Análisis de Fargo. Temporada 4. Episodio 4

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El nuevo episodio de Fargo nos sigue llevando a la guerra entre italianos y afroamericanos mientras las historias particulares de los personajes se tocan en aristas tan casuales como insospechadas.

Hola otra vez, fargueros. De nuevo aquí para comentar este nuevo episodio de Fargo (cuarto de la cuarta) que nos deja pendiendo al borde del mismo con una historia cada vez más compleja al irse uniendo, en modos impensados, las subtramas que involucran a los distintos personajes.

Pasamos entonces a desbrozar este episodio no sin antes cumplir con el triple aviso. En primer lugar, que quien aún no lo haya visto sepa que SE VIENEN VARIOS SPOILERS DE LA TRAMA; en segundo lugar, recordarles que pueden ver aquí nuestros análisis de episodios anteriores y, por último, lo más importante: no olvidar que “los sucesos que aquí se narran son reales; ocurrieron en Kansas City, Missouri, en 1950. Por pedido de los supervivientes, los nombres han sido cambiados; por respeto a los difuntos, el resto se cuenta tal como ocurrió”.

Y así, con nuestra mentira preferida como prólogo, nos arrojamos, sin más, hacia el cuarto episodio de la cuarta temporada de Fargo, que lleva por título La Guerra Fingida.

Círculo de Fuego

La historia comienza con Constant Calamita viajando, en noche oscura y carretera desolada, como custodio en un camión que lleva frutas. Pero esto es Fargo y nadie se cree que esa carga no oculte otra cosa o, de lo contrario, ¿qué hace allí el matón de los Fadda?

Súbitamente, el vehículo debe detenerse ante una barrera de fuego que cruza el camino de lado a lado y es interceptado por afroamericanos armados: huelga decir que son hombres de Cannon si recordamos sucesos del episodio anterior como el frustrado atentado contra Lemuel o el asalto a las oficinas.

El chofer es acribillado, en tanto que Calamita, cual detective Colombo, enciende un cigarrillo y, en absoluta calma, baja a encararse con los atacantes. Sin amedrentarse y fiel a su estilo, se muestra tranquilo pero desafiante y hasta se permite insultar y amenazar; ni siquiera se inmuta en demasía cuando le marcan la mejilla con el cañón de un arma al rojo vivo: un recordatorio y una advertencia para los italianos.

El camión, como suponíamos, ocultaba algo: trescientas armas semiautomáticas que (según sabremos más tarde ) venían de New York para los Fadda. Marchándose con ellas, los afroamericanos dejan a Calamita fumando en medio de un círculo de fuego: soberbia y magistral escena.

Los Valores Americanos

Ya para esta altura hemos entendido una cosa: cada vez que Doctor Senator y Ebal Violante se juntan a hablar con mesa de por medio, estamos a punto de presenciar una charla de antología entre los segundos de sus respectivas bandas. Y así como en el episodio anterior fue el primero de ambos quien expuso su particular filosofía de vida entre resentimientos y recuerdos de Nüremberg, es esta vez Violante quien expone la suya en una disertación sobre los valores americanos, afirmando su convicción de que el principal valor americano es fingir y que, precisamente, no va a fingir estar en paz cuando están en guerra.

Habla, claro, desde la decepción por los sucesos recientes: el asalto al camión y consecuente robo de armas. Senator, en contrapartida, le menciona el atentado contra Lemuel Cannon y el asalto contra las oficinas: la sorpresa en el rostro del italiano evidencia que recién se está enterando. Senator confirma así su sospecha: ni Violante ni Josto estuvieron detrás de tales hechos y ni siquiera estaban al tanto; es evidente que los italianos están divididos y hay dos jefes tomando decisiones.

Violante regresa con las malas nuevas y Josto estalla y más aún cuando Rabbi, apesadumbrado, le cuenta que ha participado del atentado contra el hijo de Loy Cannon por órdenes expresas de Gaetano Fadda sin saber, en ese momento, si Josto estaba de acuerdo o, tan siquiera, al tanto.

Desencajado, Josto va en busca de su hermano que, junto a sus secuaces, está tramando una contraofensiva contra los afroamericanos tras el robo de armas. Disparando al aire, lo impreca e insulta; Gaetano parece dispuesto a responder del peor modo, pero se echa atrás cuando Josto le apoya un arma contra los genitales. El hecho no pasa a mayores, pero está claro que, además de la guerra en ciernes contra los Cannon, los italianos están comenzando a vivir la suya propia puertas adentro.

