Iniciosci-fiLa tapa del obsesoCrítica del videojuego del dinosaurio saltarín de Chrome (con sensaciones encontradas)

Crítica del videojuego del dinosaurio saltarín de Chrome (con sensaciones encontradas)

Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Subsumidos en la más radical monotonía de lo cotidiano, los videojuegos y sus mecánicas fabriles y febriles insisten en regodearse en mecánicas obtusas y planteamientos obscuros. Fruto del mayor entendimiento y de la progresiva subyugación a lo mastodóntico de un mercado hipertrofiado que huele a Sísifo, el videojuego deja escapar su frescura e inmediatez, siendo desperdiciada en aras de un target ambicioso pero poco formado en las nobles metas de tan bello arte.

No obstante, queríamos dejar constancia de que no todo se ha podrido y que no todo es estupro intelectual. Aún quedan parcelas de libertad y sensaciones encontradas que hacen posible ese retorno a Sísifo y ese aroma a película de Pasolini y Marinetti. Incluso a las películas porno, que conio. Queremos hablar de algo tan inmediato como necesario. Las obras de arte no sólo están en museos de aristócratas como (estimado becario: busca y pon aquí nombres de aristócratas ingleses molones, pero antes míralos en la Wikipedia y no pongas a ningún nazista, hazme el favor). También está en lo cotidiano, en el amanecer, en el olor a las flores, en las bolsas de basura siendo empujadas por el viento y en las bolsas de basura que la gente deja fuera del cubo en verano.

Y más consuetudinario que operar con el teléfono móvil hay poco. Hasta el más lumpen de los lumpenes tiene uno. Es en cualquier móvil donde podemos experimentar sensaciones encontradas, crepusculares. faulknianas, marcianas y wagnerianas. Hablamos de uno de los más infravalorados videojuegos de todos los tiempos: el que sale en Chrome cuando no tienes conexión. En el que sale el dinosaurio que va saltando cuando le das a la pantalla para saltar cactus. Ese en el que va cada vez más rápido.

Más de un concienzudo y sibarita lector en este punto dudará. Pero si es así es por el marco discursivo en el que nos vemos subsumidos, el marco ganador que han impuesto unos señores de otro planeta que han llegado a éste en catapulta. Las sensaciones encontradas de ver peliculazos en blanco y negro del siglo XIX rodados en Ulan-Bator nos hacen recordar que no debemos tropezar con los habituales designios dictados por el sistema. No debemos renunciar a las sensaciones encontradas. Hay vida más allá de las propuestas repetitivas y poco dadas a la gloria crepuscular en la gran industria.

¿Qué nos encontramos en esta obra de arte? La simplificación del olor a Sísifo. La ambición de Marinetti. Los cómics de una editorial que te llevan a ser superculto que te cagas, no como la otra editorial que te llevaba a lamer ladrillos (adivinad cual me gustaba a mí, jajaja). El clima crepuscular de las novelas de Chandler (fueran estas de lo que fueran, que ni él lo sabía). Y, claro, LAS SENSACIONES ENCONTRADAS. Y LO WAGNERIANO. ¿Un dinosaurio saltando, dices? ¡No, paleto! ¡simple! ¡idiota! ¡es la representación deconstruída de la vida moderna y decadente en el siglo XXI en Occidente! ¡ese montón de mierda insoportable de tal calado que dan ganas de irse a vivir a otro sitio y época no decadente y mejor! Como por ejemplo…hmmm…bueno, quédense con el concepto, que es lo que cuenta.

En la soledad del desierto, el dinosaurio salta. Una soledad real, en la que no hay nada más en pantalla. Del mismo modo que nosotros en el mundo real, con un universo indiferente ante nuestra desgracia, gloria o sensaciones encontradas. Sin nada detrás, nada delante. Sólo obstáculos que saltar, que evitar, sin saber quién los puso ahí ni el porqué. ¿Porqué somos un dinosaurio? Es la misma respuesta que nos devuelve, crepuscularmente, a nuestras propias vivencias, a nuestra propia identidad subyugada yuxtaposicionalmente. ¿Cómo es que hemos nacido humanos? ¿porqué no perros? ¿porqué no un bolardo? ¿hay una razón por la que todo el mundo pasea por las ciudades y nadie hace caso NUNCA a los bolardos? El futuro juzgará severamente nuestra falta de atención a los bolardos. Y no sigo que si me caliento me da por abrir otra petición en Change.org y ya me han baneado varias veces allí (además de haber peticiones para que me dejen entrar sólo para volver a banearme).

