Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.
El cómic del que vamos a hablar trata de Muhammad Ali, está dibujado por el dibujante Amazing Améziane y está escrito por la autora Sybille Titeux. A España nos ha llegado el tomo con la historia íntegra gracias a la editorial Flow Press Media.
Se han hecho muchísimas obras sobre el boxeador, tanto en cine como en libros como en cómic. Carlos Porras hizo un excepcional escrito sobre las muchas apariciones de Muhammad Ali en los medios, desde su serie de dibujos animados pasando por los cómics en los que se pega con Superman o el fantástico documental «Cuando éramos reyes«. Todo este aluvión de obras respecto al boxeador siempre tiene detrás la misma pregunta: ¿de dónde viene esta fascinación que supera en mucho la de casi todos los demás deportistas del siglo XX?

El cómic del que hablamos quizás es uno de los mejores intentos de responder a esa pregunta. La película protagonizada por Will Smith se centraba demasiado en una época del boxeador y se centraba demasiado en él. El documental Cuando éramos reyes es de nuevo otra parte fragmentada de la historia, muy bien narrada y explicada, pero fragmentada. Es posible que para entender la adoración por Muhammad Ali y la fiebre por hacer cosas sobre él haya que pasar por varios libros, películas o documentales.
El cómic empieza con el nacimiento del protagonista, pero enseguida alejan el foco. No es sólo que Cassius Clay naciera en una familia determinada, con un color de piel: nació en una época y un país determinado. El cómic trata en todo momento que entendamos cual era el contexto en que nace y crece, nos habla de las leyes raciales, de la impunidad de las agresiones contra los negros en su época y en cómo toda esa realidad terrible se manifestaba a través de la música, como la terrorífica y bellísima Strange Fruit de Billie Holiday, ilustrada en el cómic con una también terrorífica y bellísima página.
Su época y su entorno se van intercalando con la vida del protagonista, cambiando la forma de la disposición de las viñetas en función de qué estamos viendo. Hay composiciones de viñetas rectangulares y ordenadas en las páginas dedicadas a los combates, páginas con viñetas en forma de televisión para hacernos llegar opiniones que se daban desde ese medio, páginas con viñetas que parecen hojas de un bloc para contarnos la técnica de pelea del protagonista. Algunas escenas en la que se nos cuentan escenas románticas o que tienen más implicación emocional tienen todo un margen de la página con texto escrito y luego viñetas mudas a la derecha. En resumen, cada enfoque y casi cada momento tiene su manera particular de presentarse en forma de viñetas, intenta transmitir cosas diferentes a través del lenguaje del cómic. Es un trabajo fantástico del dibujante, que consigue transmitir la diferencia entre estar en un combate, estar hablando con un amigo y estar presenciando hechos históricos del país en que vives.
El dibujo recuerda por muchos momentos al de Neal Adams en el cómic de Muhammad Ali contra Superman. Parece que el dibujante creció con las influencias de Sergio Leone y Frank Miller, cosa que puede también comprenderse al ver sus composiciones de página, como hemos comentado más arriba. Hay un intento de realismo pero sin salirse en ningún momento de una atmósfera visual que va en la línea de la época. Y al final el cómic trata de responder a la pregunta. Intercalando hechos políticos, culturales, la propia vida y obra del protagonista o de sus amigos y adversarios. El trabajo de contextualizarlo es maravilloso, y es que nadie es entendible totalmente sin entender la época en que ha vivido.

Como era de esperar, el cómic toma partido por el Muhammad Ali político, por su lucha contra el racismo de su época. Pero no esconde nada. No le convierte, como más de una vez pasa al hablar del personaje, en un santo de una causa noble. Al fin y al cabo, hablamos de un deportista de élite. Hay mucha confusión históricamente con este tipo de gente, muy alejada en tantas cosas de los que somos del montón. Por abreviar: no hablamos de un trabajador normal en un puesto de trabajo normal, con sus ansiedades e inseguridades, que cuando acaba su trabajo nadie reconoce por la calle y hace vida normal. Hablamos de gente que gana barbaridades por ser excepcionales y generar muchísimo dinero. Lo generan ganando. Se puede ganar de vez en cuando, pero ganar sistemáticamente es casi imposible. Cuando se hace es por muchas coincidencias en cuanto a físico, suerte y mentalidad. Aguantar mentalmente la presión de estar ahí está al alcance de poquísimas personas: la dureza mental necesaria para derrumbarte es casi un milagro. No es que tu jefe te regañe: es que se ríen de ti por la calle, por la televisión, por todos los lados. Es fácil acabar paranoico, adicto a drogas y arruinado.