El Armario de los Recuerdos

¿Qué está pasando con Orlaetta, nuestra enfermera psicótica? Pues después del episodio masturbatorio en el auto de Josto , la relación entre ambos parece haber ido creciendo y ahora hasta lo recibe en su propia casa para satisfacerlo sexualmente.

En esos encuentros, nos enteramos que ella sueña con hacer dinero e irse a Estambul, “en donde filmaron Casablanca”. Josto le replica que Casablanca fue filmada en Casablanca (ambos están equivocados), pero, en la misma charla, se le va la lengua y comenta su plan de matar, en algún tiempo cercano, al doctor Howard, dueño de la clínica privada en que ahora ella trabaja.

Ethelrida, quien antes le había rechazado amablemente a Orlaetta la invitación a su casa y el ofrecimiento de trabajar como servicio doméstico, decide ahora aceptar ante la mala situación económica que vive su familia. La muchacha exige un dólar como paga, monto que Olraetta parece considerar elevado pero accede, recomendándole especialmente que nunca toque cierto armario.

Ethelrida, entonces, comienza a trabajar en casa de Olraetta mientras escucha discos franceses, tal como esta le prometiera. Un episodio con un gato termina en el armario prohibido con la caída y apertura de una caja repleta de recortes periodísticos, todos invariablemente relacionados con muertes en hospitales.

Está claro que las mismas se corresponden con los pacientes que Olraetta viene asesinando, pero la joven no lo sabe y recién sospecha algo al hallar varios objetos como anillos, alhajas, pulseras o lentes presuntamente pertenecientes a las víctimas y guardados en forma de souvenires (recordemos, por ejemplo, que la enfermera se quedó con el anillo de Donatello Fadda tras darle muerte en el hospital). Una pulsera, justamente, lleva grabado el nombre June, coincidente con el de la viuda de una víctima mencionada en uno de los recortes periodísticos.

Aquí me quedaré

¿Qué hay con Deafy, el particular y excéntrico detective de policía llegado de Salt Lake City?. Recordemos que llegó a Kansas City tras la pista de las reclusas fugadas. Pues bien, las mismas han dejado la ciudad tras robar el dinero y todo indica que van hacia Chicago: bueno, al menos eso es lo que le dice Odis, el marshall de la policía local, quien ve una buena forma de deshacerse de él.

Su vana esperanza se diluye cuando el detective le comunica que ha decidido delegar la búsqueda en autoridad jurisdiccional competente y prefiere quedarse allí: “mis órdenes decían Kansas City y aquí me quedaré”. Está claro que el marshall (quien mantiene estrecho contacto y buena relación con los Fadda) no se lo sacará de encima fácilmente.

Lo que obsesiona a Deafy son las irregularidades que ha percibido en la ciudad; por ello, se dirige a los almacenes Joplin´s y en el porche de la entrada se cruza con Gaetano, quien sale contrariado tras su encontronazo con Josto. Fiel a su estilo sarcástico, comiendo una zanahoria y después de alguna de sus acostumbradas alusiones bíblicas, Deafy no solo exhibe currículum contando cómo terminó con los italianos en Salt Lake City sino que, además, pregunta socarronamente por las actividades que se hacen en los almacenes. Gaetano, también fiel a su estilo, responde con improperios en italiano, pero ni aún así logra borrar la fría e imperturbable sonrisa del rostro del detective, de quien se ve a las claras que está decidido a ir tras ellos.

Las Dudas de Cannon

En el búnker afroamericano, Loy inspecciona las armas robadas a los Fadda, pero sus dudas ante una eventual guerra con los italianos (recordemos que tienen a su hijo menor Satchel) hacen que, de momento, desista de utilizarlas: solo se quedará con cien de ellas, en tanto que las doscientas restantes serán vendidas a Mort Kellerman, un “sujeto de Fargo”.

Quienes seguimos la serie sabemos que ese personaje apareció en la segunda temporada, así como que Fargo es siempre una “referencia fantasma”. Nunca sabremos bien si es una ciudad, una empresa o una organización criminal, pero en algún momento de la temporada se menciona.

Por otra parte, Rabbi es acorralado en la calle por Cannon y sus hombres e increpado en relación con el atentado contra Lemuel. Tal como lo hiciera ante Josto, manifiesta no haber estado de acuerdo y que, de hecho, buscó proteger al hijo de Cannon en lugar de disparar contra él.

Loy le replica que no confía en la palabra de alguien que en el pasado traicionó a su familia y hasta mató a su propio padre. Como garantía de confianza, le pide que le traiga a su hijo menor Satchel, a lo cual Rabbi, lamentándose pero inflexible, responde que no puede hacerlo. Finalmente se lo deja ir, pues los afroamericanos no están en su zona y queda claro que Loy quiere evitar la guerra.

