De la vez que salvé al mundo en un colegio de Móstoles

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Como tengo casi cuarenta años y llevo desde los siete u ocho leyendo cómics (entre otras cosas) mi cuñada, que es profesora, me dijo que si yo podía ir a su colegio, en Móstoles, para hablar a los niños sobre superhéroes. Iba como experto en el tema, ni más ni menos. Fue hace pocos años, no sé si cuatro o cinco. Es decir, que todo el gran mogollón de las películas estaba ya hace tiempo rodando.

Yo me sentía rarísimo. Ahora que no nos lee nadie os lo diré: yo hasta que no tuve casi 20 años no hablé con nadie de superhéroes. Ninguno de mis amigos leía esas cosas. Bueno, la mayoría ni leía. Y los que leían no habían caído en el mundo de la gente vestida con mallas. Como no había Internet, no sabía muy bien qué era hablar de superhéroes con otros seres humanos. Entendedme, hay muchísimas cosas peores, claro, pero yo me sentía rarísimo al hablar de esas cosas. Puedo haber criticado muchas películas superheroicas, puedo rajar mucho de Zack Snyder, pero, siendo sinceros, casi prefiero que haya otra generación que haya soñado alguna vez con los superhéroes. Antes de las películas no estaba garantizado, ojo. Con sus más y sus menos, casi mejor que haya sido así.

Pero aquí nos enfrentamos a uno de los grandes dilemas del frikismo. La nostalgia o la renovación. Yo he sido especialmente pesado, lo sé, con rajar de la nostalgia. No tanto por no poder tener buenos recuerdos de la adolescencia o reivindicar las cosas buenas de ella, sino por quedarse en plan lotófago. Tendemos al fundamentalismo y la nostalgia, y ser consciente de eso puede, quizás, ayudarnos a no ser brasas con los incautos que pasan a nuestro alrededor cuando hablamos de cómics. Al menos no demasiado. Y, bueno, en este caso, además, eran niños. Hice un PowerPoint con imágenes de viñetas lo más espectaculares y modernas posibles: Hulk levantando una montaña, Thor luchando contra Jormungand, cosas así. Luego dediqué tiempo a Wonder Woman: un vídeo de dibujos animados sobre su muy bello nacimiento, una pelea frenética de, creo, la serie de animación de la Liga de la Justicia…y como me habían dicho que había un niño negro al que el tema le pirraba me lancé. Puse también una viñeta del primer Capitán América, que fue negro, como pudimos ver en ese gran cómic que es La Verdad (del que ya hemos hablado en este post).

 Siempre he odiado a los niños. Los gritos. El caos. El desorden. Cómo sueltan las cosas. Yo soy todo lo contrario: alguien introvertido, que odia las discotecas de siempre, que adora las rutinas y llevo mal las sorpresas. Alguien, en general, poco viril, para qué engañarnos. Era el día e iba a hablar de algo que me encantaba a seres con los que me llevaba de siempre mal. No sabía si poner lo del Capitán América negro iba a quedar muy bobo o muy de postureo. ¿Debía haber puesto cosas como más de adulto para que los niños dijeran “hala, esto es de mayores, cómo mola“?

Y me soltaron ahí, con todos aquellos niños. Me presenté y aquello era un griterío ensordecedor. Me preguntaban todos a la vez: que si me gustaba el Capitán América, que si su héroe favorito era Batman, que si iba a hablar de Flash, que si yo sabía que había un Iron Man negro con armadura gris, que cómo se llamaba el que hizo el escudo al Capitán América, todo a la vez. Entendí entonces porqué había que hablar de superheroínas: las niñas también estaban como motos, pero no al nivel de entusiasmo de los niños. No sé cómo, pero empecé a poner imágenes de superhéroes haciendo barbaridades, empecé a mover los brazos, imité los gestos, hice sonidos con la boca para imitar sonidos de golpes. Les puse los vídeos de Wonder Woman luchando contra Deimos, la personificación griega del terror, y alguna niña soltó: “¡Qué guay, qué fuerte es!“.

Y llegué al Capitán América negro. El primero que hubo. Al llegar, les dije que ese era el primer Capitán América, el primero que hubo, antes del mismísimo Steve Rogers de las películas (ahí puse otro vídeo de la película). Y me fijé en el niño negro. Estaba medio levantado, con la boca abierta y los ojos como platos. Su cara decía “Dios existe“. Cuando pasé la diapositiva a la escena de la película del Capitán América, miró a un amigo y le gritó algo. Durante unos segundos no hubo nadie más feliz en todo el planeta. Nadie. Y sin hacer infeliz a nadie para lograrlo. En ese momento envidié a los profesores. Que por más que sufran, que lo hacen mucho, muy de vez en cuando pueden sentir momentos así. Es mágico y maravilloso. Por pocos segundos que durara.