Bolardos: todo un símbolo de tu vida sexual

Ante las fuerzas del mal del vacío sideral que están encarnadas por esos cactus en el suelo dentro del videojuego sólo nos queda saltar. Los creadores del juego, seguramente tras varias lecturas de Trópico de Cáncer, advirtieron wagnerianamente la imposibilidad de cambiar ni un sólo aspecto de tu existencia vital. En realidad siempre fue así, no es sólo que yo esté sin novia, sin bolsas de patatas fritas y escribiendo esto en pijama en casa tras un auto-abuso sexual, ojo. El diseño y las mecánicas del videojuego nos transmiten las mismas sensaciones encontradas que en la vida real, en la que jugamos el juego. Este paralelismo “soy inútil en la realidad“-“soy un inútil en el juego” llevan a una bizarra conclusión: muy posiblemente todos seamos unos inútiles, cual Jorah Mormont de la vida.

La puntuación, cada vez mayor cuantos más cactus saltemos, es un reflejo doloroso de Sísifo. Es pura masturbación fruto de la post-verdad de Disney. Da igual la puntuación, no vale absolutamente de nada, como no vale para nada todas esas horas mandando tuits amorosos a Laura. Seguro seguro seguro que me estás leyendo, Laura. Estarás muy feliz con tu dentista y tu chalecito adosado, Laurita, pero mira, yo escribo en un sitio famoso y tú no. Ni tu dentista de mierda tampoco. Lo he superado, Laurita. Ya no tengo fotocopiada ni pegada por las paredes la gran obra de Semónides de Amorgos ni todas tus fotos colgadas en Twitter e Instagram. A ver quién ríe el último: jajaja.

El juego es un eterno saltar sin sentido, un eterno esquivar cosas presuntamente fáciles que cada vez transcurre más deprisa, como el tiempo en la realidad. Uno llega a los treinta rápido, pero cuando está pensando qué hacer con su vida, trabajando y poniendo lavadoras mientras ve Juego de Tronchos (“Juego de Tronos son sólo tetas y dragones“) se da cuenta que ha cumplido cuarenta. Y que no son los cuarenta de Brad Pitt, que son más los de José Antonio Camacho.

It´s only sweat, but I like it

Es un videojuego sin fin, como la existencia absurda del universo frío y distante. Los diseñadores transmitieron así el existencialismo moderno de Houellebecq hasta al más simple, idiota y ridículo de los mortales. La única salida y fin posible es la muerte, la equivocación simple y llana sin grandes discursos ni alocuciones customizadas, customizantes y customizables. Poesía deconstruida en unos gráficos simples e intencionalmente estilizados. Por no mencionar las muchas posibilidades y consecuencias que tiene el juego, con un abanico incomparable de elecciones y efectos de las acciones del jugador en el juego. A saber: si saltas sigues vivo, si no saltas mueres. ¿Hay acaso alguna elección más compleja, más vital, más poderosa (y con sensaciones más encontradas)? ¿no es cierto que tan poderosa elección sólo puede ser fruto de una amplia deliberación de un conjunto de genios, de artistas, de gente que entiende perfectamente el frío y oscuro universo lovecraftiano en el que nos encontramos?

Para finalizar, sólo nos queda recomendar esta pequeña gran joya que además de entretener cuando te quedas sin datos o sin conexión consigue que, mediante sensaciones encontradas y con un wagnerianismo que roza el humanismo, pueda uno ver reflejada su dura y aislada existencia dentro del inevitable devenir de la vida moderna y sus ásperas e inevitables aristas.

Sed felices.

Raúl Sánchez
Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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