Lavando Dinero

En su fuga con el dinero, Zelmare y Swanee se han alojado en un hotel de mala muerte. La primera se dedica a lavar (literalmente) los billetes que, recordemos, fueron manchados con sangre y vómito durante el particular asalto a las oficinas de los Cannon.

En una pesadilla, Zelmare percibe la presencia de un hombre emergiendo de la bañera y yendo hacia la cama en que duerme Swanee: ese sujeto ya había aparecido ante la casa de Ethelrida y, al parecer, es el toque surrealista de la temporada; una especie de ángel de mal augurio en forma de visión.

La escena del hotel, más allá de eso, está impregnada de homenajes fílmicos, con referencias a Érase una vez en América de Sergio Leone y Barton Fink, de los propios hermanos Coen, productores de la serie.

Ayuda del Cielo

En una jugada arriesgada, Zelmare regresa de incógnito a Kansas City y le deja a Thurman (padre de Ethelrida) parte del dinero robado en agradecimiento por haberlas resguardado. El motivo por el cual contacta a su cuñado y no directamente a su hermana Dibrell es porque bien sabe que esta nunca recibirá con beneplácito un dinero al que presumirá mal habido.

Thurman, en cambio, solo atina a preguntar tímidamente por el origen del mismo, pero termina aceptando de su cuñada el consejo de no cuestionar lo caído del cielo. Ella le pregunta quién preparó el pastel que envenenó a Swanee, cosa que él desconoce (fue Olraetta), pues recordemos que, simplemente, lo encontró en el umbral de su puerta.

Lo cierto es que ese dinero le alcanza para pagar el préstamo en que se ha embarcado y así salvar su casa. Y las historias se siguen conectando: el usurero en cuestión no es otro que Loy Cannon, quien se sorprende de que haya logrado reunir la suma adeudada, pero la acepta de buen grado y lo insta a marcharse. Su intriga, no obstante, persiste y, una vez solo, huele uno de los billetes y su rostro se transforma brutalmente al reconocer el olor a vómito que, posiblemente, Zelmare no haya eliminado del todo.

Balance Final del Episodio

Este episodio tuvo bastante de transicional, pero Fargo no decae y se están entretejiendo relaciones que no se nos ocurre cómo puedan terminar, pero difícilmente bien.

¿Cómo actuará Deafy ahora que se ha quedado en Kansas City y está obsesionado con hacer caer a los Fadda? ¿Cómo actuará Gaetano, ahora que tanto su hermano como Deafy lo han desafiado? ¿Qué harán los Cannon sabiendo que los Fadda están divididos? ¿Qué hará Ethelrida, cuya empleadora podría ser una asesina serial?

¿Y qué hará, a su vez, Olraetta, cuando sepa que su nueva empleada doméstica ha estado hurgando en donde le recomendó expresamente que no lo hiciera? ¿Cómo reaccionará Loy Cannon, ahora que, equivocadamente, cree que Thurman estuvo detrás del robo a sus oficinas?

El escenario ante tales preguntas se presenta tan complejo que no podemos menos que llevarnos las manos a la cabeza y estrujarnos las sienes: nada de lo que venga puede ser bueno. Pero también sabemos que los imponderables son moneda corriente en Fargo y siempre habrá algún detalle que termine llevando las cosas hacia donde no imaginamos.

La estética se mantiene impactante: insisto, una vez más, en las escenas de pantalla dividida, combinando planos de manera cada vez más audaz y original. Impagable, asimismo, la escena del anillo de fuego en la carretera. Rogamos por más diálogos entre Doctor Senator y Ebal Violante: magnífico ensayo de sociología del hampa con los propios ojos de la misma.

Y estamos ahondando cada vez más en dos de los personajes más excéntricos de la serie como son Deafy y Olraetta, los cuales ni siquiera se conocen (¿lo harán en algún momento?) y, sin embargo, tienen llamativas coincidencias aun a pesar de sus objetivos y estilos claramente diferentes: ambos detestan el lenguaje vulgar, sin ir más lejos.

Enlace a otras críticas de Fargo

Hasta la próxima semana, fargueros. Gracias por leer y por compartir tan magnánima serie que, estoy seguro, quedará en la historia. Hasta pronto: un saludo y sean felices…

 



el autor

Soy profesor de historia graduado en la Universidad Nacional de La Plata. Entusiasta del cine, los cómics, la literatura, las series, la ciencia ficción y demás cosas que ayuden a mantener mi cerebro lo suficientemente alienado y trastornado.

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