Neon Genesis Evangelion: el relato depresivo definitivo de los años 90

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Bienvenidos, auténticos creyentes, a La Tapa del Obseso, la sección de Raúl Sánchez.

Tras ver que Netflix iba a poner Neon Genesis Evangelion en su catálogo me dije que tenía que verla otra vez. La otra vez que la vi yo era mucho más joven. Y acabé, como tantos que la vieron, hecho un trapito, queriendo gritar y que alguien me abrazara. Y no sólo fui yo: ya hay varias generaciones de personas que han visto la serie y que siguen traumatizados y obsesionados con un capítulo u otro. Lo cual no parece tener sentido. Es decir, hablamos de una serie de animación japonesa de mitad de los 90, de robots pegándose con monstruos. No es nada que en principio parezca muy exportable al resto del planeta, y ya no digamos que aguante el paso del tiempo.

Para entender el estatus mitológico de la serie incluso hoy habría que ir primero a la época en que nació. Álvaro Arbonés y Yayo García escribieron el mejor artículo en castellano sobre Evangelion y resumen bien el espíritu de la época en que nació:

Parece una broma cruel. Y, teniendo en cuenta la obra que vamos a analizar, eso le cuadraría mucho. Pero los hechos son los que son: en 1995, Japón sufría el punto álgido de la llamada ‘Década Perdida’, esa recesión que resultó del estallido de su burbuja económica de los ochenta, y tras la cual el país nipón nunca volvería a ser el mismo. Por si el aumento de la inflación y las caídas salariales y el descenso del producto interior bruto no fueran suficientes, el 20 de marzo de ese mismo año tuvo lugar un suceso que haría consciente a todo un país de que su power trip social y financiero se había ido al traste: el ataque con gas sarín al metro de Tokio. A resultas de dicho atentado, cometido por miembros de la secta Aum Shinrikyo, doce personas murieron, otras cincuenta quedaron lisiadas para siempre y el mundo supo que ese sueño cyberpunk según el cual el siglo XXI se escribiría con kanji nunca llegaría a producirse. Víctima de una política económica desastrosa y de un cataclismo cultural que comenzó a gestarse en 1945, Japón olvidó su sueño de conquistar el mundo mediante la expansión económica y la influencia cultural, pasando a lamerse unas heridas que, aun a día de hoy, no han cicatrizado del todo.

En aquella época Bola de Dragón arrasaba en medio mundo y muchos mangas japoneses empezaban a irrumpir con una fuerza tremenda en todo Occidente, a pesar de los miedos y quejas de muchos autores occidentales. Algunas de ellas colearían durante años. Pero a pesar de ello Japón vivió una auténtica depresión en términos sociológicos: las perspectivas de futuro eran mucho peores que el pasado, en algo que puede entender perfectamente cualquier persona en pleno 2019. La sensación de estancamiento, de que nuestros hijos no vivirán mejor que nuestros padres, que puede que vivan de adultos peor, la angustia al no ver realmente ninguna salida creíble a la situación…y la impotencia. La sensación de que da igual que se haga que las cosas van a cambiar poco o nada. Los productos culturales se impregnaron de la realidad social, y ahí tenemos el porqué el alzamiento del grunge con su nihilismo explícito en la música, los cómics de superhéroes en los que cada vez era más complicado distinguir a supervillanos de superhéroes o los videojuegos que olvidaban cualquier uso del color vivo a preferir escenarios llenos de sangre y mutilaciones (Carmageddon o Mortal Kombat). Al contrario de lo que piensan muchos hoy todos los artistas no habían influído absolutamente nada en la aparición de todos estos sentimientos: ya estaban en la gente. Fueron los artistas que supieron detectarlos los que triunfaron.

Pintar los 90 como un agujero negro es injusto a todas luces. En España fue la década en la que podemos decir que empezamos a parecernos más al resto del mundo rico, lo cual implicó una mayor apertura al resto del mundo y una incorporación mayor a la globalización económica, con todo lo bueno y lo malo (estamos en un blog de series, videojuegos y películas: el 95% de nuestros contenidos son impensables sin la globalización que empezó decisivamente en esa década). Pero que el principio de la década tuvo un aire sociológico depresivo puede rastrearse en el éxito de productos culturales masivos que iban por dos líneas: escapismo casi totalmente apolítico y productos depresivo-nihilistas. Neon Genesis Evangelion es uno de los hitos del segundo tipo.

