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El arte de las cabeceras (Parte 1)

Iba a ser el título de esta entrada “Cabeceras de series: el arte de la síntesis“, pero una segunda lectura me ayudó a descartar el que podría ser el enunciado mas gratuitamente pedante de esta semana. De cualquier forma, es ésa la esencia de lo que es una cabecera (intro, créditos iniciales, títulos, opening sequence… nombres no le faltan) bien hecha de una serie de televisión. Y ahora que llevamos ya más de quince años en lo que nos gusta llamar la Era Dorada de la Televisión, donde cada mes se lanzan varias ficciones televisivas de las cuales muchas son al menos rescatables y otras cuantas tienen notable éxito, los equipos creativos de las cadenas tienen infinidad de recursos que hace no mucho tiempo serían impensables fuera (o incluso dentro) del mundo del Cine. Así que hoy planteo un repaso a algunas de estas cabeceras que, por uno u otro motivo, merecen ser recordadas. Una última nota: Para no alargar en exceso las entradas, el post está dividido en tres partes.

La esencia de la serie

El mérito de una buena cabecera de serie está en conseguir trasladar a una secuencia de entre unos segundos y pocos minutos la esencia del metraje que la sigue. Captar el estilo, el fondo y las formas, los rasgos y las intenciones tanto temáticas como creativas de la serie sin perder la elegancia y sin caer en la saturación. No hace falta tener medios desbordantes (si bien es cierto que ayudan), ni tampoco ser un ostentoso ejercicio de estilo. Cabeceras simples como la de Californication (2007-2014) fueron muy populares y sirven perfectamente a su propósito:

Tampoco es necesario contar con una duración excesiva para dejar claro de qué va la serie. Es más, cuanto más breve sea más fácilmente consigue que el espectador decida no saltarse esa introducción a cada episodio una vez haya visto un par de ellos (con excepciones, como comentaré más adelante). Y un ejemplo de ello es la archiconocida cabecera de Breaking Bad (2008-2013). Esta serie, aparte de un clásico (casi) instantáneo (aún recuerdo seguir la serie “al día” y ver declaraciones de sus creadores diciendo que era demasiado oscura para un público amplio… Quien la viera y quien la ve) tiene una de las cabeceras más míticas de la televisión reciente. Apenas 18 segundos que transmiten con elegancia lo que vendrá después: una música de notas discordantes, una tabla periódica que forma el título y tonos verdes apagados que se cubren de humo. Entre el conjunto y las notas que la siguen, que nos empieza a situar en el árido escenario de Albuquerque, sabemos a qué nos estamos enfrentando. Ingeniosa y efectiva. Y no hizo falta tocar una sola coma a lo largo de su emisión:

Diré más: el equipo de Gilligan tiene talento de sobra y repitió esquema para el spin-off de la serie, Better Call Saul, con apenas unos segundos que captaban la esencia del personaje (colores vivos, imagen de vídeo amateur de spot low-cost de sus servicios de abogacía, corte brusco y música estridente). Pero el formato corto tiene también sus limitaciones: si tu serie toca más temas de los que 18 segundos pueden condensar sin que tu cabecera sea un caos surrealista, necesitas más tiempo. Y quizás más calma, si el tempo de la serie lo requiere. Es el caso de las cinco cabeceras (una por temporada) de la ya elevada a clásico de culto The Wire (y, para quien escribe, no sin razón), emitida de 2002 a 2008. La genialidad de la serie de David Simon, revolución del formato policial para convertir la ficción en un retrato casi documental de los Estados Unidos y su sociedad, no se limita solo al episodio en sí. Su cabecera toma estos elementos que la definen, como es la sobriedad formal y la ausencia total de (pretendidamente exagerada) espectacularidad, para construir su propia identidad.

Cabeceras: la serie a pequeña escala

The Wire es una de las series que inició el fenómeno de adaptar la cabecera a cada temporada, como ya harían después (con menores cambios) múltiples series como la popular (también made in HBO) Juego de Tronos. Se mantenía el estilo, algunos nexos temáticos y la canción original, pero se añadían aquellos rasgos que eran propios de cada temporada (cada año, en sus cinco temporadas, The Wire trata temas diferentes, de los sindicatos al periodismo y de la lucha contra las drogas a la educación y la política). También se contaba con una versión diferente de la mítica canción Way down in the hole que abría los episodios para acercarla al estilo que cada temporada tenía. El vídeo que sigue es la cabecera de la primera temporada, pero podéis ver (o volver a disfrutar) los de la segunda, tercera, cuarta y quinta temporada en los links de cada palabra anterior.

Y, siguiendo con el concepto de “la serie a pequeña escala” en forma de cabecera, damos el salto a una de las series de estricta actualidad. The Young Pope, de Paolo Sorretino (artífice de La Gran Belleza), se ha estrenado este mismo mes en Estados Unidos (caso curioso, esta vez el estreno europeo ha sido anterior al americano) levantando críticas muy diversas. En mi crítica en esta web comento qué la convierte en la gran sorpresa del año en el mundo de las seriesSu cabecera es un caso paradigmático: en poco menos de minuto y medio, el protagonista de la serie, el Joven Papa que interpreta un Jude Law en plena forma, recorre la historia de la Iglesia desde la perspectiva del personaje (¿o es la de sus creadores?). Enigmático,  irreverente y decidido, como la propia serie. Y asistimos a esta declaración de intenciones a través la bíblica estrella fugaz, que recorre diferentes obras de arte de la pintura a modo de resumen histórico y que termina por convertirse en un meteorito que arrolla a la propia Iglesia personificada en Juan Pablo II. Todo ello al son del mítico All along the watchover de Hendrix versionado en instrumental por Devlin. Una pieza de ingenio y buena realización:

Comparte The Young Pope ciertos elementos con la popular ficción política de Netflix House of Cards (2013–), en su forma de plantear las relaciones de poder y también la de tratar a varios de sus persoanjes. Pero en el caso de la cabecera de esta última, tenemos un (aparentemente) sencillo timelapse que recorre las calles de Washington. Es ciertamente una idea tan poco grandilocuente como efectiva. Porque en el fondo no hacía falta más para resumir lo que cuenta la serie: en esta cabecera, vemos las calles más limpias y las zonas más sucias de la ciudad, al igual que en la serie asistimos a las situaciones más brillantes tantas veces como a las cloacas del poder. Vemos el movimiento rapidísimo e incontrolable de los coches transformados en luces cambiantes, vemos el día y la noche iluminada por farolas. Retrata bien el ambiente de Washington DC que quiere transmitir, y por tanto cumple su propósito. Una vez más, no le hace falta un enorme despliegue de medios para ser efectiva como cabecera:

Con House of Cards cierro la primera parte, para dar paso a la unidad temática de la segunda sección de esta entrada, que será precisamente la de las cabeceras más exuberantes artísticamente. Y que en cierta medida servirá como repaso a la evolución de los medios utilizados para las cabeceras: desde la ficción de comienzos de los noventa de la mano de Mark Frost y David Lynch hasta el prodigio de After Effects que es la opening credits sequence de True Detective.

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