Netflix ha estrenado Un marinero en la guerra, una miniserie de 3 episodios que en realidad es la adaptación al formato de la película noruega Krigsseileren, estrenada en septiembre del 2022 y seleccionada para representar a Noruega en la última edición de los Oscar. No hemos visto la película pero da igual. Un marinero en la guerra, tal como nos ha llegado, es de lo mejor que ha estrenado Netflix este año.
Los olvidados de la guerra
Singapur, 1948. Un occidental entra en un tugurio en busca de su amigo Freddie, un auténtico despojo humano, en una escena que nos recuerda a cuando Robert de Niro regresaba a Vietnam en busca de Christopher Walken, quien acaba volándose los sesos jugando a la ruleta rusa. No es el caso. Un marinero en la guerra carece de la épica de El cazador pero a cambio presenta un retrato desgarrador de la guerra y sus consecuencias en la gente normal.

Berger, Noruega. 1939. Siete meses antes de la invasión nazi de Noruega, Alfred Garnes y su amigo Sigbjørn se disponen a embarcarse en un barco mercante noruego. Alfred, casado con Cecilia y padre de tres hijos, promete a su hija que volverá en 18 meses, que allí donde va no hay guerra y que no correrá ningún peligro. Lo que no sabe es que tardará diez años en volver y que entre medias no correrá ninguna aventura sino que será tratado como carne de cañón y deberá hacer lo que pueda para sobrevivir.
Alfred es el despojo humano que ahoga sus penas en alcohol y drogas en Singapur y Sigbjørn, su amigo, su único amigo, es quien va a buscarle. Cómo han llegado a esta situación es el motor de la serie, una serie que presenta otra visión de la Segunda Guerra Mundial totalmente alejada de los tópicos más habituales del cine.

El horror en la guerra y la esperanza en lo cotidiano
Mientras Alfred y Sigbjørn navegan de acá para allá, su familia sobrevive como puede a la ocupación nazi. Cecilia debe lidiar no sólo con intentar conseguir su sustento diario sino con las esperanzas de sus hijos de ver regresar a su padre. Este cotidianidad, este hacer incapie en el aspecto más humano de la historia, sin aspavientos ni falsas imposturas, es uno de los puntos fuertes de la miniserie.
Otro de sus puntos a favor es la interpretación de sus actores, es especial de Kristoffer Joner como Alfred Garnes. Pocos personajes en la ficción hemos visto que lo pasen tan mal y que sean peor tratados en una guerra. A eso ayuda la labor como director (y guionista) Gunnar Vikene, quien huye de planos bélicos espectaculares y se centra en más en el rostro de sus personajes, retrato de las miserias de la guerra.

Abundan en la historia el uso de elipsis, avanzando el relato de un año a otro, sugiriendo algunos sucesos y mostrando sólo aquellos que son determinantes para el devenir de Alfred, Sigbjørn y Cecilia. En el debe de la historia, quizás haya que señalar que en algunas ocasiones adquiere algún tinte de culebrón pero se perdona fácilmente ante lo desgarrador que resulta el relato.
En resumen, Un marinero en la guerra es una miniserie más que recomendable, un vistazo a los horrores de la guerra, los efectos que tiene en los seres humanos y cómo consiguen sobreponerse a todo, o por lo menos sobrevivir, lo que ya es mucho. Un marinero en la guerra es todo un homenaje a los marinos noruegos que participaron, muy a su pesar, en la Segunda Guerra Mundial y sin los cuales Inglaterra y sus aliados seguramente ahora hablarían en alemán.
Nos rasgamos las vestiduras en demasiadas ocasionas porque Netflix ha cancelado esto, aquello o lo de más allá pero hay ocasiones en las que debemos quitarnos el sombrero porque nos trae historias que ni de casualidad llegan a las salas comerciales, películas y series que nos acercan a otras culturas y a otras filmografías. Me llamo Chihiro fue una de esas ocasiones. Un marinero en la guerra es otra. Un saludo, sed felices.