Y la cosa empieza de manera tontorrona, vamos a decirlo así. Una serie de dibujos animados de 26 episodios de veintitantos minutos cada uno en la que vemos básicamente la lucha de lo que queda de la Humanidad tras una especie de apocalipsis defenderse de unos seres gigantescos que llaman “ángeles”. Lo hacen del modo más japonés posible, es decir, con robots gigantes. El teórico protagonista parece alguien sin sustancia, soso y la forma de narrar nos mete en medio de un mundo que tiene muchas muchísimas cosas que han pasado antes. Y que no se esfuerza por explicarlas explícitamente con parrafadas explicativas. Van apareciendo nuevos monstruos gigantes, una organización que ha construido los robots gigantes (los “EVA”) se pelea con ellos. Hay conflictos y evolución de personajes y demás. Hasta ahí todo esperable, pero no debería dar para algo más que tantas series de robots gigantes que en el resto del mundo pasan sin pena ni gloria.

Es cierto que hay múltiples referencias o elementos del cristianismo (por más que sea sobradamente conocido que los creadores tampoco tenían un conocimiento extenso del asunto), del psicoanálisis, del existencialismo o de lo hegeliano. Muchas de estas cosas podrían ser cosas sueltas puestas ahí para dejar caer lo listos que son los que han hecho la serie sin profundizar nada, pero en demasiados casos el uso de los términos filosóficos da a entender que sí, que se han entendido y aplicado correctamente a la serie. Pero aún así todo esto seguiría sin ser nada para explicar el fenómeno de Evangelion o las comparaciones con las películas de Lars Von Trier más de dos décadas después. Al fin y al cabo, todo empezó con la obsesión casi eterna de ya varias generaciones de adolescentes que no podían tener conocimientos profundos del psicoanálisis, el existencialismo o la mitología cristiana todo a la vez. Más aún con la distancia cultural respecto a Japón que tenemos en Occidente, por más que nos leamos muchos mangas y juguemos muchos videojuegos suyos.

La obsesión por esta serie tiene que ver con las circunstancias personales de su creador, Hideaki Anno. Es decir, que la depresión de caballo que pasó. Él creó un mundo apocalíptico en el que no había punkis en moto luchando por gasolina sino escenarios vacíos interminables, control gubernamental absoluto y una sensación de soledad física y psicológica constante. Creó a Shinji Ikari, el protagonista, apenas un niño que, como el que ve la serie, no entiende la mayor parte de las cosas que están pasando entre bambalinas, no es consciente de los juegos de poder detrás de todos los acontecimientos de la serie, a pesar del enorme poder que puede desplegar con su robot se siente profundamente impotente y es la mejor representación de la impotencia, el torbellino de emociones negativas que va unido a estar deprimido que yo he podido ver en pantalla. Lo sé bien, yo también pasé por eso y estuve medicado. Hideaki Anno crea un universo progresivamente asfixiante en el que casi todos los personajes se sienten impotentes, absolutamente incapaces de modificar en nada sus entornos más cercanos, en que sufren auténticamente sin ningún tipo de posibilidad de salvación. Uno en el que todos quieren ser amados, queridos y no lo consiguen de ninguno de los modos. En la mejor tradición existencialista, queda totalmente claro que ningún acto de los que suceden en la trama puede ser borrado, modificado ni compensando por actos posteriores.

Un relato depresivo de la existencia corre siempre el peligro de ser un peñazo insufrible y no llegar a básicamente nada: el propio tono de la historia puede expulsar a muchos que lo vean. Pero la genialidad de Hideaki Anno es conseguir el efecto opuesto. Es decir, contar la inicial confusión y baja autoestima del protagonista de un modo que los enigmas con cada vez mayores, ahondar en el porqué de la inmensa soledad que rodea a todos los personajes acertando plenamente en lo que han sentido ya varias generaciones de personas jóvenes. Toda la confusión, todo el no entender prácticamente nada del mundo que les rodea, la presión y responsabilidad asfixiantes sin casi explicaciones de su sentido, los problemas de comunicación con la generación de los padres, el terror y el miedo hacia el otro sexo, la nula capacidad de tomar una iniciativa a menos que estemos contra la pared y la soledad absoluta de cada individuo respecto a la existencia . Todo estaba reflejado en la narrativa, en los propios pensamientos y palabras del protagonista, en los propios combates, en el propio diseño del mundo (es espectacular darse cuenta de qué son al final los campos AT de los robots gigantes y qué implicaciones psicológicas tiene). Millones de jóvenes que no eran japoneses ni expertos en simbología cristiana ni existencialista lo admiraron casi instantáneamente. La serie iba de ellos. De otra generación de jóvenes que iba a perderse en un mar de decisiones de gente mucho mayor que ellos, decisiones que no alcanzaba a entender, que iba a ser decisiva para mal en sus vidas, antes las cuales sentía que podía hacer entre poco o nada, sintiéndose aislada del mundo, sola y vencida sin remedio.