Todos los Michael Jordan, Cristiano Ronaldo, Eddy Merckx o Muhammad Ali tienen un patrón psicológico común: tienen el ego del tamaño de Australia. No saben perder. Les obsesiona ganar y nunca se sacian, nunca se cansan. Se creen los mejores, pero nunca les vale con lo que han ganado. En condiciones normales hablaríamos de gente con serios problemas psicológicos, pero esa ansiedad sin fin por ganar les lleva a adaptarse al sistema, ser los mejores o acabar terriblemente mal. En el caso de Muhammad Ali, se nos muestran también sus miserias, inevitables en todo el mundo pero que destacan más en este tipo de personas: sus momentos vergonzosamente machistas o su afiliación a la Nación del Islam, un grupo supremacista musulmán con ideas descaradamente racistas.

No se nos ocultan en el cómic estos episodios. Cualquiera que lo lea podrá leer extensamente qué pensaba la Nación del Islam y hacerse una idea de lo sospechosamente parecidos a una mafia que podían ser en relación al campeón. Se insiste en las campañas de acoso y de insultos a las que sometía a sus rivales. Formaba, dicen, parte de su estrategia psicológica: alguien enfadado no piensa racionalmente y eso hace que pelee peor. En parte tenía razón, pero los shows de insultos a sus adversarios hacían a demasiada gente pensar que era un payaso, un prepotente, un niñato, alguien que arruinaba la seriedad del boxeo y al que ojalá le molieran a palos. Todo esto son cosas que se han podido leer sobre otros como Michel Jordan o Cristiano Ronaldo. Y se leerán sobre el siguiente de este perfil.
Y es que la fama les ha venido por ganar, no por ser humildes o insoportablemente arrogantes. En el cómic la arrogancia es el escudo del protagonista: le ayuda a enfrentarse a boxeadores que todo el mundo dice que están en mejor forma, que todo el mundo piensa que van a matar a Ali (hasta el punto que su propio equipo prepara vuelos chárter para ir a hospitales urgentemente). Ali empieza en el cómic siendo un chico introvertido, a pesar de todo lo que vemos después, y es posible que lo siguiera siendo. Freddie Mercury, al que todo el mundo tiene por una locaza, tenía miedo de que le vieran los dientes al sonreír y no lo hacía mucho hasta que tuvo su bigotazo: hay una clase de introvertido que en cuanto sale a un escenario se transforma y es el centro de la fiesta. El reservado Peter Parker se transforma en el parlanchín Spiderman cuando se siente el protagonista. Ali era de este tipo.

Ni que decir tiene que el cómic incide mucho en todo lo político. Puede que Ali estuviese obsesionado con la Nación del Islam y sus más que cuestionables enseñanzas, pero a lo que se enfrentaba era terrible: una época de abierta discriminación, de impunidad en las agresiones y de justificación intelectual de toda esa barbarie. Su amigo, Malcom X, tiene suficiente espacio hablando de esto en el cómic como para que sea comprensible, así como su posterior evolución a posiciones no tan violentas y más cercanas a Martin Luther King, que entendió que la solución no era hacer un gueto basado en su identidad(como pretendía la Nación del Islam) sino precisamente que los negros se integraran de verdad en el país. Que fueran considerados realmente seres humanos, que formaran plenamente parte de la comunidad. Vía que fue la que terminó prosperando y que fue al final la más eficaz.
El odio que despertaba por sus bravatas inunda todo el cómic. Cómo ese odio le alimentaba está reflejado en el cómic. La crueldad al tratar a más de un adversario como un tonto útil de los blancos está perfectamente plasmada sin ninguna dulcificación. Pidió perdón muchos años después por alguno de los casos más sonados, pero esos actos de crueldad hay que entenderlos desde la extrema dureza mental necesaria para enfrentarse a excepcionales boxeadores y al peso de una enorme parte de la sociedad de la época quería verle morir en el ring.

Como en todo, es discutible que él, Cristiano Ronaldo o Jordan sean los mejores deportistas de todos los tiempos en sus especialidades. El cómic en el caso de Ali se posiciona: fue deportivamente gigantesco pero lo que le llevó a otro nivel que no alcanzó por ejemplo otro estupendo boxeador como Joe Frazier fue el estar en sintonía con el espíritu de su época. Ali fue el mejor de su época boxeando pero la narración expone que encarnó muchas de las contradicciones y esperanzas de una generación. Fue un símbolo de pelea victoriosa (no siempre inmaculada precisamente) contra algo profundamente injusto.
La introducción del cómic nos hace un paralelismo entre su forma de boxear y la propia lucha por los derechos civiles: al principio Ali era rápido, esquivaba los golpes, huía constantemente para ganar. Pero conforme avanzaron los disturbios en Estados Unidos, la confrontación y la violencia Ali cambió: pasó a aprender a encajar los golpes, a aguantar, a resistir hasta que el rival se cansara.

En resumen, es un relato nada complaciente de una época y un personaje contradictorios, pero necesarios. Uno en el que no van a faltar múltiples puntos de vista que apuntan desde muchos lados a lo mismo. Muhammad Ali genera fascinación incluso décadas después por lo cinematográfica que fue su vida, por cómo personificaba, como hemos dicho, el espíritu cambiante de una época decisiva del país más poderoso del mundo. Con sus contradicciones y miserias. Con toda su grandeza.
Sed felices.



