿vale la pena?

Foodie Love es ante todo una serie tramposa en su planteamiento y, por ende, el que cada uno entre o no en su mundo depende única y exclusivamente de si acepta esa trampa en pos de escuchar lo que se tiene que decir. Coixet dirige con delicadeza una historia que ya hemos visto en más de una ocasión pero no de este modo. Este es un producto distinto para bien y para mal, puesto que el universo en el que se mueve es uno visualmente gratificante y balsámico, lleno de platos apetitosos y voces sensuales que hacen en momentos de la serie un ASMR; pero a su vez también es un mundo pijo y en ocasiones elitista que puede llegar a hacer desconectar a más de uno por la pátina de pedantería que muchas veces termina cubriéndolo todo. Y esto no es baladí, pues una serie que pretende alcanzar cierto grado de honestidad sobre las relaciones humanas, no puede permitirse separarse demasiado de la franja de lo cotidiano.

Foodie Love en sus mejores momentos da hambre y nos ofrece una experiencia catártica cuasi hipnótica que nos refleja nítidamente en momentos de gran fragilidad emocional; en sus peores tramos se aleja con tangentes pretenciosas, movida por ambiciones estéticas y elitistas más allá de contar una buena historia. ¿Le darás una oportunidad?

Pablo Ferrer
Proyecto de todo sin llegar a nada. Intento de guionista y en ocasiones me creo crítico. Vivo en una divagación constante y no me arrepiento de ello.

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