En el acierto generalizado y genial al transmitir de manera profunda pero accesible por cualquiera lo que tantos han sentido y me temo sienten la serie tenía sus flaquezas, como es normal. Hay muchos elementos que no hay por donde cogerlos, acciones incoherentes porqué sí y un modo de narrar que, consiguiendo el objetivo de que nos sintamos tan solos e indefensos como el protagonista, no explica prácticamente nada. La serie no podría haber tenido tanto éxito siendo aburrida o tediosa, pero para acentuar la confusión e impotencia no explica, como hemos dicho, casi nada explícitamente. ¿Qué son los ángeles? ¿cómo han construido los EVA? ¿porqué los ángeles quieren destruir a la Humanidad? ¿porqué los EVA tienen que ser pilotados por casi niños? ¿cómo es que los EVA funcionan en base al estado anímico del piloto? Cosas básicas que están en todo momento ahí son o contestadas de modo muy indirecto o sugeridas o ni contestadas. La cantidad de vídeos, escritos y discusiones en internet sobre todos estos temas y más sigue más de dos décadas después de la aparición de la serie, en todo un esfuerzo por poner explicaciones donde en muchos casos solo hay sugerencias. El propio creador dijo que prefería no dar una explicación canónica total de la serie, de tal modo que nadie debería sentar una versión oficial de qué es lo que pasó realmente. Sí, estamos ante un producto claramente posmoderno. Es muy posible que, más allá de lo que pensemos cada uno de ese tipo de aproximación, sea la que más cerca esté de expresar de manera tan directa e intensa el agujero negro real de la depresión.

La madre de todas las batallas son los ya también míticos dos últimos episodios de la serie. Los que hicieron que los que llegaran a ellos se volvieran medio majaras, locos de rabia o simplemente estafados. Volvemos a una de las ideas de este post: aquellos dos episodios finales son tan traumáticos, extraños, diferentes en forma de narrar al resto de la serie, dan tantos saltos argumentales que más de dos décadas después hay montones de vídeos en YouTube tratando de explicarte de qué narices va el final de Evangelion. Brevemente podemos decir que estos dos últimos episodios transcurren en la mente del protagonista, y la forma de transcurrir de estos dos episodios se parece más a una corriente de pensamiento que a un episodio de una serie. Admitamos que hay algo de chapuza en este punto, ya que no es que se hayan insinuado cosas antes de los dos episodios finales y luego se parta de ahí. No. Es que directamente el asunto principal que hay detrás de que los dos últimos episodios sean en la mente del protagonista se nos hurta, se omite, no se cuenta ni casi se insinúa. El desastre fue tal que hubo que sacar una película, también en Netflix, llamada The End of Evangelion. A la falta de dos episodios finales puede uno ver esta película y luego verse los dos últimos, que es lo que aproximadamente podemos decir que lo hace comprensible sin grandes saltos narrativos o lógicos.

Al final podemos decir que tras hacernos caer en la depresión con el protagonista sobre todo pero también con muchos de los otros personajes, tras acompañar a los protagonistas en sus viajes asfixiantes de soledad y de derrota, el destino del mundo depende de una sola persona. La persona más indicada para acabar destruyéndolo todo, para acabar un mundo en el que la incomprensión, la falta de comunicación y la ansiedad son la moneda de cambio del día a día de los seres humanos. Un mundo en el que no existe la fraternidad, en el que todas las culpas y traumas son eternos. En el que podemos terminar haciendo un daño irreparable a nuestras pocas razones para vivir con tal de cumplir unas obligaciones que no acabamos de entender. No hay nada de optimismo en esa persona, pero la respuesta que dará cuando le toque decidir el destino del mundo es posiblemente una de las más bellas, cortas, concisas y nobles que se han podido dar. Precisamente por venir de quien viene. ¿Es un canto al optimismo y al ser humano a pesar de haber pasado siempre miedo cuando todo está casi definitivamente perdido? Habrá que hacer caso al creador de la serie y simplemente decir que cada persona que vea la serie y la película saque sus propias conclusiones.

Desde aquí no podemos más que recomendarla, siempre y cuando uno esté en un estado de buen ánimo. Lo vais a necesitar.

Sed felices.



el autor

Arriba es abajo, y negro es blanco. Respiro regularmente. Mi supervivencia de momento parece relativamente segura, por lo que un sentimiento de considerable satisfacción invade mi cuerpo con sobrepeso. Espero que tal regularidad respiratoria se mantenga cuando duerma esta noche. Si esto no pasa tienen vds. mi permiso para vender mis órganos a carnicerías de Ulan Bator.

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