El 20 de enero se estrenó Babylon, la esperada nueva película de Damien Chazelle, más conocido por el apelativo de “el que dirigió La La Land”. Un retrato del auge y caída de muchas estrellas del cine mudo y una manera de entender este arte hasta la llegada del sonoro.
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Y este es el tema principal de este artículo. El abordar un periodo hasta cierto punto inocente, emotivo y trágico de la breve historia del cine. El cómo muchas estrellas tuvieron que reconvertirse para seguir sobreviviendo, aunque algunos de ellos se quedaron en el camino.
Antes que nada, un poco de contexto.
Desde la aparición del cinematógrafo de los hermanos Lumiere hasta finales de los años 20, el cine se había desarrollado hasta el punto de que la mayoría de las corrientes actuales (clasicismo, realismo, expresionismo o surrealismo, entre otros) derivan de la forma de abordar las historias por parte de aquellos directores.
Por ese entonces, el cine floreció en distintas partes del mundo. Y, como todo arte que da dinero, vino la industria. En Suecia, en Alemania o en Francia. Y, por supuesto, en Estados Unidos.
Con el auge de las primeras productoras estadounidenses, como la Metro Goldwyn Mayer, Fox o Warner Bros, el cine norteamericano era el más conocido del mundo y sus actores auténticas estrellas catapultadas a la fama y riqueza de la noche a la mañana.
Incluso algunas de ellas, las más grandes, fundaron su propio estudio de cine para no depender de intereses meramente comerciales. Fue el caso de Charles Chaplin (el rey de la comedia), Mary Pickford (la primera “novia de América”), Douglas Fairbanks (el primer héroe de aventuras) y D. W. Griffith (el director más importante del periodo mudo americano). Juntos fundaron la United Artists.

En tan solo diez años, de 1910 a 1920, Hollywood pasó de ser poco más un barrio de los Ángeles con una oficina de correos a ser la quinta industria más importante de todo Estados Unidos y la cinematografía más conocida del mundo. Esto se tradujo en un engranaje que, por aquel entonces, no tenía encima el control del gobierno, lo que implicó una desatada vorágine de placer en el que la mayoría de las estrellas vivían continuos excesos delante y detrás de las cámaras.
Anécdotas escabrosas hay muchas y no entraré en ellas, que para eso está Internet. Fiestas, bacanales, alcohol, drogas, violaciones, pederastia… Algunas estrellas, como la actriz Gloria Swanson, llegaron a ganar un millón de dólares anuales en 1929, una auténtica barbaridad para la época.
Durante aquellos años, las estrellas de la época vivían en un bucle perpetuo de éxito. Delante de las cámaras, tenían una imagen (casi siempre la misma) que les hacía ser adorados por todo el mundo hasta extremos enfermizos. Por ejemplo, el fallecimiento repentino de un joven Rodolfo Valentino, el seductor del cine mudo por excelencia, condujo al suicidio a muchas mujeres.
Detrás de las cámaras, el ser conscientes del éxito que despertaba su imagen y el poder materializar cualquier sueño en la gran pantalla les llevaba a un estado de frenesí continuo que parecía no tener final.
Pero el caso es que lo tuvo.

En 1927 se estrenó El cantor de jazz, la primera película sonora de la historia del cine y el mayor cambio que ha existido para la industria hasta la fecha.
Hasta aquel entonces, el cine se componía únicamente de imágenes y era función del director el que el espectador extrajera conclusiones de las relaciones y el mundo interno de los personajes solo con estas.
La llegada del sonoro supuso un retroceso y, a la vez, un cambio.
El retroceso vino porque las cámaras del sonoro eran mucho más pesadas y, por lo tanto, su movilidad se vio limitada. Por ello, la innovación artística que había alcanzado el cine mudo, con travellings o movimientos de cámara subjetivos, se vio reemplazada por la cámara estática. El cine pasó a ser teatro filmado, en el que una escena se retrataba de forma estática, con los actores recitando sus diálogos.
Precisamente con los actores llegó el cambio.
Lo importante del cine mudo era la apariencia. Al fin y al cabo, no importaba lo que se hablase porque no se iba a escuchar. Eran interpretaciones basadas en el físico y en la gesticulación, más propia de los mimos.
Con la llegada del sonoro, la interpretación cinematográfica cambió para siempre. Primero y lo más obvio, no cualquiera tenía voz para interpretar una película. Es conocido (aunque algo exagerado) que John Gilbert, todo un galán del cine mudo, tenía una voz excesivamente aflautada que, a priori, no congeniaba con su imagen muda. Vamos, que las malas lenguas lo señalaban como un tío con voz de pito.
Pero, y esto es mucho más importante, los actores debían, por primera vez, compaginar el movimiento con la voz. Dos actos simultáneos para los cuales no todos estaban preparados. Fue la oportunidad de los actores provenientes del teatro, como Clark Gable, que se frotó las manos cuando pasó de ganar cientos de dólares a 11.000 por un solo trabajo.
En estas pruebas de voz, muchas estrellas pasaron del frenesí del éxito, nada previsor, a la ruina más absoluta.
Algunos de los que continuaron fueron Norma Shearer, Mary Astor o Joan Crawford. Los casos más extraordinarios fueron los de Greta Garbo y Charles Chaplin.

Garbo, toda una estrella muda, era sueca y tenía un acento escandinavo para nada adaptado al inglés americano. Fue la actriz que más tiempo tardó en hablar desde la implantación del cine sonoro. Fue en 1930, con Anna Christie, que se lanzó con la frase publicitaria de “¡Garbo habla!”. Todo un éxito.
Y luego tenemos a Charles Chaplin, el primer autor total de la historia del cine. Receloso del sonoro, defendió el cine mudo hasta el punto de seguir rodando películas mudas durante diez años más. Su primera obra sonora fue El gran dictador, en 1940.
Otros actores, incluso teniendo buena voz, perdieron el beneplácito del público simplemente porque este no identificaba la imagen de los personajes que habían admirado con la voz de quien los interpretaba. Fue el caso de Gloria Swanson (sí, la del millón de dólares), John Gilbert, Norma Talmadge, Lou Tellegen o John Bowers. De hecho, los dos últimos acabaron suicidándose.
Muchos de los actores europeos que alcanzaron el éxito mudo volvieron a sus países de origen. E incluso el matrimonio Mary Pickford y Douglas Fairbanks, los reyes del romance y la aventura, abandonó la industria por el cambio en las reglas del juego. De hecho, pocos años después se implantaría el Código Hays, que supondría el inicio de una marcada censura y el control de las actividades fuera de las cámaras de la mayoría de las estrellas de Hollywood.

Paradójicamente, esto iniciaría la conocida como Edad de Oro Hollywoodense, con la implementación del sistema de estudios.
Todo este proceso, al que asistiremos en Babylon (aquí nuestra crítica) , podemos encontrarlo en dos grandes películas. La más clásica, el maravilloso musical Cantando bajo la lluvia. Y, siendo más modernos, la exitosa (y muda) The artist. Reflejos de una época fascinante en la que muchos de sus protagonistas fueron auténticos pioneros que marcharon al lejano Oeste sin nada más que sus ganas de triunfar, que ascendieron a la más alta del cima del éxito y que se estrellaron estrepitosamente contra el avance tecnológico de esa fábrica de los sueños que es el cine.
¡Un saludo y sed felices!
¡Nos leemos en Las cosas que nos hacen felices!



