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Crítica de Jerjes, la secuela tardía de 300

Hace ya once años, la película 300 invadió nuestras pantallas, tomándolas por sorpresa cual horda espartana. No es de extrañar: desde que Heródoto contó la hazaña de estos espartanos que combatieron en la desigual batalla de las Termópilas, una fascinación fuera de lo normal ha surgido en torno a este episodio de la historia griega. Frank Miller, uno de los creadores de cómic más prestigiosos que existen, contaba con un filón insuperable al crear la obra en la que se basaría esta exitosa cinta: el titánico esfuerzo y el sacrificio final de estos trescientos guerreros era la clase de relato que a este artista le gusta reflejar en sus trabajos más característicos. Batman contra las fuerzas de Ronald Reagan, Marv contra una red de protección de un caníbal en Sin City, Daredevil contra el mafioso Kingpin y la corrupción que le rodea… y Leónidas y sus hombres contra el aparentemente invencible ejército del rey Jerjes I de Persia.

En el tebeo original, este monarca se nos presenta como un semidiós de una altura increíble y cubierto de oro. Sin embargo, acabamos descubriendo una esperanzadora verdad: se trata solo de un ser humano, tan mortal como los griegos a los que se enfrenta. El cómic no necesita profundizar más en sus motivaciones o su personalidad. Al fin y al cabo, se trata simplemente de un obstáculo a superar (o, más bien, a contener) por parte de los protagonistas. 300 cuenta una historia sencilla y efectiva que apela a nuestras pulsiones más primarias, con el mejor dibujo de un Miller a punto de entrar en decadencia. Pero, a medida que el artista fue estudiando el mundo persa, vio que había algo más que contar desde el lado del antagonista. Esto declaraba Frank Miller en una entrevista en Comic Book Resources, donde también advertía una cosa: era guionista y dibujante de cómics. No historiador. Una vez hechas las aclaraciones, es el momento de adentrarnos en Jerjes, publicada este mismo año por Dark Horse.

La muerte de Darío I

Este tebeo, que lleva años gestándose, iba a ser la base para la secuela de la película 300, y se nota. Al igual que esta olvidable película, comienza con la primera guerra médica, en la que se relatan los esfuerzos del ateniense Temístocles para frenar al ejército persa. Durante estas escenas de batalla, el dibujo se asemeja más al antiguo Miller: quizás no refleje la anatomía humana con exactitud, pero conserva esa fuerza que tan célebre hizo a este dibujante en su momento. Las batallas navales se narran con un ritmo adecuado, pero ya en este primer número nos encontramos con el principal problema de este cómic. Se trata de su brevedad, que impide desarrollar esta historia de forma tan magistral como la gesta de los espartanos. No llegamos a empatizar con estos soldados atenienses, ni a hacernos una idea de la amenaza a la que se enfrentan.

No es de extrañar: al fin y al cabo, se trata del prólogo. Pero pronto veremos que este problema también afecta al nudo y al desenlace de esta trama, compuesta de tan solo cinco números. Esta primera entrega puede resumirse de una forma tan cruel como descriptiva: 300 pero peor. No es mala, y habría sido una primera parte más que adecuada si el conjunto hubiera mejorado… y, sin embargo, no se puede evitar la sensación de estar ante una mera repetición, ante un viejo rockero tocando únicamente las canciones que su público conoce. A pesar de ello, termina de manera distinta al original: con la victoria griega en la batalla de Maratón, y el rey persa muerto en combate. Pero ese monarca ha dejado a un hijo vengativo que, más temprano que tarde, volverá a probar suerte contra Grecia.

No es su látigo lo que temen

Al contar la historia del rey persa, a pesar del conformismo de la primera parte, el estilo de Miller cambia. No de una manera drástica, claro: sigue manteniendo sus monólogos internos, y sigue intentando plasmar imágenes impactantes en el papel, pero de una manera más pausada. El artista nos muestra distintos momentos en la vida de Jerjes, con una novedad bastante interesante respecto a 300. No da ninguna versión histórica de este personaje por buena, sino que se presentan escenas contradictorias sobre momentos clave como su muerte, acrecentando el enigma que ya rodeaba a este gigantesco dirigente. Al comienzo de esta historieta, el hijo de Darío era un simple mocoso vengativo, pero acaba por convertirse en algo más grande que sí mismo. La transición de hombre a leyenda es algo abrupta pero el autor logra revestir al personaje de esa aura divina de la que hacía gala en la obra original.

A pesar de que se trata de un experimento más que interesante, la duración sigue siendo el principal problema de este cómic. Miller dice haberse documentado mucho para realizar este tebeo, por lo que podría haber extendido la historia un par de números más, para hacer un repaso más completo del reinado de Jerjes. En lugar de mostrarnos una trama lineal de la que se habría beneficiado a la hora de mostrar las intrigas palaciegas y los lujos que rodearon al rey, opta por plasmar una escena detrás de otra sin un hilo narrativo claro que las una. De nuevo, una oportunidad desperdiciada.

La caída de la casa de Darío y el auge de Alejandro

Ese el subtítulo de este cómic, lo que nos advierte de lo que nos vamos a encontrar entre sus páginas: solo un par de números de estos cincos están dedicados a Jerjes como individuo. En realidad, a Frank Miller parece interesarle mucho más el proceso que este rey inició, es decir, la decadencia del imperio persa y su conquista por parte de Alejandro Magno. Por ello, el tebeo da un salto temporal hasta llegar al descendiente de Jerjes, Darío III.

El último gobernante persa antes del conquistador macedonio es reflejado como una imitación de Jerjes, cubierto de metal y convertido en un ser grotesco, aún más que su predecesor. Es difícil adivinar las intenciones de Miller: ¿quería hacer una caricatura? ¿Quería darle un aire de grandeza a este descendiente del rey? Nunca queda muy claro, pero este autodenominado gran monarca acaba palideciendo en comparación con su antepasado. Su caída se narra de forma tan apresurada que no hay tiempo para ponerse de su lado o del de Alejandro. Este es uno de los exponentes más dolorosos de la decadencia de su autor: lo que en el cómic original se contaba con una viñeta no tiene el mismo impacto en estos dos últimos números de la miniserie. Si este par de capítulos hubieran sido dedicados al supuesto protagonista, quizás estaríamos hablando de un producto final más satisfactorio.

Conclusión

300 destacó por centrarse en un episodio concreto de la historia griega y exprimir toda su capacidad para la épica con un dibujo espectacular y unos textos de acompañamiento muy eficaces. Este extraño spin-off intenta aplicar ese mismo estilo a un reinado completo, e incluso a la decadencia de un imperio. Lo que el autor no ha tenido en cuenta es que estas dos historias son muy distintas, y por ello requieren de una narrativa diferente, no tan centrada en lo estético y sí en el argumento, que apenas tiene importancia en esta obra. Además, se dedica poco espacio a los acontecimientos, restándoles el impacto que deberían tener en el lector, y se añaden unos episodios dedicados a Darío III que quizás tendrían lugar en otra secuela, pero no aquí. Quien tuvo retuvo, y por eso nos podemos consolar con las espléndidas splash pages que este artista nos regala, pero se trata de un tebeo fallido. Después de ocho años de espera desde que se anunció, el resultado final es decepcionante.

Máximo Simancashttps://laautopistadepalabras.wordpress.com/
Periodista recién graduado. Redactor en esta página y en el portal digital madridesnoticia. Creador de contenido para redes sociales.

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