Pasé entonces a poner supervillanos, uno tras otro, hasta que llegué a uno que no conocían. A Galactus, el devorador de mundos de Marvel. La imagen no dejaba lugar a dudas: era más grande que la Tierra y además tenía entre sus manos a otro planeta, destruyéndolos. Les conté que era el ser vivo más viejo que se conocía, que comía planetas como ellos comían macarrones. Y también que no se sabía si era bueno o malo, tal y como se había escrito mil veces en mil revistas de cómics: ¿era malo el lobo que comía carne? ¿y nosotros cuando nos comemos una lechuga? Un silencio inundó a los niños casi por primera vez. Aquella imagen impresionaba: se iba a comer la Tierra. Pero uno de ellos dijo: “Claro que es malo, nos quiere a comer a nosotros“. Mil millones de discusiones sobre la moralidad de Galactus a la papelera con dos frases de un niño de Móstoles.

Todo acabó, y un niño de la primera fila que no había dicho nada ni gritado nada se  levantó, me abrazo por la cintura (que es por donde llegaba) y me dijo: “gracias“. Yo, titubeando, le respondí: “Eeeeh…no, gracias a ti“. Las profesoras que estaban allí me dijeron que bien, pero yo qué sé. No lo sé, la verdad. Pero de todo aquello me quedo con algo: por mucho que no os gusten los niños, como a mi, no los despreciéis. Sienten las cosas nuevas con una emoción que quizás los más viejos hemos perdido, pero para ellos suele ser la primera vez. No hay que tratarles como adultos pequeños tontos ni como idiotas por su entusiasmo sin ningún tipo de cinismo. Qué bonito es despertar su curiosidad, aunque para ello haya que renunciar a nuestro sacrosanto pasado o haya que pasar por ciertos aros molestos. Y qué necesario y bello es, lo diré, cuando una niña o un niño negro ven que ellos también están invitados a la fiesta como protagonistas y no sólo como acompañantes de la historia.  No sólo no aparta a nadie, sino que nos hace sentirnos a todos más juntos. Porque todos podemos soñar con las mismas maravillas, con las mismas proezas imposibles y todos hemos sido inocentes alguna vez. Y es así porque compartimos mucho más que lo que nos separa como seres humanos.  Siempre nos unirán más cosas de las que nos separan del resto. Y los superhéroes está bien que reflejen todo ésto, que lo promocionen y que rompan clichés de su propio pasado en su nombre. El saldo es, creo, más que favorable.

Felices fiestas y sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

6 comentarios

  1. A mi tampoco me gustan los niños, pero nada de nada. Pero soy bibliotecaria y a veces me toca estar en la sala infantil. Y he empezado a quitar los dibujos de princesas para colorear y he puesto a Wonder Woman, A batgirl, etc. Y tenías que ver a esas niñas gritando, diciendo que quieren ser como ellas, hablando con otros niños de super héroes favoritos… Poco a poco abriendo mentes y camino. Mucha gracias por el post, me ha encantado! 🙂

    • Raúl Sánchez el

      Muchas gracias. Tienes una suerte tremenda: de vez en cuando estás ilusionando a alguien. Aunque sea muy de vez en cuando es algo maravilloso.

  2. Igual soy yo que siempre he sido un ñoño y un sensiblón, pero de verdad que me ha emocionado este post. Al contrario que tú a mi los niños me encantan. No envidio su inocencia y lo típico que suele decirse, sobre todo envidio porque echo muchísimo de menos su capacidad de asombro. En mi caso concreto recuerdo la primera vez que vi la película de Superman con 4 o 5 años, según mi padre nunca me había visto así nunca con una película, desde ese momento quería ser como él.

    Lo daría todo por volver a sentir la sensación de la primera vez que descubrí al personaje. Envidio a la gente que no ha leído nunca a Batman, Superman, Los Vengadores, La Patrulla X, La Liga de Justicia y un larguísimo etc, porque la sensación de ir descubriéndolos es indescriptible.

    Me identifico totalmente con el niño negro al ver al Capitán América, y con la niña al ver a Wonder Woman, y me encantaría volver a sentir esa emoción.

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